De la peste al renacimiento

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Desde El Portal

Marcela Prado

La peste negra o la muerte negra, la pandemia que azotó Europa y Asia en el Siglo XIV y que tuvo su “pico más alto” entre 1347 y 1353, (nada más 7 años), que provocó la muerte de un 30 al 50 % de la población, (estimados los fallecimientos entre 75 a casi 200 millones, según cálculos contemporáneos), fue provocada por una variante de la bacteria Yersinia pestis y que conste que no me consta que en aquella época le echaran la culpa a los chinos. No lo sé. Si consta, en los libros, que usted seguramente ya ha leído, se que acusaron a los judíos y a otros grupos sociales. (Aquí es cuando digo ¡Válgame!).

La pandemia llegó, dicen los libros de Historia, a través de las rutas comerciales, introducida por los marinos: ratas, chinches y otras alimañas que no conozco y encontró una sociedad con sobrepoblación, mal alimentada por generaciones y por lo mismo sin defensas naturales, (ahora le decimos sistema inmunológico), y con una falta de higiene bárbara: se tomaban un baño al año, en fiestas de guardar, aunque debo confesar que, aún en estos tiempos, todos conocemos a dos o tres que se niegan al baño, a lavarse las manos, al cubrebocas o a la higiene en general: la pandemia no existe y la Virgencita de Guadalumpen me proteje. Es puro chisme para ponerme un chip, dicen. Y se lo creen.

Surgen, en aquella época, las aterradoras máscaras usadas por los galenos, hechas inmortales por los artistas, con un pico de ave de mal agüero, que se pueden ver en grabados de entonces y de mucho después. (Ahora, usted y yo usamos una aterradora y asfixiante careta, tapabocas, guantes, gel y otras madres, de las que estoy hasta la ídem. Ni modo).

La pandemia termina y surge, en los Siglos XV y XVI, el Renacimiento, el extraordinario movimiento cultural que renueva las Artes y también las ciencias naturales y humanas. La Toscana, Florencia y sus Médici aparecen y se quedan en la Historia para siempre jamás. De Florencia y sus palacios y sus artistas, el Renacimiento se extiende a toda Europa.

De una sociedad teocéntrica y dogmática del mundo medieval, el Renacimiento difunde nuevas ideas del humanismo, otra concepción del hombre y del mundo. Reivindica la cultura clásica griega y latina, el respeto por la naturaleza y con un enfoque hacia el hombre, el antropocentrismo, en brutal contraste con la Edad Media.

Y ahí están Miguel Ángel y Botticelli, Fra Angélico y Palladio, Dante Alighieri y su Divina Comedia, que todavía estamos viviendo,  y Donatello, Da Vinci y Ghiberti, Bramante y muchos otros, cuya obra permanecerá mientras exista el hombre sensible.

Fue Giorgio Vasari, artista, pero también Historiador, quien utilizó por primera vez la palabra “Renacimiento”, (rinascita), para determinar la ruptura con el medioevo y para nombrar a un movimiento que determinó la Historia de la Humanidad, hasta nuestros días. Vasari sigue siendo libro de texto en las buenas escuelas de Artes. Conservo uno de sus libros como oro en paño…

Y ahora usted y yo, sin saberlo, pasaremos a la Historia. Tenemos el Covid-19 en la puerta de la casa.

En este momento, existen en el mundo más de 61 millones de infectados por Covid-19. Más de 61 millones, repito. Y los muertos contabilizados ya alcanzan el millón y medio. De los que nos dicen: de los que mueren a solas y sin atención médica, en los asilos de ancianos, en las rancherías y las chozas, en las clínicas privadas o públicas o sepa dónde, no sabemos. Nadie sabe. Nadie nos dice.

No nos dicen la verdad quienes usan aquella aterradora máscara con pico de ave de mal agüero. En México, hemos sobrepasado aquella “catastrófica suma de 60 mil muertos” que nos dijo el doctorcito y rebasamos los cien mil. Tantito más…

Y lo que si no creo, aunque nadie me lo diga y acaso me refuten, es que de esta pandemia que agobia al mundo y a México, pasemos a un Renacimiento social.

Porque lo que fue, en el Renacimiento, el antropocentrismo, (el respeto por el ser humano), se ha convertido en nuestros tiempos en el más brutal egocentrismo.

Y si no me cree, ¡carajo!, nomás póngase a contar los innumerables partidos políticos, asociaciones, grupos, grupúsculos y otras que, al revés de la peste negra, nos están regresando a la Edad Media.