10 de Mayo

Héctor Efraín Ortega Castillo

Llegamos ya a esa época del año en que las calles se visten de blanco y rosa, por doquier obsérvanse flores de cálidos colores y se escucha, como un villancico primaveral, la sempiterna (y a estas alturas ya bastante fastidiosa, cacofónica e insufrible) canción de Denisse de Kalaffe. Y es que ha llegado, una vez más, el Día de las Madres.

Los aparadores de las tiendas de artículos para el hogar lucen pletóricos de ofertas (acompañadas de vistosos moños), ya que por alguna aviesa razón, los mercadólogos y publicistas insisten en que a la Madre se le hace feliz si se le regala una plancha, un juego de cubiertos, una lavadora o un extractor de jugos…. Es como si en el Día del Niño, les obsequiásemos a nuestros retoños juegos de geometría, mochilas y uniformes escolares. Nada más me imagino la expresión de los chicuelos con presentes de este tipo.

Pero ahí vamos a continuar la tradición. Los hijos, pues, solemos regalar a las madres aparatos electrodomésticos; principalmente por la pereza que nos representa el andarle buscando un perfume, una joyita o una chalina a su gusto. Las hijas suelen ser más afectivas y empáticas con la Madre y acaban dándole algo más personal, incluso un disco de Luis Miguel o de José José, dependiendo del gusto de la festejada. Mas por cuestiones de su extraña Naturaleza (que también es Madre), las progenitoras acaban prefiriendo el regalo de los varones, así sea este una waflera que en su vida van a utilizar.

Los festejos comienzan la noche del día 9 con las serenatas en que los tríos y mariachis hacen su agosto; incluso, algunos empiezan yendo a cantarle a la Virgen María en el atrio de la iglesia de La Concordia y de ahí, con la madre propia. Por cierto que en días previos ya hay muchísimo movimiento en las calles aledañas al mercado de flores y no les extrañe que en estos tiempos electorales todos los candidatos feliciten a las Madres (y les pidan sus votos, claro).

En tiempos preapocalípticos (antes del Bicho de Wuhan) cada 10 de mayo las escuelas primarias solían organizar un festival para celebrar a las Madres de familia: las docentes (que suelen ser mujeres y casi siempre, madres también) desde días atrás se esmeraban en que los niños preparasen toda una serie de actividades en pro de demostrarles a ellas lo mucho que sus críos las aman (como si eso hiciera falta). Ahí teníamos a los infantes trazando las siluetas de sus manos y pegándoles lentejuelas, brillantinas o pastas secas de coditos, u otro tipo de manualidades, que la inventiva de las profesoras es vasta.

El mero día del festival, así trabaje la Madre, tenía que asistir a la escuela del niño, so pena de bajarle puntos a su calificación final. La sufrida mamá perdía una mañana laboral, la cual le descontaban, todo sea por no traumatizar al niño. Eran recibidas con un buqué de flores y un papelito sujetado con un imperdible, en donde anotaban su nombre. Algunas madres incluso llegaban a la escuela acompañadas de la abuela quien, por extensión, también es madre. Comenzaba el festival con las palabras de bienvenida de la dirección, alocución en la que no podía faltar aquello de “madre solo hay una”, o “todo lo que somos se lo debemos a ellas”: verdades perogrullescas que hasta resultan reiterativas. Las madres eran sentadas alrededor del patio escolar y empezaba el festival preparado (eso sí) de todo corazón. No faltaba el grupo que tenía que acudir ataviado con el uniforme para, todos, recitar una poesía coral (que por lo general, solo diez se aprendían y los demás movían la boca). Seguían equipos de niñas en tutú haciendo gimnasia con todo y aros; un grupo musical de chiquillos que cantaban (nunca falta el/la que sabe tañer la guitarra, un teclado o el pandero) y el grupo que disfrazado de algún animalito del bosque, un árbol, o alguna flor, hacía un performance que arrancaba el llanto de las festejadas. Por cierto que esos trajecitos de arbolito, flor o animalito de los chiquillos eran confeccionados por las propias madres que se desvelaban haciéndolo para ese día… por supuesto que ellas mismas costeaban las telas, pero valía la pena porque el niño andaba feliz disfrazado de ardilla.

En fin: lo cierto es que es una delicia el festejo del Día de la Madre. ¡Felicidades a todas ellas!

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