Francisco Aguilera Medrano: una vocación por la igualdad

Ramón Rocha Manilla*

“Desprendamos nuestros corazones de las cosas de este mundo; digámonos muchas veces: ¿y después? ¿y después?.

Felipe Neri (1515-1595)

El fallecimiento del padre Francisco Aguilera Medrano, condujo mi pensamiento a una máquina del tiempo, con llevado con la genial cinta de Giuseppe Tornatore “Cinema Paradiso”, para recordar la convivencia tenida con este gran sacerdote en su etapa pastoral en una parroquia pobre durante los años setenta y ochenta. pasados.

Conocí al padre Francisco cuando yo tenía 4 años, viviendo en una colonia sencilla como lo fue la Francisco Ferrer Guardia, curiosamente, nombre dado en memoria a este valiente ateo y anarquista español. Aguilera Medrano era un joven sacerdote hidrocálido que venía de una formación religiosa poblana, durante los primeros años de los sesenta, cuando la reacción en Puebla levantaba grandes precipicios degradantes contra los Carolinos, estudiantes y profesores comunistas que se levantaron en pie de lucha por la autonomía universitaria. A pesar de esa posible influencia, a Francisco lo dominaba otra visión, la de Juan XXIII, el “Papa bueno”, que apostaba por los pobres y los jóvenes a partir del Concilio Vaticano II.

Así que enviado a Orizaba en 1968 como vicario del templo de Los Dolores, acompañando a otro buen sacerdote Don Miguel Rodríguez, inició el proyecto que, a cita filipense, inflamaba su corazón: fundar una parroquia en un barrio pobre.

Sus redes familiares tejidas con las élites económicas mexicanas pudieron haberlo llevado por el camino de la hegemonía católica, pero su convicción era otra.

A mediados de los setenta fundaba la Parroquia de San Felipe Neri, y recobraba para la historia de Orizaba la grandeza del oratorio filipense, fundado en el siglo XVIII en el barrio pobre e indígena de Omiquila. Don Juan Vega prestó los domingos en la mañana la gran galera de su mueblería ubicada en la calle Pensador Mexicano, colocando tablones como bancas a la feligresía. Ahí empezó todo. Después se pudo construir un templo sencillo, pero que más tarde de amplió, a una cuadra, y que ahora representa una joya con estilo neobizantino. Ahí empezó una dinámica nunca vista en Orizaba: una parroquia de una feligresía de ricos y pobres en planos horizontales.

Francisco era un imán que atraía a ciertas oligarquías orizabeñas, de las cuales lograba aportaciones para los fines sociales –aunque también lo logró con oligarquías mayores- pero teniendo un conjunto de mujeres de la comunidad que lograban la recaudación de fondos para el crecimiento de la parroquia, conformaban cursos de catequesis y otras construcciones culturales. De ahí hizo departamentos para pobres, y otras ayudas, explotando su capacidad de gestión, y en todo esto, su apuesta fundamental: los jóvenes a los cuales atraía con intensidad, mezcla de sobriedad, efecto de confianza y motivación.

Con una alta calidad en la oratoria detrás del púlpito, generaba un discurso en la homilía dirigida a todas y todos. A veces de poca paciencia, con su esbelta figura, su abundante barba y su mirada directa a todos los rostros, detenía su sermón cuando un niño lloraba; dirigiendo una mirada de fiereza de celo por el culto, pudiendo domar a todo el escenario, sin distinción.

Practicó la Teología de Cristo, versión dominante en el periodo de Juan Pablo II. Su apuesta de que el rico debe de ayudar al pobre era fundamental, y para ello los debía sentar en la misma banca, muy diferente a prácticas anteriores, como en tiempos del Padre Rúa de los cuarenta a los sesenta, donde las primeras bancas estaba apartadas para las élites políticas y económicas, con riesgo de ser desplazado cualquier pobre despistado que se sentara en los lugares privilegiados.

Al final de su misa, Francisco, con las manos entrelazadas por delante, ágilmente caminaba por el pasillo central, agitando su casulla, para colocarse en la entrada del templo, donde saludaba todos; ricos y pobres: una pieza fundamental de comunión entre iguales.

Se lee extraña toda esta redacción proviniendo de alguien como yo, librepensador y tendiente a la teología de la liberación, pero durante mi adolescencia fui un fiel acólito de Francisco en las misas vespertinas entre semana. Ahí me enseñó el protocolo eclesiástico, a hacer las lecturas y ahí la gran pedagogía: detenerse brevemente cuando hay coma, detenerse profundamente cuando hay punto, leer con los pies firmes, vertical y seguro.

Su capacidad intelectual fue sobresaliente; al construir el Oratorio de San Felipe Neri dedicó un espacio para biblioteca, ahí se asomaban los volúmenes más sobresalientes de filosofía; gentilmente me prestaba sus libros los cuales yo cuidaba como el jade. Discutía con migo sobre mis tareas de filosofía, de historia y hasta en las traducciones en inglés me ayudaba.

En este ambiente se juntaron importantes agentes que contribuyeron al proyecto; como el seminarista Carlos René, quien siempre le distinguió la bondad y la humildad. Pasó también otro seminarista Lidio Limón, indígena y con sangre de guerra ante la desigualdad comunitaria, pero alegre hasta el cansancio. Ahí se formaron mentores, representados por el párroco que gestionaron recursos ideológicos a los más jóvenes, como era mi caso y mi hermano Javier Mazahua, construyendo una vida comunitaria que daba otro sentido a la colonia pobre olvidada. Recuerdo como nuestras madres acudían a Francisco para quejarse por nuestros deslices adolescentes, y Francisco fungía un rol paternal y orientador.

La apuesta por los jóvenes fue clara: la promoción de coros y rondallas, y demás estructuras de formación, con cuidados minuciosos. Estimuló la formación de seminaristas y el trabajo comunitario. Además, convencido en Kiko Arguello, trajo el camino Neo-catecumenal, que buscó en un inicio, reforzar la horizontalidad entre ricos y pobres. A pesar de su solides moral católica, era capaz de bendecir parejas divorciadas que había logrado otra oportunidad de vida y amor.

Francisco vivió bien, aficionado a los toros, al buen vino con mesura y a veces al tabaco, dedicó la última etapa de su vida al rescate artístico de uno de los templos barrocos más hermosos en la ciudad: La Concordia.

Fueron años importantes, y conversando con muchas y muchos de ese tiempo, pensamos que la mejor época fue aquella, la del padre de la parroquia pobre, pero con un gran trabajo social que transformó un sentido comunitario.

*Médico y Sociólogo; diputado local suplente XX Distrito.