El sentido de la vida y la muerte

“Como una pintura nos iremos borrando, como una flor hemos de secarnos sobre la tierra”

Netzahualcóyotl

Una de las preocupaciones existenciales que han acompañado al hombre, a través de la historia, ha sido, es y será el sentido de la vida y una posible existencia después de la muerte.

Desde la antigüedad se han encontrado restos humanos depuestos con claros indicios y símbolos de esta preocupación específica y orientado hacia algún punto cardinal en espacios creados para ese fin: tumbas, entierros, en donde se ofrendaron alimentos, flores, utensilios, collares, animales, vestidos, además de otros restos humanos y que manifiestan la preocupación del hombre ante lo efímero de la vida.

Así, el poeta náhuatl describe la fugacidad de la vida y del destino del hombre que se borra como una pintura.  Ante esta preocupación, el hombre crea un conjunto de ritos-símbolos y ceremonias que pretenden atenuar la fugacidad de la vida, pero que, además, marcan algunos rasgos de la cultura que los genera.

Desde épocas prehispánicas, la dualidad vida-muerte queda de manifiesto en esculturas, figurillas y entierros que dan cuenta de la muerte: el Tlalocan, el Omeyocan, el Mictlán. Lugares en donde las “entidades anímicas” disueltas darán cuenta del paso inexorable del hombre en la Tierra:la muerte.  Y una posible morada: acompañar al sol en su diario recorrido y contribuir al movimiento del cosmos con la muerte “al filo de la obsidiana”, en el parto o en la muerte causada por determinadas enfermedades. Pero también estaba el sitio de la nada. Lugar en donde las almas, después de un duro camino y de enfrentar muchas pruebas, llegan al noveno inframundo donde desaparecen, llegan al lugar de la nada: al Mictlán.

El conjunto de prácticas culturales que se fusionaron en el contacto entre españoles e indígenas en 1521, dio como origen un elemento central de la pluriculturalidad que se conforma en el territorio nacional: la celebración del Día de Muertos o de los Fieles Difuntos.  Fiesta de color, olor, sabor y texturas. Fiesta de compartir. Fiesta de compadrazgo en donde vivos y muertos comparten los bienes de la tierra en un movimiento eterno: la vida y la muerte, la noche y el día, lo frío y lo caliente: la dualidad. El eterno movimiento del cosmos.

Cada año, los mexicanos, en muchas comunidades indígenas y mestizas, y, actualmente, también en las ciudades disponemos del mejor lugar para colocar nuestra ofrenda.

Se coloca un mantel ricamente adornado con todos los alimentos que a los familiares y amigos les gustaba en vida: mole, tamales, atole, dulces típicos, así como sus bebidas favoritas, el aguardiente y la cerveza. Se adornan con papel de china de múltiples colores, con flores amarillas y moradas, se alumbra y sahúma para que las almas de los difuntos sepan llegar a sus ofrendas.

Esta hermosa tradición forma parte de un elemento distintivo de nuestra cultura que, además, nos da identidad como mexicanos.    

(Información: Escuela Hispano Mexicana)