Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 7,36-39:

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Una mujer de mala vida en aquella ciudad, cuando supo que Jesús iba a comer ese día en casa del fariseo, tomó consigo un frasco de alabastro con perfume, fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas bañaba sus pies; los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con el perfume.
Viendo esto, el fariseo que lo había invitado comenzó a pensar: “Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando; sabría que es una pecadora”.
Palabra del Señor.

Una tendencia generalizada en los hombres es la de condenar al prójimo cuando vemos que ha caído en algún pecado o error. Dios no es así, porque sabe que cualquier hombre que peca experimenta profundamente el sufrimiento.
Es el caso de esta mujer de mala vida, en la cual están representados todos los hombres que por cosas de su historia se ven envueltos en pecados que les hacen sufrir, que algo en su interior les dice que han obrado mal y que están lejos de Dios. Esta mujer no obstante su vida, sabe que Dios es amor y que Jesús ha venido al mundo a hacer presente la misericordia de Dios.
Ciertamente Jesús no se escandaliza del pecador, ni lo rechaza sino que se compadece de él, sabe lo que hay en el corazón de cada hombre y el sufrimiento profundo que lleva.
Los hombres vemos el exterior, Jesús ve el interior y siempre se apiada y da su fuerza a todos aquellos que quisieran llevar una vida diferente.
Esta mujer con las lágrimas del arrepentimiento y de la penitencia alcanzará el perdón y el amor de Dios. Si haces lo mismo, a través de la Iglesia experimentarás la alegría del perdón y la misericordia divina.