Los pequeños filosofan siempre

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Es razonable que quienes hayan cursado alguna de las ramas de la filosofía (Historia de la filosofía, Lógica, Ética, etc.) se pregunten cómo puede hablarse ahora de introducir esta asignatura desde la educación básica.

La filosofía no es una ciencia fácil, ni de explicar ni de comprender. Y es una asignatura muy propia,  adecuada e imprescindible especialmente en el bachillerato, etapa eminentemente formativa de la personalidad y de la cultura básica general de cualquier educando. Quien la enseña en ese grado debe  elegir alguno de los dos métodos básicos que existen para ello. Uno, enseñarla con precisión, rigurosidad y profundidad. Otro, enseñarla de manera “sencilla”, agradable y adaptada al nivel de comprensión de los alumnos. Con el primer método, si bien se logra la exactitud, se corre el riesgo de hacerla incomprensible y árida, lo que provoca rechazo e, incluso, aversión en los alumnos. En el segundo caso, se sacrifica la precisión y, digamos, lo estrictamente académico, pero se obtiene aprovechamiento, agrado e, incluso, afición en la mayoría de los alumnos.

Sin embargo, cuando se trata de educación básica (primaria-secundaria), la enseñanza-aprendizaje de la filosofía como tal no resulta lo más adecuado, ni a su edad ni a su etapa de desarrollo ni a sus propias inquietudes. Entonces, ¿qué es lo que pretenden los filósofos y pensadores (Unesco incluida) al insistir en que la filosofía debe ser parte del currículo de toda la educación, desde preescolar hasta cualquier licenciatura, y aún más? Incluso, una actividad que no debe reducirse a la vida escolar, sino aplicarse a cualquier edad y a cualquier medio.

La aclaración la hacen los propios estudiosos y maestros de la filosofía, especialmente quienes conocen y han aplicado lo que se llama Filosofía para Niños, sea la ortodoxa ideada por Matthew Lipman o sea cualquiera de sus variantes.

Con la Filosofía para Niños no se pretende que los que la practican (y disfrutan) se conviertan en eruditos de las teoría filosóficas que han surgido en los casi 27 siglos de su existencia. No se trata de que los pequeñitos de preescolar, los niños de primaria y los adolescentes de secundaria estudien, aprendan y expliquen los diversos sistemas filosóficos. Esto se reserva a quienes tienen definida su elección por esa carrera profesional. Se trata de hacer filosofía. Y hacer filosofía quiere decir indagar, pensar, analizar, reflexionar, comparar, detectar contradicciones y falacias, definir, precisar significados, dar buenas razones, inferir, dialogar y llegar a acuerdos entre pares sobre los grandes temas que eternamente han inquietado a la humanidad y, al mismo tiempo, los que admiran, asombran, inquietan, ocupan y preocupan a los participantes en las sesiones, según su edad, su medio y sus particulares circunstancias.

Generalmente, quienes participan en las sesiones (llamadas Comunidades de Diálogo o de Investigación), sea a partir de una lectura, de una noticia o de un evento que los ha afectado, conversan y definen democráticamente el tema a dialogar. Este diálogo no se hace de manera azarosa y desordenada, sino (y ahí entra en escena el conocimiento y la destreza del facilitador), siguiendo un ritual que (como todo rito, debe mantenerse con una discreta rigidez), permite a todos expresar sus propias opiniones, puntos de vista, razonamientos, vivencias, etc., en torno al tema acordado. El rito exige que a cada uno se respete tanto su turno para opinar como sus propias ideas, reflexiones, experiencias, ejemplos, etc., y, mediante este respetuoso intercambio, entre todos vayan construyendo, como en un rompecabezas, el concepto o tema tratado.

Los teóricos de Filosofía para Niños lo dicen con toda precisión y claridad: “No olvidemos que los pequeños filosofan siempre. Continuamente están formulando preguntas sobre el porqué de las cosas, ante el desconcierto que les genera el mundo que día a día van descubriendo. Por ello cuando se plantea la pertinencia de impartir (filosofía), es importante señalar que no estamos hablando de un curso sobre historia de la filosofía, sino de la filosofía como práctica, como ejercicio del filosofar. Propiciando una experiencia del pensar a partir de actividades como la lectura de cuentos, leyendas, poemas y relatos, con la proyección de películas o videos que generan la formulación de preguntas y con ello promueven la reflexión sobre problemas o situaciones que exigen pensar crítica y creativamente para plantear posibles soluciones, generando comunidades de investigación, indagación y diálogo dentro del aula”.

Por lo tanto, ahora que está escrito tanto en la Constitución como en la Ley General de Educación  que esta actividad filosófica debe estar ya en los planes y programas de estudio (y en el horario escolar) del sistema educativo nacional, es perentorio, urgente, que los funcionarios asignados a ello asuman su responsabilidad y cumplan con el mandato que las leyes les están dictando.

[email protected]