Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11,23-26:

Hermanos: Yo recibí del Señor lo mismo que les he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”.
Lo mismo hizo con el cáliz después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Hagan esto en memoria mía siempre que beban de él”.
Por eso, cada vez que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva.
Palabra del Señor.

La comunidad cristiana no se ha inventado la fe ni la doctrina que transmite a sus hijos, todo su mensaje es una revelación que el Señor transmitió a su Iglesia y el que ella tiene obligación de transmitir fielmente a través de los siglos.
Cada vez que la Iglesia se reúne para celebrar la Eucaristía se hace presente este memorial instituido por Cristo, no invento de la Iglesia; no olvidando que “memorial” o “memoria” en el ámbito judío de tiempos de Jesús significa algo que se hace presente y actual en esos momentos, no es el recuerdo de algo acontecido hace años, no es algo pasado sino presente.
Cuando los ministros consagrados con la unción sacerdotal pronuncian las palabras de la consagración sobre el pan y el vino, en esos instantes Jesús toma el pan y lo convierte en su Cuerpo, toma el vino y lo convierte en su Sangre.
Esta enseñanza la Iglesia la recibió de labios del mismo Cristo, por ello lo ha transmitido así a través de los siglos, y la ha celebrado con esta certeza. Este Cuerpo y esta Sangre han alimentado a los cristianos y ha suscitado en ellos la fuerza para hacer la voluntad de Dios y caminar rumbo a la santidad.
Por ello no desprecies semejante alimento, entra en la comunión directa con Dios a través del Cuerpo y la Sangre de tu Señor, que se entrega a la muerte por tu salvación y felicidad.