Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

 

Ignoro si, como dice la ficha bibliográfica, sea este el único ejemplar que existe. Probablemente no, pero este “Reglamento provisional” que guardo como un tesoro marca como datos de expedición “Córdoba, Enero17 de 1871”, según lo certifica en su última página J. Vilaró, quien fuera el primer secretario de aquel histórico Colegio Preparatorio de Ciencias y Artes de Córdoba.

Este reglamento, en solo 12 páginas, contiene los seis capítulos en los que se refiere, desde a la Junta del Colegio y el Rector hasta los castigos (“Penales” dice) por infringirlo, cuatro de cuyos cinco artículos se refieren específicamente a los alumnos. Allí de señalan de manera general las sanciones por las inasistencias (“perder el curso o sufrir doble tiempo de examen”), por las “faltas de aplicación y desórdenes” que serán “corregidos prudencialmente”, por la “insolencia de palabra u obra” que amerita expulsión y las faltas por la destrucción  de algún mueble o útil, que además de la pena aplicable implica “el pago hecho indefectiblemente por el padre o tutor del faltista, del valor del objeto destruido”. Y nada más…

Fueron otros tiempos, pero la esencia de aquel Colegio, su espíritu, su identidad, han permanecido a través de muchas, muchísimas generaciones: ciencias y artes, equilibrio entre el saber y el cultivo de la sensibilidad, ciencia y humanismo, trabajo, respeto y disciplina.

 

Llegué a la ESBAO un día 17 de septiembre de 1970, a las 8 de la mañana, a dar mi primera clase, de Lógica, en el IV-D, entonces primer año de bachillerato. Había tomado el urbano, de bandera verde, que me dejó a las puertas de la escuela, en las goteras de la ciudad. El urbano daba vuelta en la confluencia de las Avenidas 11 y 1. Más allá solo había campos sembrados.

Tenía 20 años. Iba vestido como un pantalón azul y una camisa, de manga larga (como siempre di clases, durante 42 años). Sin darme cuenta, llevaba el uniforme de los alumnos: pantalón azul marino y camisa blanca. Me intrigó que, atrás de mí, iba un pequeño grupo de alumnos, sumamente inquietos. Entre ellos cuchicheaban y, arremolinándose, se acercaban y se alejaban. No entendía lo que ocurría. Al cabo llegué a la prefectura de bachillerato, en donde el profesor Chón me indicó el salón: el segundo de la parte posterior del ala izquierda. En el momento en que esto sucedía, el grupo de alumnos que me seguía huyó despavorido y solo logré escuchar: “¡Es maestro!”. Después entendí: era costumbre de algunos inquietos alumnos de V año, si no rapar, al menos trasquilar con sendas tijeras a los alumnos novatos que llegaban a la prepa…

De ahí en adelante, durante quince años impartí, a más de la inolvidable Lógica de IV-D (miércoles, jueves y viernes, a las 8:00), Etimologías grecolatinas en IV-C y E, Psicología en V-A, Filosofía en V-C y D y un interinato de Antropología en V-B. Fueron años en los que traté, en lo posible, de cumplir con los alumnos, con la institución que me dio tantísimas satisfacciones y bellos recuerdos y con el director Flavio Heredia Carretero (aún conservo el papelito en donde me escribió el horario de la clase de Lógica). Clases, exámenes ordinarios, extraordinarios y a título de suficiente (o “insuficiencia”, como decían los mismos alumnos y maestros); concursos de oratoria, declamación, cuento; obras de teatro, discursos en eventos especiales; viajes, ceremonias (recuerdo el homenaje luctuoso, que tanto me impresionó, al doctor Manuel Suárez Trujillo, en enero de 1971), etc., etc.

Paralelo a mis tres horas de clase de Lógica, al celebrarse los 100 años de la fundación de la escuela, en enero de 1971, el doctor Flavio Heredia me pidió hiciera la catalogación bibliográfica de la histórica biblioteca. Fue más de un año de escribir a mano, en una libreta, los datos bibliográficos de cada libro y después, en casa, redactar las fichas, general, de autor y de título. Las de materia ya no fue posible, pues mi sueldo “a cuotas” fue suspendido por falta de recursos.

Dejé, no sin añoranza, los salones de clase en 1985, cuando la entonces directora de Enseñanza Media, Rosario Piña Sánchez, me encomendó el cargo de Coordinador de las escuelas secundarias y bachilleratos estatales de la zona 4. Todavía cumplí una tarea académica y administrativa más por la querida ESBAO cuando, al fallecer el doctor Flavio y estando en puerta la reconversión del bachillerato a tres años, realicé la asignación de materias del nuevo Plan de estudios a los más de 100 maestros, tanto del turno matutino como del nocturno.

Más adelante, cuando se terminó de construir el edificio de la calle 22, y desobedeciendo la orden tanto del gobernador como de las autoridades de la DGEM, me opuse a que se cerrara el bachillerato de la Avenida 11 para trasladarlo al nuevo edificio. En el edificio de la Avenida 11 había 21 grupos, y se tenía que reducir a 18  en el nuevo edificio. Con el apoyo de los directivos, de los sindicatos y de todo el personal, se mantuvieron los dos centros.

Al cumplirse, ahora, los 150 años de esta prestigiada y amada escuela (en donde, además, conocí a quien es mi esposa), no puedo sino expresar mi inmenso cariño a esa institución, mi gratitud a los miles de alumnos y a los compañeros maestros y personal administrativo y de intendencia con quienes convivimos miles y miles de horas.

Espero compartir con ellos los recuerdos de un hermoso tiempo, de grandes experiencias, de imborrables vivencias y de una respetuosa y cálida convivencia, unidos en nuestro esfuerzo por ser dignos maestros y alumnos de esta noble escuela y en nuestra convicción de ser pasajeros en este viaje efímero que es la vida.

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