DE PÁGINAS LAPISLÁZULI

Hands writing on old typewriter over wooden table background

HÉCTOR E. ORTEGA CASTILLO
La llamada de Cthulhu
“La ciencia (…) apenas ha causado considerable daño hasta el presente; pero uno de estos días la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante dicha revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y en la paz de una nueva era de tinieblas”.
Dicha es la advertencia que el escritor de Providence, Rhode Island, el funesto y depresivo (y deprimente) H.P. Lovecraft nos hace al inicio de una de sus obras más célebres y recordadas: “La llamada de Cthulhu” (1926). Relato corto estructurado como si de una novela se tratase, y que nos despierta al más espantoso de los horrores de la desbordante imaginación humana. Monstruos como el que –según este relato– yacen dormidos en la oscura profundidad de los mares, en una ciudad hundida, perdida, sin nombre, esperando a que las estrellas se alineen de forma tal que sea nuevamente llamado a reinar sobre este mundo.
Lovecraft exploró, a través de los géneros del terror y de la ciencia ficción, ese horror cósmico, definido por Mijail Bajtín como “un temor ante lo inmaterialmente grande y ante el poder materialmente indefinible”. Suena a ese miedo que tradicionalmente ha inculcado la religión, pero que también ha tomado para sí el poderoso, o el líder dictatorial cuya figura se encuentra a medio camino entre lo divino y el horror que puede despertar su humano poder (y por lo tanto limitado). El miedo cósmico, presente en la obra lovecraftiana, es el miedo a lo inconmensurable, a lo innombrable, a lo insoportable. Es la raíz del miedo tan, pero tan intenso, que, como en el caso de Johansen, o su enloquecido compañero (personajes del relato que nos ocupa), sus víctimas no pierden la vida, sino la razón. Porque no existe cordura, ni argumento alguno que pueda explicar ese cosmos de Lovecraft, ese poder controlador, ese infinito abismo que a través de sus relatos, como “La Sombra fuera del tiempo”, o “En las montañas de la locura” nos pueda serenar.
Sus personajes siempre se hallan frente a un extraño objeto, o ante un perdido e inexplicable manuscrito que los lleva por ese sendero del horror. No es el miedo chambón del zombi que lenta, pero inexorablemente nos persigue, o ese seductor vampiro de capa oscura que vigila por las noches, o acaso ese asesino de autopista, cubierto con un impermeable gris y portando un hacha que espera en alguna cuneta. Esos son miedos hasta risibles, frente al portentoso, pero fascinante; inmensurable, controlador e inenarrable terror de la mitología lovecraftiana, ese miedo que escapa a nuestra comprensión.
Es que es eso lo único que tenemos (al día de hoy) para defendernos: el entendimiento. Nuestra última línea de defensa es la comprensión. Pero no tenemos una idea clara de lo que existe allá afuera, en ese cosmos ridícula, estúpidamente gigantesco. “La llamada de Cthulhu” tiene un final satisfactoriamente sereno, pero enervante. Y no por causa de uno de sus personajes. Quién sabe si allá afuera no continúe esa monstruosidad, tan enorme como una montaña, esperando su despertar de R’lyeh para barrernos con un simple estornudo.
Pero es solo ficción, proveniente de la mente depresiva del escritor de Providence. Aún no es parte de nuestro entorno. Disfrutemos de este relato, porque cuando cerramos el libro volvemos a nuestra realidad, que puede ser deslucida y gris, o todo lo colorida que usted guste. Finalmente, como dice cierto personaje cinematográfico (inspirada la historia en Lovecraft): “La realidad es solo lo que nos decimos colectivamente. Si los locos fueran mayoría, te encontrarías encerrado bajo llave preguntándote qué ha sucedido”.
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