Don Octavio Rodríguez-Pasquel Bravo

Héctor E. Ortega Castillo

Tiempo atrás, mucho antes de que a cierto anónimo oriental ocurriésele la brillante idea de degustar un quiróptero sin siquiera freírlo en aceite, desatando todo un caos alrededor de este pobre planeta, reuníamonos felices –y sin comer perdices– un nutrido grupo de pluviositanos en céntrico restaurante, los días dedicados a Júpiter (esto es: cada jueves), no solo para saborear exquisitas y apetitosas viandas y para libar espléndidas bebidas espirituosas, sino para compartir en francachela la dicha de estar vivos, de pertenecer a esta bellísima ciudad, y para conversar sanamente acerca de mil y un temas, que iban desde la historia internacional, hasta aspectos más mundanos… y en medio de este convite joviano destaca la presencia patriarcal de Don Octavio Rodríguez-Pasquel Bravo, o Don Tavo como cariñosamente lo llamamos.

Pluviositano de cepa, este distinguidísimo Caballero de Nuestra Señora de los Puentes, nace el 12 de octubre de 1930, lo que lo ha hecho testigo de multitud de sucesos que han afectado a nuestra ciudad: desde aquellos años de los conflictos sindicales entre las todopoderosas centrales obreras de antaño, hasta la novísima era del esplendor orizabeño de hogaño, pasando por diversos sucesos de la historia contemporánea: el ascenso y caída del priísmo local, las circunstancias de la región durante la Segunda Guerra Mundial y después, durante la Guerra Fría, el ocaso de la industria textil, la llegada del Hombre a la Luna. En fin, preguntémonos acerca de qué no ha visto y escuchado Don Tavo.

Y allí le tenemos: fuerte como un roble, sin el desgaste de la memoria habitual en personas de su edad. Por el contrario, Don Tavo, hombre de sobrada experiencia y amplísimos conocimientos acerca de la cotidianeidad pluviositana se nos muestra no solo como un testigo de la historia, sino como protagonista de ella. Y hasta podríamos aventurarnos a proponerlo como Cronista de Orizaba; pues amplios son sus conocimientos acerca de esta y con mil y un aventuras y cientos de anécdotas, no ha mucho tiempo publicó un libro pletórico de toda esa enorme erudición, de la que no hace alarde, claro… pero allí está, lista para abrirse paso cada jueves entre quienes nos honramos con su amistad.

Así como también cabe mencionar la chispa que lo caracteriza, sus ocurrencias y sus ingeniosos chascarrillos que en un lenguaje coloquial, y no tan ampuloso y barroco como el mío, nos deleita habitualmente. El ingenio, la picardía y su sempiterno buen humor hace de este, uno de los personajes más queridos y entrañables entre quienes lo conocemos. Afortunada es esta Casa Editorial al contar con él como su colaborador desde hace ya varios años; por cierto, que fue él quien me condujo a ser columnista de este periódico.

Por eso, y en agradecimiento a su amistad y afecto, dedícole estas líneas a tan distinguida y nobilísima figura de la Pluviosilla Señorial y Legendaria.

[email protected]