Laberintos literarios

De cómplices y víctimas

Jorge Pacheco Zavala

Entre el escritor y el lector hay una complicidad mutua, cuyo hilo conductor es la historia que media entre ambos.

Pero también, entre los dos existen algunos códigos no escritos y no estipulados premeditadamente, más bien permanecen implícitos en la misma obra en la que convergen ambos. Complicidad y códigos: sin estos elementos llegará a ser difícil para ambos (lector y autor) la relación literaria, como si de amantes o esposos se tratase.

El escritor miente y escribe.  Se mesa los cabellos como si tal acto fuera parte de un ritual preconcebido. Luego escribe y mientras lo hace, vuelve a mentir.  Y sus mentiras se encuentran contextualizadas en el mundo de la historia recién creada.  Este escritor de semblante agridulce, con pelos parados y mirada extraviada, se debate entre la vida real y la vida que crea y reconstruye.  Vive entre ambos mundos: el que tiene atorado a medio camino creativo, y el otro, el mundo en el cual no ha pagado el recibo de luz hace meses.  El escritor es alguien que suele caminar como si habitara este planeta, pero no, habita el otro, el de sus alter egos, o quizá el de sus héroes míticos en plena concepción.  Tal vez me equivoque, pero en algún viejo inmueble aún vive al escritor que huele a humedad y pasa el día entero en pijama y pantuflas. Y mientras el humo del cigarrillo se transforma en figuras caprichosas que se esconden de la luz, vuelve a hacer sonar la vieja máquina que aprisiona inmisericorde la hoja destinada a morir.

Sin embargo, a una distancia inimaginable, el lector habita en este mundo, pero desea también el otro, el mundo que el escritor concibe y reproduce.  Toma el libro, hojea las primeras páginas y observa detenidamente la foto de la contraportada; esa en la que por única vez, el autor aparece con cierto decoro.  El lector imagina lo que la historia contiene, lo que él personaje enfrenta, lo que la trama encubre para llegar al final.

El lector sabe de cierto que leerá solamente mentiras, pero lo acepta, sabe que estas no son mentiras vacías o con despropósito como las de los políticos, cuya tradición deshonesta se remonta a siglos atrás.  Pero sabe, que la mentira que acepta, es la mentira que le revelará algunas verdades escondidas o disfrazadas.

Y este, es el primer código no escrito que ambos aceptan.

Ahora bien, el lector acepta interesarse por el texto, a pesar de saber que lo narrado NO es real.  Pero también acepta, no sin condición, interesarse por la historia.  Y aquí me refiero al empaque que tiene la historia: es decir, a la forma.  Lo hará solamente si la historia está correctamente escrita.  Esto tiene que ver con dos aspectos. El primero: si el lector encuentra en el camino dificultades para leer; es decir, fallos en la ortografía o en la gramática, o errores en la sintaxis o en la semántica, irremediablemente abandonará.  El segundo: si se topa con  incongruencias entre la historia y la identidad de los personajes y su función, o si encuentra vacíos en la propia historia, también abandonará.  Ambos lo saben y están de acuerdo.

Este, es el segundo código.

Esta complicidad lúdica, llegará con el tiempo a mantener cautivos a los dos protagonistas: el autor y el lector.  De hecho encontrarán gran placer al internarse en este juego de búsquedas, encuentros, desencuentros y misterios aplazados.  Los dos resolverán con el paso de los libros, o quizá de los años, todas aquellas incógnitas que al parecer fueron creadas a propósito para mantener el hilo narrativo con la tensión suficiente antes de que pudiera romperse.

La única regla del juego, es no contar de la historia más de lo necesario, de otra forma, la próxima víctima no caerá en la trampa…