Sábado de Gloria y Domingo de Resurrección

Héctor Efraín Ortega Castillo

La llamada Semana Mayor estaba por llegar a su fin en Pluviosilla. El Sábado de Gloria se guardaba riguroso luto, pues es el día en que Jesucristo estaba en su batalla personal contra las Tinieblas. Las casas permanecían cerradas y la mayoría del tiempo en absoluto silencio, como no sea para rezar el Sagrado Rosario. Los niños no pueden jugar de ninguna forma y todos, enclaustrados, llevaban una jornada ascética.

A quien osaba salir de su casa, como no fuese por alguna urgencia o ir a la Santa Misa, era víctima de los justicieros urbanos, quienes, baldes en mano, obligaban a volver al que cruzare el dintel de la puerta. Balde de agua en mano, arrojaban una descarga del vital líquido, mojando, empapando, calando al atrevido transeúnte que violase el sagrado recogimiento (esperado en todo católico)  El día de San Juan Bautista (24 de junio) se arrojaba agua al paseante de forma jocosa, divertida,  remembrando el sagrado bautismo en la Iglesia. El Sábado de Gloria no: se mojaba para obligar a volver a casa a cambiarse y como escarmiento, pues era el supremo luto y no se permitía –socialmente hablando– salir de casa.

Solo se permitía, en la salida del sol, a eso de las seis de la mañana, acudir hiperdúlicamente a la Vía Dolorosa en honra y devoción a la santísima Madre del Salvador, cuya efigie salía de la Parroquia de San Miguel y recorrería un breve trayecto hacia el santuario del Sacro Monte Calvario y de allí a San José de Gracia, acompañada de unos ángeles: hombres ataviados de albea túnica, con cirios en mano, orando, cantando patéticamente unas salmodias devocionales, seguidos de los fieles orizabeños que se servían mostrar el mismo recogimiento y apostólico celo llorando, junto a la Virgen de los Dolores, por la pérdida de su muy amado Hijo. Costumbre era el velar el sagrado cuerpo de Jesús durante la noche entera afuera del templo.

El Domingo de Resurrección llegaba y con éste se renovaba la fe y la alegría. Los tres días de luto concluían de manera alegre y estruendosa. Al amanecer, con algazara repicaban las campanas de todos los templos de la ciudad, y en lo alto de los cielos, vistos desde el suelo, se detonaban, cuando era bien visto, innumerables cohetones… sonaban armoniosos y jubilosos cantos y antífonas de Gloria… colocábanse tendajones en el Parque Castillo (en otrora Paseo de los Naranjos), mientras que la gente estrenaba ropajes nuevos, pues era este día como si comenzase una novísima y esperanzadora etapa. Los fieles devotos paseaban en familia –unidos todos– en las inmediaciones del parque y del atrio de San Miguel, bebiendo aguas frescas de tamarindo, de jamaica, de horchata de coco o de arroz, o de limón, o de chía… comían bizcochos y confites, helados y sorbetes, especialmente los niños, que alegres, rompían el cerco del luto que setenta y dos horas tuvieron que guardar en casa, ya desesperados… la ciudad de Orizaba tenía en esos días una gran afluencia de forasteros de los municipios de alrededor y de la comarca entera y algunos comercios hacían su agosto en plena primavera…

Al amanecer de ese domingo, todo era fiesta porque se celebraba la Resurrección del Salvador –eso sí: no podía faltar el ir a misa–. La imagen de Jesucristo partía de San Antonio escoltada por el Santo Patrono Príncipe San Miguel y por Santa María Magdalena con rumbo a la parroquia. Celebrábase dignísima y solemne misa leyéndose el Evangelio según San Juan, capítulo 20 versículos uno al nueve, y el de San Lucas, capítulo 24, versículos trece al treinta y cinco. La misa concluía con un “Aleluya, aleluya” pues la Luz había nuevamente vencido a las tinieblas… hasta el siguiente año.

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