Lectura del santo Evangelio según san Lucas 6,12-19:

Por aquellos días, Jesús se retiró a la montaña a orar y se pasó la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles. Eran Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Simón, llamado el Fanático; Judas, el hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Palabra del Señor.

La Iglesia, por voluntad de su fundador que es el mismo Jesucristo, ha sido edificada sobre la fe de doce apóstoles, quienes fueron testigos de lo que hizo y dijo Jesús, que recibieron una asistencia especial del Espíritu Santo para mantener fiel el mandato de su fundador. Es por ello que la Iglesia es apostólica, no solo por proceder directamente de los apóstoles, sino también por recibir a través de los siglos los dones del Espíritu Santo, que a través de los obispos, mantienen fiel el depósito de fe y el don de interpretar auténticamente la Palabra de Dios.
No toda comunidad que se diga cristiana o apostólica lo es, sino solo aquella que ha recibido la fe y potestad de los apóstoles a quienes Cristo confió su Iglesia, su pueblo. Sabemos que los sucesores de los Apóstoles son los obispos, quienes desde los primeros siglos recibían la potestad apostólica por imposición de manos, primero de los apóstoles y luego por más de tres obispos legítimamente consagrados.
Uno no es sucesor de los apóstoles porque uno mismo lo afirme, sino por elección de Dios y la sucesión apostólica. Ello es lo que da la certeza a la Iglesia de ser la comunidad que Cristo mismo fundó, que permanece unida a los apóstoles, que conserva fielmente la fe transmitida por Cristo y que tiene el carisma de interpretar auténticamente la Palabra de Dios.
Es por ello que en este día que celebramos a los apóstoles Simón y Judas, recordamos la gracia de pertenecer a la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.