Ahora, los espartanos

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Esparta, ciudad que eternamente rivalizó con Atenas, no fue para nada un Estado democrático. Desde sus orígenes se mantuvo en un estilo dictatorial y, como sucede con este modelo, dio los suficientes resultados positivos para que sus pocos miles de habitantes se sintieran a gusto obedeciendo un gobierno tiránico y un sistema social que les permitió mantenerse relativamente libres.

Esparta fue fundada por los dorios que se impusieron a los habitantes nativos. De estos, los ilotas fueron los que llevaron la peor parte. Casi esclavos, auténticos medieros, tenían que entregar a sus amos la mitad de su trabajo y de sus cosechas. Un poco arriba estaban los periecos, que tenían algunos derechos, pero no los políticos, y arriba de la pirámide estaban los conquistadores. Estos encontraron en las altas montañas que rodeaban la ciudad un baluarte inexpugnable, no solo contra quienes pretendían atacarlos, sino contra las ideas democráticas que por allí pudieran filtrarse y enturbiar su “paz y progreso”.

El real o supuesto legislador Licurgo terminó con esta división social e instituyó la suya propia: solo habría amos y siervos. Los amos, por supuesto, eran los dorios. Según la leyenda, inspirado en la ciudad de Creta impuso una Constitución verdaderamente atroz, cuya esencia era el desprecio de lo cómodo y agradable. Sus conciudadanos sintieron caer sobre ellos a un moralista obsesivo y trataron de rebelarse. Pero él, sagazmente, les hizo una propuesta: que cumplieran esa ley solamente mientras él regresaba de un viaje. Ellos aceptaron y Licurgo emprendió su periplo al oráculo de Delfos. Allí se encerró y se dejó morir de hambre. Y los cumplidos espartanos se mantuvieron en su palabra y aquella constitución atroz se mantuvo por siglos.

Veamos algunos ejemplos de sus leyes. Los reyes debían ser dos, así uno vigilaría al otro y, cuando disputaran, los senadores serían jueces. Estos debían ser mayores de 60 años. Al morir uno, lo sucedía el que obtuviera más aplausos al desfilar por la sala y una discusión la ganaba el que gritara más alto. Nada nuevo pues.

Sí, tenían una asamblea compuesta por hombres de más de 30 años, pero no podían ejercer ni en el comercio ni en la agricultura ni en la industria. De esa asamblea se elegían anualmente a cinco, llamados éforos, con amplias facultades, entre las cuales destacaba el ser guardianes de las leyes y mantener a raya a los dos reyes, multarlos, deponerlos e, incluso, mandarlos ejecutar…

Todos estaban destinados a ser soldados. Una comisión examinaba a los recién nacidos y a los maltrechos los arrojaran al vertedero. A los restantes, los sometían a una disciplina feroz. A los siete años eran separados de sus padres y entregados al Estado, que los sometía a una disciplina castrense, al mando de quien hubiera demostrado ser el más feroz, el más peleonero, el más audaz y el más estoico al aguantar palos y heridas. Solo aprendían a leer y escribir, y a cantar en coro, típico de las sociedades militarizadas…

Allí, encerrados en sus “escuelas”, los educandos vivían hasta los 30 años. No tenían derecho a tener novia y estaban sometidos a sus jefes, que los tomaban como sucedáneos de las mujeres. En esas mazmorras no había camas, no se usaba el jabón y tenían que procurarse su propio alimento, robando, extorsionando o asesinando sobre todo a los inermes ilotas. Cuando podían, por fin, salir de esas sentinas, debían tomar mujer (el celibato era pecado) de entre las jovencitas que contendían, casi totalmente desnudas, en la palestra. Si elegían a una estéril, eran multados y si la mujer se liaba con otro hombre más grande y fuerte, el marido debía sentirse particularmente bendecido. Su misión era servir al Estado otros 30 años. Y, al cumplir los 60, ya podía comer en una mesa particular y no en la pública, y ser mantenido por el Estado como consultor y asesor en los asuntos públicos.

Este modelo espartano no ha dejado de seducir a quienes sienten preferencia por un Estado totalitario, en donde el individuo está absolutamente supeditado a la colectividad, al rebaño. Los derechos, todos, corresponden a los fieles soldados y el ciudadano tiene la virtud como una obligación total. Pero la virtud entendida como la total sumisión a los intereses del Estado. Por supuesto, una sociedad así tiene en su vientre la carcoma de la inoperancia y vive muerta.

Dice un autor que, a diferencia de otros lugares, en donde fue Esparta no queda un solo vestigio de arte ni de vida. Y recomienda que el sitio sea visitado por todos los adoradores de Hitler y de Stalin “quienes fueron modestos imitadores de Licurgo, verdadero jefe de escuela de los totalitarios y el más respetable de todos, porque el sacrificio del individuo a la colectividad no tan solo lo predicó: lo puso en práctica dando el ejemplo”.

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