Hipócrates y Galeno

Adriana Balmori de Amieva
Cortesía

Los médicos y la medicina han sido una constante en mi vida y no por falta de salud, porque gracias a Dios la mía ha sido muy buena. Siempre me he visto rodeada de médicos, mi padre el primero, sus entrañables amigos, sus buenos colegas, mis maestros y compañeros, muchos de mis amigos y los de la familia actualmente. Los médicos son parte indisociable de mi vida y por ser éste el día del médico, quiero recordarlos y celebrar a todos los verdaderos apóstoles de la medicina; aquellos que escogieron esta profesión por vocación y como misión y han hecho de ella una filosofía de vida. En estos tristes e inciertos momentos de pandemia, reconozco especialmente a todos los guerreros que, en el primer frente han dado la batalla, muchos de ellos a costa de su propia vida. Por supuesto no incluyo en este pequeño homenaje a los mercenarios, burócratas o avariciosos mercaderes que se ostentan como médicos y lucran con el dolor, atentan contra la vida de los no nacidos, se aprovechan de la confianza, la ignorancia o ingenuidad del paciente, ésos, son una lacra para la sociedad.
Por ello hoy quiero hablarles de los padres de la medicina: Hipócrates y Galeno, ambos médicos y filósofos griegos que no coincidieron en el tiempo, pero con sus estudios y conocimientos sentaron las bases de la medicina universal. Los dos se apoyaron en la teoría y la práctica de que es necesario conocer al paciente en alma y cuerpo, pues la enfermedad corporal puede tener origen en algún desasosiego del espíritu, y sólo conociendo éste podrá sanarse por completo. Los dos fueron verdaderos sabios y ejemplo de los buenos médicos hasta nuestros días.
Hipócrates nació en Cos 460 años antes de C. y vivió alrededor de 90 años. En ese tiempo un médico enseñaba a sus hijos la profesión, así pues, el abuelo y el padre de Hipócrates, fueron médicos y de ellos aprendió la medicina, la que transmitió a uno de sus hijos y a dos de sus nietos. También estudió otras ciencias y desde luego, filosofía. Hipócrates fue el primero en unir a la filosofía con la medicina, también en rechazar las supersticiones, leyendas y creencias populares que atribuían el origen de las enfermedades a causas divinas o sobrenaturales; separó la medicina de la religión afirmando que las enfermedades no eran un castigo divino, sino causadas por factores ambientales, dieta y hábitos de vida. Predicó y practicó la medicina preventiva, hizo mucho hincapié en lo que hoy llamamos “historia clínica”, pedía mantener a los pacientes siempre limpios y en lugares aseados, usaba para curar heridas agua o vino y fue un precursor en el tratamiento de las fracturas al inventar ingeniosos aparatos para reducirlas. Fue el primero en enseñar medicina a quienes quisieran ejercerla por vocación aunque no fueran de su familia y así fundó la escuela hipocrática. Exigente y severo pero también amable, dejó términos y sentencias que son aplicados hasta la fecha. Escribió muchos tomos con sus observaciones y conocimientos, pero su legado más famoso es sin duda el juramento hipocrático que con diversas modificaciones siguen haciendo hasta hoy en día los médicos al titularse, y que entre otras cosas dice:
Tributaré a mi maestro de Medicina el mismo respeto que a los autores de mis días.
Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia.
No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos.
Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza.
En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos.
Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio considerando como un deber el ser discreto en tales casos.
Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy, perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria.

Más de 500 años después de Hipócrates, destacó otro médico griego,  Galeno, que vivió entre los años 129 y 200 d. de C. ya bajo el Impero Romano, por lo que su nombre cambió a Claudius Galenus. A Galeno desde muy joven, su padre le dio esmerada educación y él se interesó también por la agricultura, arquitectura, astronomía, astrología y filosofía. Una noche su padre soñó con Esculapio y lo tomó como una premonición, a partir de entonces apoyó la inclinación de su hijo por las ciencias médicas. Estudió y perpetuó la medicina hipocrática que conoció cuando era estudiante. Ambos, Galeno e Hipócrates, coincidieron filosóficamente con Platón y Aristóteles. Estudió e investigó en Alejandría y se trasladó a Roma donde llegó a ser el médico de cabecera del emperador Marco Aurelio y su corte. Había hecho ya muchos experimentos e investigaciones y ahí escribió numerosos tratados de medicina y siguió investigando, gracias a ello logró demostrar cómo la médula espinal controla varios músculos, pudo identificar siete pares de nervios craneales, demostró que el cerebro  es el órgano que regula la voz, expuso el funcionamiento del riñón y de la vejiga. Comprobó que por las arterias  y venas circula sangre y no aire y además tienen diferente morfología y función y describió anatómicamente las válvulas del corazón. Viviendo en Roma sobrevino una epidemia de peste y enfermedades infecciosas por lo que dictó medidas para evitar su contagio y propagación.
Impulsó los métodos de conservación y preparación de fármacos, base de la actual farmacia galénica. En su Tratado Sobre el Diagnóstico de los Sueños, afirma que pueden ser un reflejo de los padecimientos y malestares del cuerpo.
Los dos, Hipócrates y Galeno, tuvieron errores que con el tiempo y los aparatos de diagnóstico se han podido superar, pero las bases fueron ellos quienes las dejaron.

Adriana Balmori de Amieva
Seminario de Cultura Mexicana
Consejo de la Crónica