Sueños y ensueños

Héctor E. Ortega Castillo

Casi una tradición empezar a escribir acerca de los sueños con la ya muy consabida cita de Calderón de la Barca que culmina con “…y los sueños, sueños son”. Una verdad irremediablemente manifiesta y una perogrullada, tanto como señalar que el agua moja, o que cuando desciende la temperatura es porque hace frío. Por supuesto que los sueños, sueños son, porque no podrían ser de otra manera y carecen de una definición mejor, a menos que digamos que es una actividad mental o bien una pulsión creativa absoluta. Y más valiera señalar que nuestras vidas están compuestas de sueños, como señala el inmortal Shakespeare.

Tema que es tan antiguo como la mente humana, que se ufana y se afana en formar universos, mundos, parajes lejanos a la realidad (eso que no es nada y a la vez existe; un conocimiento que de tan lógico y auténtico, mata al ensueño y a la ilusión) y ubicarnos en esos universos muy propios. Porque finalmente solo en su mente, el ser humano es libre y puede volar y remontarse hasta lugares de ensoñación como Nunca Jamás, el País de Cucaña, Narnia, Cíbola… Formar en la mente el sueño es peligroso, porque se teme que esta se quede permanentemente en Shangri-Lah, Xanadu o Mahoroba. Y es que, citando a Óscar Wilde: la sociedad perdona a veces al criminal, pero nunca al soñador –y lo sabe el que haya escuchado a Alberto Cortez cantar “Castillos en el aire”.

El surrealismo, ese sueño que permite soñar fuera del sueño, cultivado el siglo pasado por Dalí, Apollinaire, o Bretón, es el escapismo que permitió volver en magia a lo que salta, brinca y corre en la imaginación y plasmarlo en pintura, poesía o música. Despiertos lo hicieron, como despiertos estaban Mary Shelley después de soñar con un monstruo creado por el hombre y al día siguiente escribir “Frankenstein”; o Samuel Taylor Coleridge cuando plasmó su célebre poema “Kubla Kahn” antes que llegara un pelmazo a interrumpirlo durante una hora antes de que lo acabara… y lo terminó, pero ya no fue el mismo. Por eso siempre que duerma, tenga a la mano, en su buró, lista una libreta y un lápiz, no sea que tenga suerte y en una de esas hasta gane el Nobel de Literatura merced a sus devaneos oníricos.

Hay diferentes tipos de sueños. Conquista sus sueños quien está despierto, no como los guajiros, esos campesinos cubanos que trabajaban –y trabajan– con tesón esperando llegar a la riqueza; de donde viene la expresión “sueño guajiro”… O cuando nos damos cuenta, en pleno sueño, que estamos soñando y vanamente tratamos de acomodar el sueño para que salga a nuestro antojo: esos son los sueños lúcidos. Vanamente, reitero, porque nunca logramos convencer en nuestros sueños a Maribel Guardia de que acepte una cita con nosotros (ni en la vida real)… O aquellos que se cumplen días o semanas más tarde después de haberlos soñado: los famosos sueños premonitorios, en que se llega a creer que somos una especie de Nostradamus o de Jeane Dixon y hasta alardeamos de nuestro supuesto don con familiares y amigos… O los sueños robados, que maldita sea la hora que contamos nuestros proyectos a alguien y después ese “alguien” hizo lo que debimos hacer nosotros.

De manera peculiar, son nuestros padres los primeros que rompen nuestros sueños (ahí tienen otra clasificación: los sueños rotos); especialmente cuando estos tienen algo que ver con una actividad artística: musical, pictórica, teatral o literaria. “Mejor estudia algo que te deje”, aunque no especifican qué es lo que va a dejar. Y ese pragmatismo propio de las generaciones mayores ha destruido más esperanzas y dejado más talentos tumbados en el suelo, que las guerras mundiales o esta pandemia del Bicho de Wuhan… si el joven quiere escribir, que escriba; si quiere bailar, que baile; y si quiere ser gobernante de México… bueno, ahí sí trate de convencerlo de que mejor haga un grupo musical o se vuelva futbolista.

Pero no destruya sueños. Porque romper sueños es romper personas. Y como dice Campoamor: “Sin la ilusión, ¿qué sería de este mundo?”

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