Los filósofos sanadores

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

La Filosofía, en sus casi 27 siglos de existencia, ha pasado por muchas vicisitudes: momentos de grandeza y momentos de crisis. Con todo y ser la reina y madre de casi todas las disciplinas científicas (es la única cuyo escudo ostenta una corona), no ha podido protegerse de deformaciones y malinterpretaciones, ingenuas o malintencionadas, que se le han colgado como molestas rémoras.

Los antiguos griegos, padres de la filosofía occidental, lucharon por explorar con el uso y guía de su razón los bellos e insondables secretos que encierran el hombre, la naturaleza e, incluso, aquello que los sobrepasa. Así surgieron, al principio tanteando entre sombras, las primeras explicaciones racionales de fenómenos como el principio constitutivo, el cambio y la permanencia de las cosas; el nacimiento y fin de la vida humana, los sueños y enfermedades, la capacidad del hombre para conocer y saber, las motivaciones de la conducta humana, con todos sus sentimientos y pasiones, y también la razón, forma y gobierno de la vida en sociedad y hasta aquellos misterios que sobrepasan lo natural y se esconden en los arcanos del universo.

En la etapa primera de la filosofía, los pensadores anteriores a Sócrates eran de todo: científicos, médicos, políticos y filósofos. Con Sócrates y especialmente con Platón y Aristóteles surgen los grandes sistemas que, partiendo de una idea central, pretenden abarcarlo y explicarlo todo: física, metafísica, lógica, ética, política, estética.

Cuando las circunstancias sociales y políticas sacudieron a muchas de aquellas ciudades-estado en que habían proliferado y prosperado los sabios (o mejor, los amantes del saber, los filósofos), la preocupación por encontrarle un sentido y razón a la propia vida se convirtió en el tema central del debate. En ese tiempo, agitado por las guerras de Alejandro Magno y los Diadocos, surge la etapa llamada Helenismo. Se soslayan momentáneamente las discusiones y propuestas que buscaban explicar los fenómenos naturales y aquellos pensadores se centraron en dos grandes cuestiones estrictamente filosóficas: la verdadera capacidad del hombre de conocer la verdad y, más importante (robándole el tema a la religión), cuál es la finalidad de la vida, cómo debe el hombre comportarse y según qué normas debe regirse para lograr, si acaso, alguna forma de felicidad. El hombre la busca, ya no en las circunstancias externas, dominadas por los sueños de ambición y grandeza que terminan en ruina, sino en su propia interioridad.

Con la llegada de los romanos sobre Grecia, incluso esa misión de los filósofos se desvanece y finalmente queda abatida cuando el emperador Justiniano cierra, en 529 d.C., la última escuela de filosofía que quedaba en Atenas: la Academia.

Otros tiempos vendrán, pero, saltando siglos, nos encontramos ahora con la más noble y elevada de las ramas de la Filosofía: la Metafísica, deformada y convertida en una especie de esoterismo ecléctico que, arañando por aquí y por allá astillas de verdad y trozos de seudociencia, trata de apoderarse del hueco que los herederos y discípulos de la ciencia filosófica no han sabido o podido llenar.

Ahora nos encontramos predicadores que, siendo elocuentes, tratan de convertir a la reina y madre de todas las ciencias, la Filosofía, en una especie de psicoterapia utilitarista y banal. Recurriendo, en el mejor de los casos, a los textos de los grandes maestros del saber, quieren “curar” con “terapias” exprés y a la carta los estropicios del espíritu humano, causados por la desazón en que gobiernos y otros especímenes ambiciosos han sumido a la humanidad.

Imaginamos, por caso, a uno de estos “sanadores” frente a quien padece un cierto trastorno de paranoia. Esta enfermedad “se caracteriza por la aparición de ideas fijas, frecuentemente absurdas o ajenas a la realidad, basadas en hechos falsos. Según el punto de vista del psicoanálisis, el paranoico cree que lo persiguen porque atribuye a los demás —proyecta en ellos— su propia agresividad. En la esquizofrenia paranoide, el paciente suele vivir delirios en los que se ve a sí mismo como algún gran personaje histórico o recibe mensajes de alguno de ellos. Este delirio se llama megalomanía o manía de grandeza”. Pues bien, este megalómano ahora será “saneado” por el “filósofo-predicador” con un fragmento de la Física de Aristóteles, o va a empezar a actuar con coherencia y sensatez siendo sahumado y con la lectura de un texto tomado del “Protágoras” de Platón, donde se habla precisamente de los sofistas…

Tiempos de dudas sin fin, de extremismos y fanatismos, de radicales y “puros”, de agresiones y descalificaciones. Sumergido en un cenagal de mentiras camufladas de verdades y verdades empanizadas de mentiras, el hombre necesita reflexión y juicio crítico, pensar y repensar en su propia vida, en el sentido de su existencia. Necesita a la Filosofía, pero no a los curanderos, adivinos y hechiceros que, con el sarape de esa ciencia, pretenden enderezar lo que chueco está.

[email protected]