La mesita del jardín

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Desde El Portal

 

Marcela Prado Revuelta

Es una mesita blanca, de esas “de inditos”, que me costó como tres pesos. Estaba, alegremente, en el jardín. Me sentaba junto a ella con mi café y los nietos la utilizaban para poner esas cosas raras que los pequeños andan arrastrando por toda la casa. La mesita se veía feliz. Se llama Blanquita, porque la pinté recién comprada.
Ahora, la mesita del jardín está en la cochera. Forré la superficie con plástico, para no lastimar la madera. No se ve feliz.
Lo noté esta mañana cuando hice revisión de reposición de todos los “elementos indispensables para evitar contagio de covid y otras madres” y anoté cuidadosamente el titipuchal de objetos, a saber: gel antibacterial, una caja con servilletas, (los pañuelos desechables no sirven), un contenedor de cristal, (lleno de agua con cloro), donde apilo las monedas que me traen de “vuelto” los proveedores, para lavarlas, spray desinfectante, (que cuesta carísimo), con el cual “satanizo” a todo quien debe entrar a casa, un aspersor de agua con cloro, puesto sobre un viejo cenicero, con el cual se moja a cada ratito la jerga en que todo mundo debe limpiarse los zapatos, unos zapatos “de salir”, (no de los que lleva uno a los bailes, por supuesto, sino cerrados como de bisabuela), que jamás compenetran, Cantinflas dixit, a la casa de usted: se quedan allí solitos todo el tiempo, dos cubrebocas nuevos, por si a alguien se le ocurre acercase sin mascarilla, un paquete de toallitas desinfectantes,la pila de los diarios en tinta y papel, desinfectados antes y después de leerlos, un banquito extra para alguna charla emergente o para que pueda descansar un ratito el afilador o el barnizador de muebles, mientras beben un botellín de agua fresca… y..
Y ya me cansé.
Me cansé, porque junto a esta lista que todos tenemos y que ha mermado en mucho la economía de los que menos tienen, está “la otra lista”. La encontré engrapada junto a la anterior y decidí sentarme a reír, porque hice una cuidadosa lista, que se me había olvidado, de “cuánto tiempo permanece el virus en la madera, el plástico, el papel, el metal, el cristal y sepa la madre que más”, y lo que es peor, señoras y señores: encontré “la otra lista”…
La de candidatos y “candidotes”… Me serví un café y mi risa se convirtió en una franca carcajada de la cumbancha, aunque no la última.
Entre la depresión, el encierro, el miedo, la angustia, el luto, la rabia y cosas peores, que todos estamos sufriendo, decidí optar por el optimismo: esta pandemia, (que comenzó en el 2018, “con la senilidad ejecutiva” y se agravó en el 2020 con el covid), no podrá conmigo, me dije.
Y no podrá con ustedes.
Si yo me cuido, cuido a mi familia, mis amigos, mis vecinos, la cajera del supermercado, los proveedores en bicicleta, los vendedores que pasan por aquí de vez en cuando… Si usted se cuida, nos cuida a todos del contagio…
Pero no permita, por favor, que esta situación le destroce la vida. No permita que lo ponga de mal humor. No permita que lo convierta en un ser agresivo, deprimido y deprimente, pesimista. Por favor.
Pasé en limpio mis dos listas. Estoy lista. Seguiré cuidándome, porque esto va para largo rato y deberemos aprender a convivir con ello.
Y de “la otra lista”, nos libraremos el 6 de junio.