Orar al Dios de Jesús

Todo hijo conversa con su padre. Jesús, por su puesto, dialogaba con su Padre. Y como la visión que él tenía de Dios era nueva, su forma de orar tenía que ser también en cierto sentido nueva. La forma en que Jesús ora se desprende de su fe y de su experiencia de Dios. Así nos pasa a nosotros también.
Jesús y sus discípulos pertenecían a un pueblo que sabía orar. Su herencia litúrgica era muy rica. A pesar de ello, en tiempo de Jesús, la oración en muchos casos se había vuelto bastante formal y estaba dirigida a un Dios exigente y alejado de los problemas de la gente. En este mundo hace su entrada Jesús con una nueva manera de orar.
La oración de Jesús. Como consecuencia de una actitud de íntima unión con el Padre, Jesús tuvo una profunda y autentica vida de oración, sabía recibir con extrema sensibilidad los deseos del Padre, y respondía fielmente a su voluntad. Él sabe que el Padre le escucha siempre (Mt 26,53; Jn 11,41-42).
Jesús aparece orando en los momentos de decisiones históricas importantes, como al elegir a los Doce (Lc 6,12-13), al enseñar el Padrenuestro (Lc11,1), antes de curar al niño epiléptico (Mc 9,29). Ora por personas concretas: por Pedro (Lc 22,32), por los niños (Mc 10,16), por los verdugos (Lc 23,34). Pide con toda confianza por sus discípulos y por los que después crean en él (Jn 17,9-24), y aun por los mismos que le crucificaron (Lc 23,34).
Aun en las pruebas más grandes, Jesús estuvo siempre centrado en Dios. Unido a él y penetrado por él. En la cruz hasta llegó a sentir la sensación angustiosa de que el Padre le había abandonado (Mt 27,46). Pero no perdió el contacto y la fe en Dios, pues con toda confianza añade: “Todo está cumplido” (Jn 19,30). “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).
Merece la pena detenernos algo en la oración del huerto: “Adelantándose un poco, cayó a tierra, pidiendo que, si fuera posible, se alejara de él aquella hora. Decía: ”¡Abbá! ¡Padre!, todo es posible para ti; aparta de mi este trago amargo, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú“ (Mc 14,36).
Es un momento serio de crisis, pues siente amenazado el sentido de la totalidad de su vida. Y, en este momento decisivo, Jesús va a la oración. Así sucedió ya en las tentaciones del desierto (Lc 4,1-13), que no son otra cosa que un diálogo con el Padre sobre la esencia última de su misión y el modo de llevarla a cabo. Y vuelve a aparecer en la oración de Jesús en la cruz (Mt 27,46; Lc 23,46). Siempre que el sentido de su vida se ve amenazado, Jesús dialoga con su Padre.
Jesús quisiera rehuir esa muerte que es consecuencia histórica de su vida. Pero por medio de la oración triunfa su decisión de ser fiel a la voluntad del Padre hasta las últimas consecuencias. A pesar de su intenso dolor sigue viva en él la confianza en su Abbá, en ese Padre que exige su fidelidad hasta la muerte.
Los anti modelos de la oración. Jesús alerta sobre los peligros y desviaciones de una oración mal realizada. Para ello pone como telón de fondo su denuncia contra ciertas formas de oración que se realizaban en su tiempo: ”ustedes no recen así“. Él desenmascara esas formas de orar porque se apoyan en concepciones equivocadas sobre Dios. Veamos en concreto estas enseñanzas:
a) ”Cuando recen, no digan muchas palabras, como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso. No sean como ellos, que vuestro Padre sabe lo que les hace falta antes de que se lo pidan“ (Mt 6,7-8).
Detrás de las oraciones largas y pesadas se halla la idea de que Dios solo nos atiende si le acosamos con multitud de invocaciones y palabras, como si fuera alguien distraído a quien no le interesan nuestros problemas. Pero el Dios de Jesús no es así. Él sabe lo que nos hace falta y siempre está dispuesto a ayudarnos. De lo que se trata en la oración es de darnos cuenta de lo que el Padre ya sabe. Eso es lo que hay que pedir que se nos vaya revelando, de forma que nos dispongamos a recibirlo.
b) ”Cuando recen, no hagan como los hipócritas, que son amigos de rezar parados en las sinagogas y en las esquinas, para exhibirse ante la gente. Con ello ya han cobrado su recompensa, Tú, en cambio, cuando quieras rezar, entra en tu cuarto, echa la llave y rézale a tu Padre, que está escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará“ (Mt 6,5-6).
La oración es una cosa demasiado seria para hacerlo objeto de exhibición. Los que rezan así buscan tener buena forma presentándose ante los demás como gente piadosa, pero sin preocuparse de una actitud auténtica de sinceridad y conversión ante Dios. Pretenden manejar a Dios en provecho de una falsa reputación. Y Dios no se presenta a estos manejos. Él escucha en la sinceridad de la soledad a todo el que derrama en su presencia la sencillez de su vida.
Un caso parecido, pero más grave, es el de la parábola del fariseo que subió al templo a orar. La oración era para él un motivo de orgullo y, por consiguiente, de desprecio hacia los que no eran tan buenos como él. Jesús dedica la parábola ”a algunos que, que pensando estar bien con Dios, se sentían seguros de sí y despreciaban a los demás“ (Lc 18,9). El fariseo lo único que busca es afirmarse en el buen concepto que él tiene de sí mismo; no le importa lo que Dios pueda querer de él; ni siquiera siente necesidad de su ayuda. Jesús lo condena porque su Padre no es de los que fomentan falsos orgullos ni autoengaños; menos aún desprecios hacia nadie. En cambio, alaba al publicano porque él sí se sentía pequeño ante Dios y necesitado de su ayuda.
c) ”No basta con andar diciéndome: “¡Señor, Señor!”, para entrar en el reino de Dios; hay que poner por obra la voluntad de mi Padre Celestial“ (Mt 7,21).
Hay algunos que rezan, que hablan en nombre de Jesús y que hasta hacen ”milagros“, pero ”practican la maldad“, y por ello les dice Jesús que ”nunca los ha conocido“ (Mt 7,22-23). Son los ”necios que edificaron su casa sobre arena“ (Mt 7,26-27). Dios no es ningún tonto al que se puede engañar con rezos. Él sabe muy bien cuándo nuestra oración es solo un tranquilizante de conciencia para no hacer nada y cuándo encierra un sincero deseo de llevar a la práctica su voluntad.
d) Jesús destaca el perdón de las ofensas como condición previa para poder ser escuchados por Dios. El estar dispuesto a perdonar a los hermanos es condición imprescindible para que nos escuche el Padre de todos. Toda oración supone la súplica del perdón de Dios; pero dice Jesús que Dios no perdona si uno mismo no está dispuesto a perdonar (Mc 11,25; Mt 6,14-15; 18,35).
El que ha pecado contra su hermano, antes de presentarse ante Dios debe pedir perdón al hermano (Mt 5,23-24). Según Jesús, la actitud de perdón no tiene límites; debe llegar incluso al enemigo (Mt 5,44; Lc 6,28). El camino hacia Dios pasa necesariamente por la reconciliación entre hermanos, hijos todos del mismo Padre. Si no es así, estamos negado la paternidad universal de Dios.