Desde El Portal: La lámpara de Diógenes

Marcela Prado Revuelta

Nunca me ha convencido, en puridad, la filosofía cínica de Diógenes de Sinope. (Diógenes el Cínico, filósofo griego, nacido en Sinope, una colonia jonia del mar Negro, hacia el 412 a. C. y fallecido en Corinto en el 323 a. C.) Quizá lo único rescatable, para mí, es aquello de su caminar con una lámpara “buscando hombres honestos” o la conocidísima anécdota donde Alejandro Magno le pregunta: ¿Qué puedo hacer por ti” y Diógenes le responde: “quítate de enfrente porque me tapas el sol”, según cuentan los libros de Historia y las leyendas.

Pero en este momento no tengo la menor idea de qué tipo de lámpara tengo que utilizar, para encontrar “hombres honestos”, uno de los cuales pueda convertirse en lo que tanto precisa este País: un auténtico líder.

Lámparas: ¿prendo el Cirio Pascual, veladoras de colores, aromatizantes, lámpara de pilas, la coleman, focos led, mariposas de aceite, los foquitos del micro, la estufa y la licuadora?… ¿Dónde encuentro una lámpara que me sirva, en serio, para encontrar a todos esos hombres honestos de los cuales, ¡por favor!, tiene que salir un líder a quien todos respeten, atiendan, sigan, ayuden y colaboren para salir del sucio tonel en que estamos viviendo, como Diógenes?.

Tengo semanas, ¡meses! pensando en el asunto. No doy una, lo confieso.

Porque si veo muchos hombres honestos, todos ellos preocupados por esta situación, pero absurdamente atomizados en numerosos partidos políticos, asociaciones civiles, agrupaciones que se levantaron de la tumba civil, grupitos y grupúsculos dentro de los que, también, caben el otro tipo de hombres: los no honestos. Los que sólo están allí a la espera de lo que, en el viejo lenguaje de la politiquería, están nomás “esperando el hueso”. (Aquellos que, en su curriculum vitae, sólo pueden poner “pegador de pancartas, repartidos de despensas, reyes de carnaval” y otras cosas igual de importantes porque, algunos, no pueden agregar copia del certificado del jardín de niños, ni de la secundaria o la prepa, pero que tienen unos tatuajes ¡bárbaros!).

De allí me brinco, más bien aterrada, a sacar el diccionario, la Enciclopedia, mis apuntes de Sociología de hace tropecientos años, mis notas de entrevistas, para poder entender lo que significa “líder”.

Y es claro que descubro maravillas, que quizá puedan servirnos para saber qué hacemos, porque el liderazgo tiene infinidad de connotaciones que voy entendiendo.

Están los líderes de opinión, los líderes en la ciencia, los líderes en el deporte, los líderes en las artes y sopetecientos más, y en el ámbito económico existen hasta cursos especiales: “conviértase en líder de ventas, con nuestro curso de tres meses y a crédito”, por ejemplo, de los que miro anuncios por todas partes.

Pero nada me convence. Por fin encuentro mi viejo libro de Max Weber, que estudié hace muchos años y prefiero no decir cuántos, carajo.

Pero Weber me recuerda que sólo existen, filosóficamente hablando, tres tipos puros de liderazgo.

El Líder legítimo: Aquella persona que adquiere el poder mediante procedimientos autorizados en las normas legales, mientras que el líder ilegítimo es el que adquiere su autoridad a través del uso de la ilegalidad.

El Líder tradicional: aquel que hereda el poder por costumbre o por un cargo importante, o que pertenece a un grupo familiar de élite que ha tenido el poder desde hace generaciones. Los reinados.

El Líder carismático: el que tiene la capacidad de generar entusiasmo. Es elegido como líder por su manera de dar entusiasmo a sus seguidores. Tienden a creer más en sí mismos que en sus equipos y esto genera problemas, de manera que un proyecto o la organización entera podrían colapsar el día que el líder abandone su equipo. Un ejemplo de líder carismático por excelencia es Adolf Hitler, Idi Amín Dadá y etcétera.

Pero como todavía no acabo de comprender todo el asunto, recuerdo, en alguna de mis libretas, que existen otro tipo de liderazgos:

El líder autoritario, (generalmente carismático), aquel que decide por su propia cuenta, sin consultar a sus asesores, sin justificarse ante nadie, porque sólo él tiene la razón, que informa a sus seguidores y subordinados en comunicación unidireccional, ¡todas las mañanas, carajo!, en la cual no existe posibilidad de diálogo.

Finalmente, encuentro lo que buscaba: el líder democrático, aquel que toma en cuenta las opiniones de sus seguidores, fomenta el diálogo y el debate, aplica criterios y normas de evaluación y toma las mejores decisiones, para todos, no para un grupo.

En este momento, veo en mi País, abrumado no sólo por la pandemia, sino por la lucha por el poder, muchos hombres honestos y valiosos.

Pero lo que todavía no alcanzo a ver es que esos hombres honestos y valiosos se sienten a dialogar y decidan, ¡por favor!, quien está más capacitado para el liderazgo que tanta falta nos está haciendo.

Me voy a buscar más lámparas. He dicho.