Literatura y partidos políticos en México

Adán Cabral Sanguino

La literatura, bajo la formalización de todos sus géneros y en la frontera con otros discursos como el periodístico, conforma mundos posibles basados en tópicos de impacto social, pues su carácter ficcional le permite reconstruir, recrear o aludir acontecimientos que concitan posturas encontradas, entre actores sociales interesados en la comprensión política de México, o en el olvido de ciertos acontecimientos (Patricia Cabrera López, 2017). En este sentido, una  revisión de la vida política de nuestro país con una perspectiva sociocrítica como lo plantearon, en su momento, Georg Lukács, Bertold Brecht y Theodor Adorno, por ejemplo, nos permitirá tener una mejor visión de la estética literaria actual vinculada al surgimiento de las diversas expresiones políticas contemporáneas.

Según el crítico Emmanuel Carballo, La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán, es la primera gran novela política mexicana del siglo XX. No obstante, con antelación, autores como Emilio Rabasa, Mariano Azuela y Heriberto Frías habían publicado algunas obras de la saga novelística de la Revolución Mexicana. En ese mismo año surge el PRI bajo el nombre de Partido Nacional Revolucionario (PNR), el cual gobernó el país durante setenta años consecutivos, de 1930 a 2000.

En 1939, Manuel Gómez Morín funda el PAN en un contexto en el que la narrativa realista, la novela indigenista y las reflexiones en torno al ser y la cultura nacional predominaron en la literatura de nuestro país. Este partido político conservador tuvo dos presidentes: Vicente Fox Quesada (2000-2006) y Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012).

Tras la masacre de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, no sólo surge la literatura sobre este lamentable capítulo histórico, sino que la narrativa vuelve con énfasis a la preocupación política y social, mediante obras como Maten al león (1969), de Jorge Ibargüengoitia; El gran solitario de palacio (1970), de René Avilés Fabila, y  La noche de Tlatelolco (1971), de Elena Poniatowska, lo cual demuestra que el Movimiento del 68 representa, sin duda, una profunda ruptura colectiva que produjo una reforma política, la cual abrió la participación electoral a una izquierda, proscrita durante largos años, en organizaciones como el Partido Revolucionario de los Trabajadores (1976) y el Partido Mexicano de los Trabajadores (1974), fundado por Heberto Castillo.

No es de extrañar que, en ese entonces, aparecieran también obras de crítica social en el escenario literario, las cuales se extendieron a la década de los ochenta con autores de la talla de Carlos Fuentes, Gonzalo Martré, Agustín Ramos, Juan Miguel de Mora, Roberto López Moreno, Carlos Montemayor, José Emilio Pacheco, Fernando Curiel, Ángeles Mastretta y Paco Ignacio Taibo II, además de otros vinculados a la denominada Literatura del petróleo.

Un año después del fraude electoral de 1988, mediante el cual se impuso a Carlos Salinas de Gortari como presidente de México, se funda el Partido de la Revolución Democrática con la fusión de los diversos partidos de izquierda. En 1990 surge el Partido del Trabajo.

El asesinato de Luis Donaldo Colosio en 1994 significó la ruina de la hegemonía política del PRI. Este magnicidio, sin embargo, ha sido poco abordado con la sobriedad debida en la literatura mexicana, salvo por obras como Un tirador solitario (1999), de Élmer Mendoza y La tragedia de Colosio (2004), de Héctor Aguilar Camín, aunque sí despertó, de manera tangencial, el cuestionamiento ucrónico de la ausencia de la figura presidencial, expresado, por ejemplo, en la novela La silla del águila (2003), de Carlos Fuentes. En 1997 surge el partido Movimiento Ciudadano, el cual, por cierto, postuló, en 2021, como candidato a la alcaldía de Monterrey, Nuevo León, a Luis Donaldo Colosio Riojas.

Los noventa fueron años en los que se analizó, también, otros acontecimientos de la política mexicana en las novelas Charras (1990), de Hernán Lara Zavala; La guerra de Galio (1992), de Aguilar Camín; Presidente interino (1993), de Rafael Loret de Mola y El miedo a los animales (1995), de Enrique Serna, y crónicas como La presidencia imperial (1997), de Enrique Krauze, et al. Curiosamente, durante esta década se posicionaron los hoy llamados intelectuales orgánicos emanados del gobierno salinista.

Posteriormente al fraude electoral de 2006, con el cual el régimen conservador coaccionó a Felipe Calderón Hinojosa como titular del Poder Ejecutivo, la comunidad intelectual con ideología de izquierda se agrupó en torno a Andrés Manuel López Obrador. Este suceso histórico tampoco ha sido retomado por la literatura mexicana con la debida seriedad, únicamente desde la mirada periodística. En 2011 se crea el actual Movimiento de Regeneración Nacional, primero como asociación civil y, en 2014, como partido político.

En 2012, el PRI nuevamente incurre en fraude electoral para investir a Enrique Peña Nieto como presidente de México. En el ámbito literario aparecen obras de periodismo de investigación que retratan con mayor agudeza temas de política, narcotráfico y escándalos sexuales que evidencian la profunda crisis social del país, así como novelas que las reafirman. Tal es el caso de Disparos en la oscuridad (2011), de Fabrizio Mejía Madrid; El vendedor de silencio (2019), de Enrique Serna, o El traidor (2019), de Anabel Hernández.

En 2018, Andrés Manuel López Obrador gana las elecciones presidenciales con el respaldo de la coalición Juntos Haremos Historia, conformada por Morena, el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Encuentro Social. En 2020, diversos intelectuales mexicanos firmaron un documento en apoyo a AMLO, como réplica a otro publicado por algunos eruditos que pedían la renuncia del mandatario, alegando supuestos problemas con la libertad de expresión.

Indudablemente, la relación entre literatura, y política es muy estrecha. No obstante, es mejor que el escritor la use como material literario, pero no como una voz interna para escribir, porque, en ese caso, no se reconoce la necesidad del texto sino la de adaptarse o la de manifestar un determinado discurso. De esta manera, ejercerá su condición de ciudadano aportando sus ideas para fortalecer la democracia, lo cual coincide con la convicción de Antonio Gramsci en relación a que el pensamiento y la intelectualidad son una manera de transformar la realidad en que vivimos. Por ende, coincido también con Hebert Marcuse respecto a que la literatura tiene la posibilidad de transformar la realidad a partir de la forma ilusoria, pero idealmente viable, que permita construir un mundo menos violento y más armónico.