Orígenes de los ejércitos

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Héctor E. Ortega Castillo

Se considera que hace unos diez o hasta catorce mil años (los historiadores aún no se ponen de acuerdo), el ser humano dejó de ser un ente nómada y comenzó a ser sedentario. Es natural que no se sepa exactamente cuándo fue la fecha puntual de esto, porque pocas cosas de la antigüedad han sobrevivido en la memoria hasta la actualidad (y cabe preguntarse qué dejará para la posteridad esta actual civilización; no creo que sean vasijas ni figuras de barro), por lo que nos hemos visto en la necesidad de rellenar huecos con lo que se ha encontrado; pero lo que sí es cierto es que en un momento dado el ser humano dejó de simplemente perseguir animales como mamuts, tarpanes o rinocerontes lanudos y comenzó a consumir vegetales –de por sí lo hacía– con fruición. Cuando se dio cuenta que los recursos se agotaban, iban a otro lugar hasta que ocurría lo mismo, hasta que esa necesidad biológica de alimentarse de manera más ordenada llevó a la creación de la actividad agrícola y al pastoreo de animales: ahora el ser humano no agotaba los recursos de un lugar específico: los aprendió a administrar, lo que ocurre en una etapa conocida como el Neolítico (es decir, la nueva piedra).

El ser humano, pues, se volvió sedentario; esto es, se quedaría en un solo sitio al que asumiría como su hogar. Por lo regular, al necesitar para su supervivencia (y riego) del agua, comenzaron a establecerse en asentamientos cercanos a ríos. Así fue como empezaron civilizaciones como la mesopotámica, la egipcia y la china, por mencionar algunas. La agricultura se hacía en granjas, pero los hombres y mujeres se agrupaban en colectivos cada vez más grandes, surgiendo las primeras ciudades. Nace el comercio, pues debe haber un intercambio de productos entre los habitantes… “te doy un tanto de trigo, a cambio de que me des un tanto de manzanas” paréceme escucharlos decir. Aún no se desarrolla la moneda, pero existe el trueque. De esta forma, si un granjero puede intercambiar trigo por manzanas o dátiles, es porque tiene un excedente que permite el comercio. La agricultura permitió -entendamos– la capacidad de almacenar.

El ser humano pasa de “vivir al día” de la caza, pesca y explotación de recursos indiscriminadamente, a lograr guardar excedentes… y eso llevó al miedo. Miedo (y casi diríamos pánico) a perder lo que se tiene, lo que tanto esfuerzo costó lograr. Como la mayoría no sabía qué hacer, se recurrió a formar una élite que pudiera poner de acuerdo a la sociedad y administrarla (y administrar los bienes de toda la comunidad): así nació la clase política, que comenzó a obtener poder de esos habitantes (pues fueron ellos los que le dieron el poder originalmente, ya después se inventaron aquello de la herencia, la sangre azul y demás). Obviamente necesitaban justificar porqué mandaban los que mandaban, así que nació otra casta: la sacerdotal, dedicada a narrar esas historias que explicaban el ascenso de los líderes a la posición que ocupaban; dicho de otro modo: porqué los dioses habían decidido que fueran esos y no otros, los que ejercieran el liderazgo.

Y como el poder se ejerce y si no, se pierde, esa casta política, temerosa de perder sus privilegios, tuvo que idear la manera de preservarlos. En parte para no perder, y en parte para extender su poder, se llevó a la creación de un cuerpo de seguridad. Fue el miedo lo que creó al ejército. Miedo a perder el poder, pero también la cosecha, fuera ésta por una helada, una crecida del río, o una invasión vecina. Y si se pierde la cosecha, pues no queda más remedio que quitársela al de al lado. Los ingeniosos artesanos ahora comenzarían a elaborar armamento para la defensa y el ataque; es decir, para defendernos del vecino si se le ocurre atacarnos, o bien para invadirlo si es que hace falta, y ampliar así el territorio y el poderío del que lo ejerce.

El ejército nace para satisfacer un sentimiento de miedo, miedo a perder la propiedad privada. El pueblo se siente más seguro si hay quien lo defienda. Pero también se creó para sojuzgarlo, para someterlo, no fuera a ocurrírseles un buen día intentar derrocar a los que mandan y estos, difícilmente entregan el poder a la buena.

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