Hay escuelas y escuelas

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Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Apenas se anunció que algunos estados podían reabrir las escuelas para que los alumnos regresen a clases presenciales, cundió la inquietud, especialmente de las escuelas incorporadas, para que la medida sea general. Si los restaurantes, bares, casinos, etc., lograron reducir las medidas coercitivas, ¿por qué no las escuelas que tienen una función social de trascendencia?

El razonamiento parece justo, aunque se debe  matizar y plantearse en serio tanto la prolongación de la veda como su posible fin. Eso lo deben decir los científicos (serios), no los políticos. ¿Y por qué no generalizar el levantamiento de la veda? ¿Realmente está justificada la orden con información verídica? Por eso los directivos de escuelas no se explican la respuesta de la Secretaría de Educación Pública: una amenaza pública y tajante al traer a cuento la reglamentación existente en relación con la facultad que tiene de cancelar a los particulares la concesión de impartir educación y quitarles el REVOE (Reconocimiento de Validez Oficial de Estudios) a quienes reabrieran los centros educativos.

Esta, la primera acción de la recién desempacada funcionaria federal del ramo, frenó la demanda de los directivos escolares quienes han visto seriamente afectados no solo el rendimiento escolar sino la misma matrícula, obligando a varios a cerrar sus puertas.

La amenaza de la funcionaria trajo a la memoria una experiencia estando al frente de una oficina del bachillerato, entre cuyas funciones estaba la supervisión presencial a las escuelas tanto de los asuntos académicos como de los administrativos y materiales.

En una visita a un centro escolar de una pequeña población se detectaron muchas irregularidades. Como el bachillerato funcionaba en turno vespertino en las instalaciones de una escuela de otro grado, carecía de los espacios necesarios y adecuados. Los salones solo contaban con la escasa iluminación de unos pequeños focos de 60 w. Dado que la visita fue después de las fiestas decembrinas, el pachtle que colgaba de gruesos cordeles cribaba la ya precaria iluminación. La documentación administrativa y de control escolar (calificaciones, actas de examen, etc.) se guardaba en la casa del director y como este no se encontraba, fue imposible revisarla, aunque constaban las deficiencias (reportes mal elaborados, actas faltantes, alteraciones en las calificaciones, etc., etc.) en los trámites escolares.

Al conversar con los alumnos en el salón de clases, se constató que la plantilla de maestros no correspondía a la realidad. Los alumnos rieron cuando se les leyó la plantilla completa. No conocían ni a la mitad de los enlistados. Por ejemplo, como maestro de Filosofía y Lógica estaba reportado un sacerdote que desde varios lustros ya no se encontraba en el pueblo… Las materias las impartía cualquiera que lo solicitara. El secretario explicó, muy en su juicio: ¿de dónde sacamos aquí un licenciado en Filosofía? Tampoco correspondía el horario de clases real con el reportado oficialmente y el director iba cuando su trabajo se lo permitía, pues las magras colegiaturas no alcanzaban ni para una triste gratificación. Más de la mitad de los alumnos estaban atrasados en los pagos y muchos simplemente no pagaban nada. Un maestro explicó: la mayoría de los muchachos trabajan, algunos son cortadores de caña o pizcan café durante la cosecha. Llegan tarde y muchas veces sin asearse ni comer, menos van a pagar una colegiatura. Por eso, añadió, a varios de ellos se les da de comer algo en  la improvisada tiendita de la escuela…

La sentencia era inevitable: la escuela debía clausurarse y recogerse la documentación oficial.

Cuando lo supieron los alumnos, una jovencita de negras trenzas y ojos lacrimosos pidió: por favor, no nos cancelen la escuela. Es la única oportunidad que tenemos de hacer la “prepa”. La escuela más cercana está a 30 kilómetros y nos cuesta mucho ir hasta allá y no tenemos dinero para los gastos…

Imposible no entender esa situación. Aunque administrativamente la escuela debía ser clausurada, humanamente era una trastada hacerlo…

Una sociedad está formada por numerosos grupos o estratos sociales: hay empresarios, banqueros, latifundistas, comerciantes, profesionistas, políticos, etc., que cuentan con recursos sobrados para inscribir a sus hijos en escuelas que sean afines a su ideología y cumplan sus expectativas en cuanto a la forma en que desean sean educados sus vástagos, pero también hay muchos profesionistas, comerciantes, agricultores, obreros, empleados, etc., que recurren a centros escolares sin instalaciones lujosas ni maestros con doctorados en Harvard… Y también hay quienes apenas ganan un mísero salario, y muchas veces ni eso, y tienen como única escuela al alcance una como la descrita. El derecho a una educación de calidad es una cosa, la realidad, otra.

Toda escuela es una luz en la tierra y no pueden ni deben ser tratadas todas con el mismo rasero, desde atrás de un lujoso escritorio, en oficina con aire acondicionado, y con sueldo de marajá.

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