“Quijote”

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Gino Raúl De Gasperín Gasperín
Hay libros que solo deben leerse cuando llega su tiempo y su lugar. Después de postergar la lectura de “Los Versos satánicos”, de Salman Rushdie, pues aún no encuentro ni el tiempo ni el lugar para completar la lectura de la mitad restante de esta obra que llevó a su autor a vivir de la seca a la meca, huyendo de la fetua que dictó contra él el ayatola Jomeini, caí en la última obra de este autor hindú.
“Quijote” es una novela descrita como de “metaficción”, algo que solo puede concebirse en un escritor que trata de sobreponerse a su eterna angustia por un pasado y un presente que bien hubiera preferido no vivir.
Tratando de inspirarse en la figura y carácter del legendario (e inimitable) personaje de Cervantes, Rushdie inventa un nuevo caballero viajero (“Ismail Smile”) en busca de su ansiada Dulcinea. Solo que ahora el caballero es un vendedor ambulante de medicinas, a quien su tío (“R. K. Smile”), un inmoral farmacéutico que hace fortuna vendiendo ilegales opioides, despide por considerar que ya no le es útil; su escudero es un inventado (soñado-imaginado) hijo cibernético que termina como vulgar ladronzuelo; la hermosa Dulcinea es una malhadada estrellita de telenovelas, drogadicta, de la que se enamora el “Quijote” en sus interminables sesiones de telespectador, mientras reposa en moteles de paso en su devenir por las carreteras norteamericanas. Y por ahí aparece una extraña “hermana”, con la que Quijote se encuentra en un fracasado intento por recuperar su amor fraterno perdido hace años.
Este tramado se mezcla con la narrativa de la propia vida del autor (“Autor”. “Hermano”, “Sam DuChamp”), en la que su esposa ha desparecido en oportuna huída, su hijo (“Hijo”) también lo ha abandonado y con la hermana (“Hermana”) mantiene una indigesta distancia por un pleito de herencia que tuvieron al quedar huérfanos. Esta hermana aparece como una lideresa social, carcomida por una enfermedad terminal, y su encuentro, al final del libro, se hace coincidir con el que Quijote tiene con su “hermana”, y que resulta absolutamente frustrante.
En el supuesto viaje que Quijote hace con Sancho (su “hijo”), montados en un viejo automóvil, el caballero va recorriendo los siete estadios que lo deberán llevar al encuentro con su amada, la actriz Salma R. Encuentro que se logrará cuando el viajante caballero por fin la halla al aceptar el encargo de su inmoral tío de entregarle un maletín repleto de drogas. La fatídica “princesa” acuerda con su enamorado, al encontrar que este mundo está en la etapa final de su destrucción, utilizar NEXT, aparato inventado por Evel Cent, un científico caricaturesco medio loco, para viajar a otro planeta más habitable.
En resumen, la mezcla de las historias hace que la novela tenga que ser leída con obligadas pausas, a más de que esa mezcolanza ideada por el autor para salirse de la realidad y de la ficción y crear ese esperpento de la “metaficción”, nos deja con la decepción de no encontrar lo que la mercantilizada reseña hace de ella: “Salman Rushdie ha escrito un deslumbrante ‘Don Quijote’ (estrictamente “Quijote”) para los tiempos actuales en un tour-de-force que es, a la vez, un homenaje al clásico y una novela sobre la búsqueda del amor y la familia”. Homenaje que no hallamos por ningún lado y búsqueda del amor que culmina con el encuentro entre un vendedor de opiáceos y una frustrada estrellita telenovelera y drogadicta, y una familia que es un hijo abandonado y una hermana pleiteada por una herencia.
Sin duda, este “deslumbrante” personaje de Salman, que “sucumbió a ese desorden sicológico cada vez más frecuente por el cual los límites entre verdad y mentira se vuelven más borrosos e indistintos, de manera que a veces se veía incapaz de distinguir la una de la otra” (16), es prototipo de otros ejemplares más actuales y cercanos que bien a bien pudieron haber inspirado mejor al autor.
Aquel legendario Caballero de la triste figura no confundía verdad con mentira, pues esta implica intensión perversa, sino que transformaba la realidad en utopía para no tener que buscar otros planetas para vivir esa vida que aparece en el “momento entre la vigilia y el sueño, cuando el mundo imaginario de detrás de nuestros párpados consigue rociar con unas gotas de su magia el mundo que vemos cuando abrimos los ojos” (19). Este mundo en donde “los criminales se podían convertir en reyes y los reyes ser desenmascarados como criminales… (y) una nación entera se podía tirar por un precipicio como si fuera una horda de lemmings” (y en donde) los hombres que interpretaban a presidentes en la tele podían ser presidentes de verdad” (21).
Para esta “realidad” hacen falta más Quijotes al estilo de Cervantes que al de Salman Rushdie.
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