Orizabeñas esclarecidas

Hands writing on old typewriter over wooden table background

HÉCTOR E. ORTEGA CASTILLO

Atreviéronse a resquebrajar los modelos de sus épocas respectivas, llegando a hacer mucho más del papel para el cual el patriarcado las había destinado. Lo cierto es que, en nuestra historia local, pocas han sido las mujeres que han sido registradas por sus logros. Y es que hay poquísimas fuentes de las que abrevar (incluso en las biografías masculinas). Acaso el libro “Orizabeños distinguidos” (1985) de Leonardo Pasquel haya abierto las puertas, mencionando a unas cuantas, tal vez un puñado. Después Dante Octavio Hernández Guzmán en su “Diccionario Enciclopédico de la Región de Orizaba” (1994) ahonda un poco más; y finalmente Benjamín Maciel Gómez en “Galería de orizabeños ilustres y de hombres y mujeres benefactores o distinguidos admiradores de Orizaba” (2006) amplía más aún la información.
Dato curiosamente revelador: ninguna mujer historiadora ha publicado un libro biográfico de mujeres orizabeñas. Al menos que yo haya visto.
En el contexto que nos ocupa –el Día Internacional de la Mujer Trabajadora– en que se rememora a las mujeres que han roto el molde hogareño y familiar impuesto y han trascendido, o buscado trascender en la historia, luchando por una participación social cada vez mayor, de forma igualitaria con el sector masculino, quisiera recordar a algunas (muy pocas) de las mujeres orizabeñas que, en su época respectiva, han repercutido en la ciudad y, en ciertos casos, más allá de esta. Por cierto que para evitar susceptibilidades, solo menciono a aquellas que ya no están físicamente entre nosotros, en el entendido, de igual forma, de que faltan muchas más. Solo hago unas cuantas excepciones.
Descollan en el terreno de las artes plásticas: Sofía Bassi (1913-1998), aunque propiamente dicho, no es orizabeña, sino nativa de Ciudad Mendoza: artista autodidacta, exponiéndose su obra en museos y galerías de varios países; Soledad Contreras, paisajista y retratista del siglo XX. Y también quiero mencionar a Leticia Tarragó (1940), Premio Nacional de Grabado 1977.
En música destacan: Esperanza Cruz (1911-1999), extraordinaria pianista, así como la maestra Fabiola Peláez Pérez (1930-2014), aún recordada por muchos. Ambas grandes virtuosas.
Las escritoras y poetas Helia D’Acosta, Ruth Delfina Saldaña Bernal, María Enriqueta MacNaught Carrera (1926-1998), la eminentísima poetisa Francisca Rubira “Clemencia Isaura” (1865-1945) y sus Tardes Azules de ensueño y Esperanza Velázquez Bringas, entre muchas otras más.
Además de las consabidas Sara García (1895-1980), cuya extensísima filmografía es mención aparte, y de Evita Muñoz “Chachita” (1936-2016), merecen ser recordadas Lily Aclemar (1920), actriz de la Era de Oro en películas como “Los huéspedes de la Marquesa”, o Emily Gamboa (1939-2007) productora cinematográfica en filmes como “Predator” o “Dos bribones tras la esmeralda perdida”, entre muchos otros.
Entre las filántropas y benefactoras: Magdalena Aguilar Carrillo, Eulalia Alvarado Ortiz (1917-2008), Gertrudis Baeza en el siglo XVII, Ana María Bretón Fernández del Rodal (la célebre Marquesa de Sierra Nevada, 1702-1773), las promotoras culturales Alicia y Carolina Ojeda Rubira y por supuesto, Isabel Pesado y Segura, a quien se le debe el extraordinario edificio hoy llamado Poliforum Orizaba.
Mujeres de carácter, como, por supuesto, Catalina de Erauso Pérez de Gallárraga, la “Monja Alférez” (1592-1650), quien también amerita su propio espacio y luchadoras sociales como Lucrecia Toriz, o Gloria Arenas (1959). Todas ellas, y muchas otras más que se me quedaron en el tintero, ameritan un recuerdo perenne por su obra, por pequeña, o grande que haya sido.
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