El duelo de Salvador Díaz Mirón

HÉCTOR EFRAÍN ORTEGA CASTILLO

Poseedor de una diáfana inspiración como poeta, oficio y arte que voluntariamente eligió desde mozuelo, el aún joven Salvador Díaz Mirón hallábase en aquel año de 1878 en Orizaba, merced a haber sido electo Diputado Local por el Distrito de Jalacingo, no ha muchas leguas del de Jalapa, do estudiaba por ratos y por ratos se inspiraba. Llega a Orizaba, a la sazón, recién insaculada capital del Estado e instálase en el Hotel San Pedro, céntrico y uno de los mejores de la ciudad, conjuntamente con el ya tradicional Casa de las Diligencias, o simplemente Hotel Diligencias, ubicado en las esquinas de Principal y Reforma, donde ahora se encuentra una sucursal bancaria, no a muchos pasos de la estatua del Patricio Oaxaqueño Benito Juárez, que en ese momento, en ese año, aún no se erigía.

Citamos todo lo anterior para que el lector se ubique en tiempo y forma a la anécdota, o mejor expresado, hablilla que durante mucho tiempo fue del comentario y gozo de los pluviositanos, protagonizada por el tormentoso poeta, en quien no era nada nuevo, pues encantábale desafiar a muerte a quien le cayese gordo o simplemente lo mirase feo.

Pues resulta que a principios de octubre de 1878, en el Hotel San Pedro –donde alojábanse ambos protagonistas de esta historia–, Don Salvador hallábase en gozosa presencia de su amigo, Don Martín López Luchichí, tlacotalpeño, con quien departía alegremente una partida de damas inglesas según algunos, o de ajedrez, según otros, y para evadir conflictos narrativos, diremos que fueron las Damas las que ambos veracruzanos jugaban, ya que la mayoría de los relatos de la época y subsecuentes así lo mencionan, resultando importante el destacar cuál era el juego, pues no es lo mismo enojarse porque le “coman” a uno la reina o el alfil, que por verse acorralado perdiendo un buen número de fichas.

Mas como López Luchichí estaba haciendo gala de lúdica habilidad y presuntuosamente burlándose de su oponente, el máximo poeta veracruzano en ciernes comenzó a increparlo al estilo jarocho, es decir, de forma vulgar, soez, mentamadrista y asaz exaltado. Ni bien había concluido la partida, con López Luchichí como vencedor absoluto de la contienda, éste expresa, socarronamente “ya te gané”, a lo cual el poeta que en esos tiempos apenas frisaba los veinticinco años, respóndele, exaltado y eufórico “Estas no son las damas que tú acostumbras tratar, grandísimo tal por cual”, dando un sonoro manotazo en la mesa… entiéndase ésta última parte de la frase como la manera en que los cronistas de la época ocultaban las tremendas intemperancias que suele proferir el mexicano, con más razón si se es veracruzano. A Don Martín no le agradó escuchar estas postreras palabras y le exige, ya en tonos destemplados, resarcir su honor mancillado, palabras domingueras que traducen en retar a duelo a muerte, pistola en mano, desfacedora de agravios y de entuertos. Don Salvador aceptó.

Díaz Mirón solía portar un arma de fuego, mas su rival carecía de la misma, por lo que instó al poeta y diputado a aguardarle en lo que subía a su habitación por ésta… y como en todo este drama no podía faltar una mujer, fue la esposa de López Luchichí quien acabó por rematar el incidente exigiéndole a su señor marido que respondiera a la ofensa. Baja Don Martín López nuevamente diciendo “ya estoy aquí, Salvador, defiéndete”. Díaz Mirón, quien se consideraba un habilísimo tirador, sacó la pistola del bolsillo e hizo el primer disparo, que perforaría el sombrero del tlacotalpeño y éste a su vez, hizo el segundo tiro, hiriendo al diputado de Jalacingo en el hombro izquierdo. Ambos jugadores de damas venidos a facinerosos de cantina, siguieron disparándose mutuamente sin herirse, bajo la atónita mirada de los allí presentes, hasta que una bala alcanzó nuevamente a Díaz Mirón, dejándolo imposibilitado de seguir con el duelo, pero vivo. De hecho, ninguno murió.

La bala en el hombro izquierdo del autor de “Lascas” dejaría su brazo siniestro inutilizado de por vida. Lo que nunca dejó de hacer fue andar de reto en reto, de desafío en desafío. Así, los siguientes años, lejos de escarmentar, lo llevó a retar a muerte –y salir ileso– al mismísimo general Luis Mier y Terán (quien elegantemente lo envió a cerciorarse si la chancha había colocado blanquillos), al diputado Roberto Esteva, a Francisco Landero y Cos, al coronel José Manuel Migoni y al joven Federico Wolter, asesinando a éste último, por lo cual pasaría cuatro años en chirona hasta salir libre en 1896.

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