El Terrible Huésped de Orizaba

Héctor E. Ortega Castillo

Colaboración

Se corría el aciago año de 1812.  Las huestes insurgentes, al mando de Don José María Morelos y Pavón, el generalísimo Rayo del Sur anotábanse victoria tras victoria: escribiría a Ignacio López Rayón (quien se encontraba en su cuartel Campo del Gallo, en Tlalpujahua) que había librado veintiséis batallas, de las cuales 22 habían sido sendas victorias de los Nacionales –como ellos mismos llamábanse– y cuatro “honrosas retiradas”.

No sería extraño que desde la primavera de ese año ya anduviese planeando atacar la villa de Orizaba, punto obligado en el recorrido del Golfo al Altiplano y, especialmente interesante por el estanco del tabaco, que redituaba pingües beneficios a la Corona Española. Hacerse, pues, con el control de esta llave de las comunicaciones de ultramar, resultaba imperativo para el Siervo de la Nación.

De hecho, desde la Primavera de 1811, ya se dejaban sentir algunos brotes de insurrección en la zona de las Altas Montañas, aunque toman especial fuerza precisamente un año más tarde. Personajes como Francisco Leyva, Vicente Prieto, José Ignacio Couto e Ibea, Benito Rocha Pardiñas, Don Mariano de las Fuentes y Alarcón y hasta el párroco de Zongolica, Don Juan Moctezuma y Cortés (quien ya tremolaba la Bandera Siera) serían nombres que estremecerían a más de uno de los entonces 20,000 habitantes de la Muy Leal Villa. De cuando en cuando, algunas gavillas de Americanos (como también a sí mismo se llamaban), entraban a Orizaba nocturnalmente y, aunque mal armados y pertrechados, sembraban el “¡Jesús!” en la boca de los pluviositanos bajo la cuarteta que decía:

“¡Oh, Virgen Guadalupana,

rodeada de serafines!

¡Que viva la Independencia

y mueran los gachupines!”

No es de extrañarse que, tras diversos intentos por tomar Orizaba por los Nacionales, sería hasta el arribo del Generalísimo Morelos cuando concretárase el proyecto. Llegado a las afueras de la entonces villa el 28 de octubre, como primer acto solicitó la rendición de la plaza al jefe realista, Coronel José Antonio de Andrade, a lo que ufanamente respondería: “¡Que entre el señor Morelos, si puede!”. En la mañana del 29 los Americanos rompieron fuego en la Garita de la Angostura, a la entrada de la villa, defendida por unos 200 soldados leales al Rey. Mañana nebulosa, dicen los cronistas, en que en tanto retumbaban la artillería de ambos bandos y formábanse ríos de sangre, las familias orizabeñas guarecíanse de la lluvia de balas en la seguridad de sus casas, o hasta en sus sótanos, rezando, orando a la Divina Providencia porque ello acabara lo más pronto posible.

Otras dos columnas insurgentes bordeban en tanto, las faldas del cerro de San Cristóbal para ingresar por el lado suroeste de la población. El asalto a la Garita no decidiría el triunfo, y a poco los realistas se repliegan hasta el Puente de La Borda, que defienden con dos piezas de artillería, inútiles en el combate cuerpo a cuerpo que entabla la insurgencia. El postrer reducto en el convento de El Carmen al mando de Andrade, también sucumbe, obligando al Jefe Realista a abandonar la lucha y tomar el camino a Veracruz escapando del mortal atacante de Orizaba, quien se hace con el control absoluto de la plaza y conviértela, durante los siguientes dos días, en su centro de operaciones y, por ende, Capital del México Libre.

A los traidores los trata con desprecio. Muchos fueron ejecutados frente a la casona donde alojóse Morelos durante su estancia; por cierto, casa de Don Benito Rocha, pluviositano patriota que no ha sido debidamente recordado. Dos casos son amplísimamente recordados: el fusilamiento del Capitán Bernardo Melgar y el Alférez Juan Pérez Santa María, apreciados por la sociedad orizabeña. Pérez era, además, prometido de la señorita Micaela González. Cuenta la historia de boca en boca que la esposa de Benito Rocha preséntase ante Morelos acompañada de la señorita González solicitando el indulto del Alférez, a lo que negóse tajantemente Morelos, indicándole a Doña Micaela: “Escoja otro novio más decente”.

Los españoles buscaron refugio en casas de amistades pro-insurgentes: en tapancos, sótanos, desvanes, o cualquier escondite improvisado que hubiera. A pesar del temor y de que sí habría algunos casos de saqueo, Morelos impuso disciplina entre sus huestes. El 31 de octubre, el Generalísimo Morelos abandona la ciudad no sin antes destruir todo el tabaco almacenado en el Estanco, afectando tremendamente la economía de la Corona y, muy especialmente, de la Villa de Orizaba, que lo bautizaría desde entonces como su “Terrible Huésped”.

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