Las puertas de los libros

Hands writing on old typewriter over wooden table background

DESDE EL PORTAL

Marcela Prado Revuelta

Cuando uno descubre que un libro no es una agrupación de páginas impresas, sino que tienen puertas y ventanas y caminos y vereditas y carreteras, está uno atrapado en ellos para siempre jamás.

No había nada que esperara yo, con tantas ansias, al entrar a un nuevo curso en la primaria, que la “lista de útiles escolares”, que incluían los libros. Historia, Geografía, Matemáticas, Lectura, Literatura, Biología, Zoología, etcétera, etcétera, etcétera. Libros nuevos. Olían a tinta y papel. Olían a nuevas aventuras.

Mi problema, grave a veces, es que me leía todos los libros desde que mis Padres los compraban, (casi siempre en la “Imprenta y Papelería Ruiz Ponce”), y al ratito me quedaba sin nada nuevo que leer y me aburría muchísimo en las clases, porque ya me había aprendido todas las lecciones del año. Ni modo. El problema se me quedó para siempre jamás: cuando tengo en las manos un nuevo libro, no lo suelto hasta que lo termino, (me guste o no), porque me impongo la obligación de hacerlo: todo el trabajo de un libro no puede ser desperdiciado nomás porque no nos guste.

Libros. Ahora, veo a las nuevas generaciones, (niños y jóvenes), pero también adultos, que han cambiado el peso de un libro por una maldita tableta, la computadora personal, los teléfonos celulares y otras madres que no comprendo, que cuestan sopetecientos mil pesos y no tienen, para mi generación, la maravilla del aroma a tinta y papel, el crujir de las páginas nuevas, el aroma del libro viejo, las marcas de su lectura, la humedad de los tiempos… Las desvaídas anotaciones que uno va poniendo en las páginas y que, cuando se reencuentran, nos llevan a otros lugares de los que ya hemos regresado…

En casa, para hacer la tarea, cuando preguntaba algo, mi Madre, Maestra, me mandaba primero al Diccionario, luego a la Enciclopedia y luego, caso extremo, a ciertas páginas de alguno de los libros de la pequeña biblioteca de mis Padres. Muchas veces, hice la tarea escolar en dos lugares que aún añoro: la sala de la maestra Dorita Murillo, en la Calle 8 y la biblioteca del Lic. León Sánchez Arévalo, mi Maestro de Literatura en la ESBAO. Ahí me quedaba, hasta que alguien prendía la luz, porque estaba anocheciendo… Libros… nuevos. Con otras historias que ya nada tenían que ver con la tarea…

Es claro que luego supe que el supuesto primer libro, La Biblia,  fue impreso por Johannes Gutenberg en Maguncia, Alemania, en el siglo XV con el sistema de tipos móviles, con lo cual comenzó “la edad de la imprenta” y cuyo proceso comenzó en  1450 y cuyos primeros ejemplares estuvieron disponibles ha mediados de 1455. Un ejemplar completo tiene nomás 1,282 páginas y fueron hechos en papel y pergamino.

(En algún momento de mi vida, logré vislumbrar, con bastante trabajo de convencimiento y ataque frontal con credenciales, cartas y mucha simpatía cordobesa, un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, un ejemplar en Oxford y otro más en Lisboa. En penumbra y no era permitido tomar fotos. Lloré un poquito).

Pero, inevitablemente, seguí creciendo (y por eso dije “supuesto primer libro”), porque se supone que en el año 868, hace 1,152 años, el chino Wang Jie promovió la impresión de “El sutra de Diamante”, del que no tengo la más remota idea, más que el nombre.

Ya decidida a “ser escribidora”, colaboré en algún periódico estudiantil, una revista. Hice mi propia revista Bachiller… y llegué al Mundo de Córdoba… y me colé a la sección de linotipos. Y, por fin, entendí.

Aquellos viejos linotipos inventados por Ottmar Mergenthaler en 1885, que mecanizó el proceso de composición de un texto por imprimir. Los viejos linotipos que murieron decorosamente hacia los años setenta, en que aparece el offset y la composición electrónica, (que hube de aprender).

Y supe, entonces, cómo se hacían los periódicos y los libros y aquí sigo, pegada a los libros y al que fue el primer periódico de mi ya larga vida.

Lo siento por mis nietos. (A mis hijos ya los planché alegremente hace muchos años y ambos son lectores insaciables). Digo los nietos, porque, a pesar de que manejan estos nuevos bichos modernos, me la paso regalándoles libros y los siento en mi pequeña sala con el deber de leer de tal a tal página y luego me la cuentan, les digo y tienen derecho a doble helado…

Festejar el Día del Libro, Noviembre 12, no tiene que ver con nomás presumir los libros.

Tiene que ver con enseñar a las nuevas generaciones a descubrir la maravilla de las puertas que tiene cada libro.

Esta Navidad, ¡por favor!, regale un libro a cada nieto. Quizá, sólo quizá, podamos arreglar este mundo…

Y nada más.