La comunidad joánica: Dios es amor

P. RENÉ CESA CANTÓN

Hemos ido señalando los aspectos fundamentales en esta lenta y progresiva revelación de sí mismo que Dios ha ido realizando a través del proceso bíblico.
En los escritos de san Juan llegamos a la cumbre de este caminar. Se apoyan en la novedad mesiánica de Jesús y descubren en su Pascua el principio de una más fuerte apertura hacia el misterio de lo divino.
El plan que estructura el Evangelio de Juan es teológico. No es una bibliografía de Jesús (Jn 20,30), ni siquiera un resumen de su vida, sino una interpretación de su persona y obra, hecha por una comunidad a través de su experiencia de fe. Por ello su lenguaje es casi siempre simbólico, y así hay que interpretarlo.
El autor del cuarto Evangelio insiste en que Jesús cumple y realiza todo lo que caracteriza a la fe y a la religión de Israel. Según él, todo el judaísmo apuntó y se dirige hacia Jesús. En él se manifiesta con toda su plenitud el Dios de Israel. Por eso, según Juan, para llegar a ser cristiano se ha de haber asimilado el judaísmo en su núcleo más profundo. Y justamente su crítica a aquel fariseísmo cerrado y fundamentalista se da desde Jesús, en cuanto realizador pleno del judaísmo. En el tiempo en que se escribe este evangelio, finales del siglo l, la secta farisea se había apoderado del poder entre los grupos judíos en dispersión y había rechazado con dureza a los seguidores de Jesús (Jn 9,22).
La comunidad joánica tiene una gran sensibilidad cultural. Aunque su problemática de origen es judía, se dan otros influjos culturales griegos y aun de ciertos enfoques dualistas de tipo oriental.
Su evangelio revela dos niveles: la vida de la comunidad joánica y la vida histórica de Jesús. En cierto sentido, los miembros de aquellas comunidades se sentían contemporáneos de Jesús. Las cosas que dice Jesús están formuladas según el lenguaje del grupo y reflejan el comportamiento del grupo. Toda la comunidad se mira en Jesús como un espejo. Mira a Jesús desde la tradición judía y se centra totalmente en él. Este evangelio solo tiene un punto de mira y un centro: Jesús. No hay ningún otro tema que le haga sombra. Por eso Jesús en Juan se presenta a sí mismo: él lo es todo, templo, pan, agua, luz, pastor, camino, puerta, verdad, vida… El lector de este evangelio se siente directa y constantemente frente a Jesús. Se puede afirmar que el autor del evangelio de Juan es Jesús. Su maravillosa presencia eclipsa cualquier otro punto de referencia.
El prólogo nos lleva al umbral de Dios, subrayando que aquel que es la Palabra y se hizo hombre es el mismo que está ahora con nosotros (1,1.14.16). es la confesión de la fe inicial de la comunidad, que se va completando y profundizando a lo largo de todo el escrito, fruto de su experiencia.
En este evangelio, desde el principio Jesús es presentado como Dios. Ningún otro escrito del Nuevo Testamento ha sido tan contundente. Las comunidades joánicas habían llegado a un grado notable de madurez. Y son conscientes de que ello es fruto de la acción del Espíritu Santo. El don del Espíritu, consejero y maestro, es el que causa la mirada reposada sobre el sentido de la vida de Jesús.
Este don del Espíritu es imprescindible para creer en Jesús. Y solo es posible gracias a su glorificación (7,39). Jesús, en su muerte, “entregó el espíritu” (19,30) para poderlo ofrecer en sus apariciones: “Recibid el Espíritu Santo” (20,22).
Si el don del Espíritu funda y mantiene la comunidad, el Jesús del que habla la comunidad solo puede ser el Jesús presente, y no simplemente un personaje del pasado. En él, el pasado puede llegar a ser presente. El Jesús confesado como presente es el mismo Jesús terreno. La comunidad joánica confiesa, en contraposición a los judíos, que “aquel hombre es Dios”, vivo ahora entre nosotros. La comunidad ha visto, acogido, honrado y amado a Dios en el Jesús presente y actuante.
Generalmente, el Jesús de Juan trata a Dios como Padre. Jesús es el revelador del Padre. En este evangelio aparece el nombre de Padre ciento dieciocho veces. Según Juan, Dios es Padre porque Jesús, el Hijo, lo ha revelado así. Padre se convierte a partir de él en la designación oficial del Dios de la revelación y del culto cristiano.
El reto básico del creyente consiste en reconocer a Dios en aquel carpintero de Nazaret que fue ajusticiado (14,1).
Para Juan, la vida eterna consiste en que todos conozcan a Dios y a su enviado Jesucristo (17,3). Solo por la fe en el Revelador se llega al conocimiento del Padre (14,7.20; 17,25).
Para Juan, la fe es lo mismo que para los sinópticos la conversión. Para los sinópticos, la vida eterna es futura; para Juan está ya presente en todo creyente.
El que cree en Jesús no puede menos que amar; y por eso tiene la vida y la da.
Las cartas de san Juan, escritas unos años después del evangelio, nos permiten presenciar cómo aquellas comunidades siguen viviendo la centralidad de Jesús.
Las cartas insisten en que “Jesucristo ha venido en carne” (2 Jn7), “en el agua y la sangre” (1 Jn 5,6), refiriéndose inequívocamente a su realidad humana terrenal. Por eso se afirma con claridad que “todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios” (1 Jn 4,3).
Jesús es el único paradigma que hay que seguir. Por eso, “quien dice que permanece en Dios debe vivir como vivió Jesús” (1 Jn 2,6). No basta con “decir” cosas acerca de Dios. Es necesario “portarse como Jesús”, “dar la vida como la dio Jesús”, ser puros y justos como él. Su manera de vivir ha de ser la nuestra.
“Queridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que el ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (4,7). Amándonos mutuamente nacemos de Dios, y solo así conocemos lo divino, pues amar al prójimo es amar a Dios.
“El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor” (4,8). Por eso nuestra capacidad de amar ha de desarrollarse como fidelidad a nuestro propio origen. “En esto está el amor; no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero y nos envió a su Hijo” (4,10).
Podemos amar porque Dios nos ha amado, no de una forma abstracta, sino encarnándose dentro de la historia en Jesús. El amor se ha revelado en concreto en Jesús de Nazaret. Por eso amar al prójimo es amar a Dios. Y creer en Dios es fundar la vida en el amor. “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es amor: el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (4,16).

Para dialogar y orar: 1 Jn 4,7-21 (donde hay amor, ahí está Dios)
¿Soy consciente de que todos mis actos de amor provienen de Dios? ¿Sé darme cuenta de la presencia de Dios cuando veo a recibo un acto de amor? ¿Sé que a Dios solo se llega a través del amor y soy consecuente con ello? • ¿Es Jesús el centro de mi afectividad?