Lisístrata

Hands writing on old typewriter over wooden table background

De páginas lapislázuli

Héctor E. Ortega Castillo

“¡Reina Victoria invencible: ven en auxilio nuestro: ven a ayudarnos a vencer a estas mujeres que audaces tienen en su poder la fortaleza de la ciudad!”.

No tema usted, que éstas palabras no fueron pronunciadas por ningún anseriforme gobernante mexicano el pasado día 8. Corresponden a una de las más reconocidas comedias griegas clásicas de la autoría de Aristófanes, presentada por primera vez en el año 411 antes de Cristo: “Lisístrata”.

Un argumento muy sencillo es el de la narración que hoy nos ocupa: las mujeres griegas, hastiadas de ver como sus maridos parten a la guerra, y de ser tomadas en su papel de madres, engendradoras de hijos que al crecer también irán a la guerra –siempre hay alguna en el Mundo Antiguo–, y sabedoras de que ellas podrían tomar el asunto en sus manos y resolverlo de manera diplomática, llevan a cabo una huelga, acaso la primera y más original de ellas: una huelga sexual. Las mujeres no tendrán relación marital con sus esposos hasta que estos no desistan en su afán bélico y regresen a sus casas, como los dioses mandan… o más bien, como ellas mandan.

No todo lo que se dice en ésta estupenda obra teatral nos resultaría hoy políticamente correcto, pues entre sus líneas subyace una complacencia femenina hacia los hombres y existen algunos atisbos de violencia permisible hacia las mujeres. Pero debe tomarse en consideración el contexto histórico en el cual fue escrita la obra: una Grecia aún esclavista, pese a ser la primera democracia universal (que se sepa), en donde el rol de la mujer era profundamente casero, como objeto de lujo y engendradora de hijos al por mayor. Democracia imperfecta, es verdad –como la nuestra–, pues las mujeres de entonces carecen de voz y voto y no hay que olvidar que no existían las actrices: el rol de los personajes femeninos en el teatro era representado por hombres. Es más: tampoco había espectadoras mujeres. Es desde los escenarios en que Aristófanes contribuye a un primer llamamiento –rudimentario, es cierto– en pos de la equidad de género.

La moraleja es tremendamente simple y muy atrevida en su momento: para obligar a hacer la paz, declaremos la guerra en el hogar; pues si en el seno del hogar hay un resquebrajamiento, toda la sociedad se rompe, pues la familia es la base de la comunidad. La patria es la confederación de hogares y si este se hunde, la patria igual.

Nada más cierto que se ha podido comprobar es que las mujeres resultan mejores negociadoras que los hombres. Verdad de Perogrullo desde inicios de la historia. Y Lisístrata, la líder, cuyo nombre significa “aquella que disuelve al ejército” es la protagonista valiente y sensata a la vez; escollo para un machismo antiguo y determinada para romper con las normas de género de una sociedad tremendamente belicista como es la de Atenas en la antigüedad. A esta, se le suman otras mujeres, como Calónice (“hermosa victoria”), representante de la femineidad clásica, y Lámpito (“linterna”), espartana que coadyuva a la protagonista a sus fines.

Al final, triunfa la razón femenina sobre la belicosidad masculina. Una reflexiva crítica que aún continúa vigente en nuestros días y que merece la pena ser leída, y acaso representada cuando la pandemia y la nueva normalidad nos lo permitan.

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