200 años de la Bandera Nacional

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Héctor E. Ortega Castillo

A estas alturas de nuestras vidas, no deberíamos creernos esa peregrina idea de que la historia –nuestra historia– está llena de argucias, chiripazos y ocurrencias como nos han insistido con tozudez. Eso de que Miguel Hidalgo y los insurgentes al pasar por la parroquia de Atotonilco el 17 de septiembre de 1810, tomaron el estandarte de la Virgen de Guadalupe que había en la sacristía asumiéndolo como bandera, puede resultarnos bastante inspirador cuando estamos en la primaria. Pero ya que crecemos nos percatamos que todo estaba planeado; es decir, no fue un descubrimiento casual. Casi lo mismo podríamos decir de nuestra actual bandera, pese a que tiene una historia bastante interesante, aderezada con una encantadora mitología alrededor de esta.

Resulta que la tricolor no provino de la febril mente de Don Agustín de Iturbide. Ya las fuerzas independentistas habían utilizado diversas banderas (si bien dispersas en cuanto a su diseño todas ellas) para simbolizar su lucha armada, tan ideológicamente variopinta como los estandartes que asumían. Hidalgo, hemos dicho, asumió a la Virgen de Guadalupe como su propio símbolo; otro casi igual tenía Allende; luego surgió, por ahí de 1811 el Doliente de Hidalgo (una cruz negra en fondo rojo, bastante tétrico por cierto), Morelos tuvo el suyo propio, lo mismo que el Congreso del Anáhuac… en fin.

En 1810 el sacerdote Juan de Moctezuma y Cortés, en la Sierra de Zongolica, secunda el llamamiento de Hidalgo dado en Dolores. Pronto, la región convirtióse en un hervidero insurgente con multitud de estos patriotas levantándose en armas. Moctezuma y Cortés militó bajo las órdenes del Cura de Carácuaro, José María Morelos y de luego de Nicolás Bravo. Entre 1811 y 1812 se confeccionó entonces la ya hoy afamada “Bandera Siera” (que debería ser Bandera Sierra, con doble ere), considerada como el primer estandarte tricolor (aunque llevando como escudo un carcaj con flechas, un arco y un sable o machete de hoja curva).

A inicios de 1821 Don Agustín de Iturbide redactó su “Plan o indicaciones para el gobierno que debe instalarse provisionalmente, con el objeto de asegurar nuestra sagrada religión y establecer la independencia del imperio mejicano, y tendrá el título de Junta Gubernativa de la América Septentrional, propuesto por el Sr. Coronel D. Agustín de Iturbide al Excmo. Sr. Virrey de Nueva España, Conde del Venadito”, mejor conocido como “Plan de Iguala”, en el que se fundamenta la creación de un ejército llamado “Ejército de las Tres Garantías”. A saber, éstas eran: Religión, Independencia y Unión. Y a cada una de estas les correspondería un color determinado: en el mismo orden: blanco, verde y rojo, dispuestos en franjas diagonales que se le confeccionarían en la considerada primer bandera del México Independiente: la Bandera Trigarante.

Dicha pieza, según cuenta la tradición, fue encargada su confección al sastre José Magdaleno Ocampo, quien entregósela a Iturbide el 24 de febrero de 1821. Este personaje era oriundo de Valladolid (hoy Morelia, de donde también era Iturbide) según unos, o de Buenavista de Cuéllar (hoy Estado de Guerrero) según otros. En Iguala tenía una sastrería y peluquería, en la actual calle Francisco I. Madero (actualmente su casa es un hotel) y, al saber de sus dotes en costura, Iturbide encárgale la hechura de la Bandera. Acompañado de un soldado, José Magdaleno –de quien también se dice militó alguna vez bajo las órdenes del Libertador de México– acudió al pueblo de Tepecoacuilco, al sureste de Iguala, para allí adquirir las telas y demás implementos necesarios, encontrándolos en una tienda llamada “La Soberana”, pagando el importe con monedas de plata que solventó precisamente Iturbide.

Ocampo tardó doce días en la hechura del lábaro, quedando listo a las ocho de la mañana del día miércoles 24 de febrero de 1821, haciendo entrega del mismo a Don Agustín y cobrándole la cantidad de 25 pesos plata.

Bandera que ondeó seis meses más tarde, en la villa de Córdoba, donde firmáronse los Tratados que dieron forma al nuevo país que estaba surgiendo. Lo mismo flameó en Orizaba, a su paso triunfal rumbo a la Ciudad de México. Dícese que en el trayecto, a su paso por Puebla, Iturbide fue agasajado por las monjas agustinas del Convento de Santa Mónica, quienes “inventaron” en su honor y en honor del Ejército Trigarante, un nuevo guiso: los chiles en nogada, aunque se considera que el platillo ya existía desde tiempo atrás, y las astutas monjas solo le agregaron la roja granada, la casi blanca salsa de nuez de Castilla y el verde perejil, como manera de simbolizar los patrios colores. Asimismo, suele confundirse el hecho de que este guiso se elaboró para el 28 de agosto, día de San Agustín, y no por el cumpleaños de Iturbide, que era el 27 de septiembre.

Lo cierto es que ésta versión nacionalista del chile en nogada, no surgiría sino hasta 1933 cuando la popularizó Don Artemio Del Valle Arizpe… solo que él señaló que la invención del chile en nogada fue elaborado por tres novias de tres soldados del regimiento de Iturbide que quisieron agasajarlos y cada una de ellas aportó un ingrediente distinto, rezándole a la Virgen del Rosario y a San Pascual Baylón, patrono de las cocineras (y no de los bailes como por asociación de ideas andan diciendo) para que les saliera de rechupete.

xPero la leyenda es siempre amable. Y si Vsted gusta propagar que la historia de la Bandera y del Chile en nogada van de la mano, no olvide que para septiembre este platillo también cumplirá 200 años de edad. Buena estrategia restaurantera, por cierto.

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