Caín

Hands writing on old typewriter over wooden table background

 

DE PÁGINAS LAPISLÁZULI HÉCTOR E. ORTEGA CASTILLO
Caín
“La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él”.
Disculpará el lector que nuevamente abra con una frase extraída del libro en cuestión, pero es necesario para comprender la magnitud y magnificencia de esta novela de José Saramago (última que escribió, por cierto), misma que es, ante todo, un deleite de entretenimiento que con certeza, si no es usted demasiado conservador y asustadizo en cuestiones religiosas, le arrancará más de una sonrisa a través de sus páginas.
Desde que inicia la obra “Caín” vamos redescubriendo ese mundo bíblico con una óptica (atea en el caso personal de Saramago, y hasta podríamos decir que coquetea con la herejía) que resulta imprescindiblemente recomendable. Y no se trata de un texto muy amplio: bastará quizás con un par de tardes lluviosas, como las que abundan por aquestas tierras, para deleitarse con esta pieza de buena literatura portuguesa.
Caín es el protagonista. Histórica y bíblicamente se le ha negado ésta cualidad dado el nefando crimen del que se le acusa. No obstante, la novela inicia (como no podría ser de otra forma) desde la llegada de sus padres, Adán y Eva, al Jardín del Edén, su osadía de comer del Árbol del Bien y del Mal y su postrera expulsión del paraíso. De allí, lo que seguirá es, por supuesto, una versión bastante libre del negado protagonismo de Caín y su extraño y extravagante paso por diversas escenas del llamado Antiguo Testamento: la torre de Babel, los muros de Jericó, el Éxodo y peregrinación del pueblo hebreo, su encuentro con Abraham, con Lot y con Job y, por supuesto, Noé y su Arca.
Todos estos pasajes son vistos desde otra óptica, más moderna y desafiante. Hasta ocasionalmente nos parecerá herética. Pero sin duda alguna, la encontraremos divertida, pese a que exuda mayor dureza contra la religión (no contra la fe: esa es inamovible) que en “El evangelio según Jesucristo”, que es más seria y menos brusca. Aunque definitivamente no se trata de una precuela, ni de una secuela de “El evangelio…”, la obra “Caín” posee sus propios méritos, ejemplo de lo cual son las batallas dialécticas entre los dos personajes centrales del libro: Caín y Dios.
Sus enfrentamientos llegan a ser no solo reflexivos, sino –insisto– divertidos. Empero, el lector no dejará de alzar de cuando en cuando alguna ceja en señal de conmiseración por el destino de Caín, al que acaso le parecerá injusto (nuevamente insisto: de acuerdo a la versión de esta novela). Reproches como el siguiente: “Como tú –dirigiéndose a Dios– fuiste libre para dejar que matara a abel cuando estaba en tus manos evitarlo, hubiera bastado que durante un momento abandonaras la soberbia de la infalibilidad que compartes con todos los demás dioses (…)” nos muestran a un personaje herido, pero a su vez, filosófico en su entendimiento (por pobre que sea, humano es al fin y al cabo) acerca de la divinidad, que no comprende del todo, pero de la que guarda su propia versión.
Después de todo, hay un Caín en cada uno de nosotros.
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