Desde El Portal: La Nostalgia de la catástrofe

Marcela Pravo Revuelta

Cuando la charla en los portales se ponía más interesante y discutíamos alegre y pausadamente sobre las cosas de la vida, Juan Vicente Melo, (1932-1996), daba por terminado el asunto diciendo una de sus frase favoritas, “es la nostalgia de la catástrofe”, mientras Carlos Monsiváis y él brindaban con sus bebidas favoritas y se quedaban en silencio largo rato.

La “nostalgia de la catástrofe”, de Los Recuerdos del Porvenir, 1963, de Elena Garro, (Puebla 1916-Cuernavaca, 1998), fue una frase que se me quedó en la memoria desde que leí el libro en la Prepa de Córdoba, uno de los muchos que me regaló el poeta Ramón Rodríguez y que reencontré con Juan Vicente.

“La Nostalgia de la Catástrofe”. Apenas estoy entendiendo el asunto, Juan Vicente. Yo también estoy sintiendo esta como “nostalgia de la catástrofe”. Estoy re-comprendiendo “Los Agachados” de Rius y “los acarreados” de otros tiempos.

Los “acarreados”, (que eran tantito los agachados, Rius dixit).

Los “acarreados” eran aquellos ciudadanos, hombres y mujeres y, a veces, hasta jovencitos o niños, que eran llevados en camiones a los mítines políticos, (de todos los partidos existentes en aquella época, que hablo de mediados de los años setenta), a quienes se les entregaba un “lonche” con una torta, un refresco, una fruta, una servilleta y más nada.

Alguna vez, hace un millón de años, enfurecida por tal circunstancia, me largué libreta y lapicero en mano a entrevistar a los “acarreados” de alguna de aquellas campañas  de los partidos que en el mundo han sido, (en ese momento sólo había azul, rojo y amarillito: el resto del arcoíris aún no aparecía).

-Pos nos trajo el líder del sindicato

-Nos mandó el patrón

-Si no vengo me corren

Etcétera. Etcétera. Etcétera.

Pero una de las respuestas todavía me retumba en su centro la tierra. Uno de los niños, cargando su bolsita de “lonche”, me dijo con los ojos abiertos como para verme mejor:

-Vine para conocer el mar…

Carajo. Recontracarajo.

No lloré. Lo prometo. Me largué a escribir y por allí anda la copia de aquellas cuartillas, donde nunca hablé de los candidotes, sino de aquel niño, que ahora debe andar en 50 o más años. Ya no es un niño y ya conoció el mar… Yo envejecí.

Pero cambiaron, como es natural, los tiempos. Cuando un camión, auto o tráiler se accidentaba, los mexicanos se acercaban a ayudar. Hoy se acercan a la rapiña y les valen los heridos o los muertos. Rapiñan las chelas, el azúcar, los cochinitos heridos o muertos a media carretera, los paquetes de frijol o de arroz, las gallinas y los pollitos…

Ya no son los acarreados ni los agachados. Son los rapiñeros y los mantenidos. Los vagos. Los siervos. Los jóvenes destrozando el futuro. Los viejos que esperan su apoyo. Los “acagachados” tras la zanahoria…

Y tan cambiaron los tiempos que aquel miserable lonche, para que un niño conociera el mar, se ha convertido en una despensita en caja de cartón, bolsa de plástico o paquetito con el logo de los partidos, repartidos en las “coloñas”, (que los candidatos no conocen más que en foto, carajo). Se han convertido en pasarela de modas: el logo de todos los partidos en camisas, camisetas, banderolas, banderitas, espectaculares, volantes, volantitos, cachuchas y etcétera.

Sobre todo, etcétera.

Además de destrozarme los colores para siempre, (sólo nos queda el blanco), me percato de que la ignorancia y la “leve huevedad del ser”, nos están destrozando un País que merece algo más que una despensa en campaña…

¡Ay, Juan Vicente!… Me está dando la nostalgia de la catástrofe…