La Estatua de Benito Juárez 2

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Héctor E. Ortega Castillo

Desde mediados del siglo XX, que le instalaron la sucursal del Nacional Monte de Piedad, la estatua de Don Benito parece ir saliendo de este establecimiento papeleta en mano. Innegable es, e incuestionable que el monumento volvióse en el centro neurálgico de los homenajes francmasónicos pluviositanos, por lo menos desde los años de 1920’s, creándose toda una tradición que aglutinaba a los liberales, sindicalistas, izquierdistas, priístas en turno, dependiendo de la época a que nos estemos refiriendo.
No se interrumpía mucho el tráfico, pues no había demasiados automóviles, y usualmente solo se cerraba uno de los carriles de la arteria principal de la ciudad, que irónicamente se le conoce aún como “Calle Real”, pese a que Don Benito Juárez era más republicano que nadie, lo cual tampoco es sinónimo de decir que era democrático. No confundamos. Cada 21 de marzo y 18 de julio, los agentes de tránsito impedían la circulación en media vía, la que iba rumbo a Río Blanco (y por ende, al Altiplano) para que reuniéranse cómodamente autoridades municipales, invitados especiales y escolapios que a cada rato se desmayaban, no sin antes participar uno de ellos con luengo poema elegíaco dedicado a la paternal figura del imperturbable nativo de Guelatao, en tanto los automovilistas lanzaban improperios, ludibrios y palabros, no hacia el prócer, sino más bien hacia las autoridades locales.
Ya con la llegada de la modernidad (y con esto refiérome a que habría más coches), el cierre de la avenida se volvió molesto, por lo que hubo que buscar novísimas estrategias para seguir siendo cívicos y agradecidos con la historia, sin ser imprudentes y afectar la vialidad del sufrido automovilista.
Y entre el anecdotario del dicho monumento cabría recordar lo acaecido en 1999, cuando en el aniversario luctuoso de Juárez, se realizó el acto cívico correspondiente no ante los pies del Benemérito, sino en la explanada del Palacio Municipal, con escasos invitados masónicos y presídium de honor, causando una molestia entre los prosélitos de la Escuadra y el Compás, ya que les pareció que dicho acto fue en su totalidad deslucido. Además de que mostrarían su disgusto por no haber sido invitados correctamente. Cosa que el Ayuntamiento reviró mediante Oficio número 260 del 25 de octubre de 1999: “Que el Ayuntamiento Constitucional (…) no tiene ninguna obligación jurídica de hacer la Invitación Oficial a las Logias Francmasónicas asentadas en nuestra ciudad…” Cuestión que es completamente cierta, pues ninguna ley manda a girar invitación a quien no se nos pega la gana hacerlo.
Originóse una interesante discusión bizantina entre las autoridades municipales y las logias masónicas, llevando a que por primera vez en décadas, se hiciesen dos actos cívicos separados. Primero, por parte del Ayuntamiento, bajo el amparo de la obligatoriedad constitucional estipulado en el Calendario Cívico Mexicano, a muy temprana hora, por cierto. Después, ya rayando el medio día, el de los masones, en el que se unirían –cosa inédita y única por los siguientes años– los francmasones del Rito Escocés Antiguo y Aceptado y los del Rito Nacional Mexicano, con todo y marcha con sus correspondientes investiduras desde la plazoleta de la iglesia de Los Dolores hasta el monumento a Juárez (bajo la atónita mirada de la ciudadanía), seguida de varios discursos en que exaltóse la figura del ilustre patricio oaxaqueño.
Por lo demás, fue bastante interesante este pequeño capítulo de la historia reciente, que se resolvió con la llegada de nuevas autoridades al Palacio Municipal: ahora se giraban invitaciones a la Francmasonería Orizabeña, aún en aquellos capítulos históricos en donde no tuvieron nada que ver, aunque la voz popular –es decir: masónica– dice que siempre ha habido un masón en todo momento de la historia nacional, excepto en la era paleolítica.

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