La Insurgenta: Leona Vicario

Adriana Balmori A.

Colaboración Especial

Hablar de Leona Vicario es hablar de una mujer que se entregó en cuerpo y alma a luchar por la patria. Una valerosa, inteligente e intrépida mujer que no se adelantó a su tiempo, supo entender que su tiempo era el hoy y había que actuar en consecuencia. No fue ni la primera ni la última de nuestra historia, pero considero, sí, la más importante, ¿más que doña Josefa? ¡claro que sí! Ahora lo veremos.
Leona Vicario que nació el 10 de abril de 1789, hizo honor a su nombre rebelándose desde muy joven, a todo lo establecido por la sociedad. Huérfana y heredera de una gran fortuna, cuatro minas y algunas haciendas, queda a cargo de su tío materno, don Pomposo Fernández de San Salvador, un renombrado abogado al que hace ver su suerte en innumerables ocasiones, como cuando decide vivir sola. Desde niña su madre le procuró la mejor educación, aunque no la más convencional, estudiando letras, ciencias, e historia; inconcebible en aquella época, aprender idiomas, ¡qué cosa más inútil para una mujer! Pintura, canto y otras bellas artes… estaba bien. Era una joven bella, de enérgico pero buen carácter y de profunda religiosidad, sabemos que en su casa tenía tanto la imagen de la Virgen de Guadalupe como la de los Remedios, y a las dos mandaba oficiarles Misa, era notable su piedad y mortificación por lo humildes, a los que pagaba medicinas o en casos simples los curaba ella misma. A muchos socorría con ropa y alimentos. Pretendida por muchos jóvenes españoles o criollos novohispanos, se comprometió con Octaviano Paredes, rico abogado que al poco tiempo del compromiso marchó a España y actuó como representante de Guanajuato en las Cortes.
Lo extraordinario de todo esto es que, teniendo riquezas, comodidades y una vida resuelta, lo deje todo y lo pierda todo por apoyar el ideal libertario. Sabía de los movimientos secretos en los que se conspiraba para luchar por la independencia y se une al grupo de “Los Guadalupes”, del que también formaban parte Hidalgo y Morelos; decide apoyarlos informándoles de todo lo que sabía desde su privilegiada posición. Leona recibía cartas del frente y daba noticias a las esposas de los combatientes “era el conducto por donde se comunicaban los patriotas de México”. Un año después, conoce en el despacho de su tío al joven abogado yucateco Andrés Quintana Roo, al que contagia de sus ideales, se enamoran, ella trata de romper su compromiso y mientras están en ello, Andrés pide su mano, le es negada, él se va a la lucha y tienen que separarse, ella sigue con su apoyo incondicional, con sus informes y sobretodo económicamente a los insurgentes, al grado de convencer a unos armeros españoles de origen vasco, para que fundieran cañones y artillería en el campamento de Ignacio López Rayón, quien era su padrino, los que fueron financiados con la venta de sus joyas. La suerte no podía durar tanto y cuando uno de sus mensajeros fue descubierto, la denunció; la apresaron y al presentar tantas pruebas en su contra, fue declarada culpable, le dictaron formal prisión y le incautaron todos sus bienes, más no su dinero, jamás delató a nadie de sus compañeros ni sus ubicaciones, la llevaron después de juzgarla y gracias a la intervención de su tío, en lugar de a la cárcel, al Colegio de Belén de las Mochas, de donde poco después escapó, cuando tres caballeros insurgentes enviados por José Ma. Morelos, disfrazados la sacaron por la fuerza y la llevaron al campamento que tenían en Chilpancingo, donde se reencontró con Andrés Quintana Roo y de inmediato el cura Morelos los casó. Como pudo, mandó comprar y desarmar una imprenta completa cuyas piezas cosió a sus faldas y enaguas y a las de algunas de las mujeres de los soldados, ella se pintó de negro y sentadas sobre los huacales que transportaba una recua pudo llevarla al campamento. Ahí la puso al servicio de Morelos y seguramente ahí se imprimieron “Los Sentimientos de la Nación” y desde donde también ella escribía para el periódico El Semanario y el Ilustrador Americano. Sin duda podemos considerarla la primera periodista del país.
Perseguida junto con su marido por la justicia tuvo que vivir huyendo, al grado que dio a luz a su primera hija, Genoveva, en una cueva, cuando fueron apresados, sólo a causa de su hija recién nacida, ella aceptó el indulto que antes habían rechazado. Más tarde tuvo otra hija llamada Dolores en honor al lugar donde dio el grito Miguel Hidalgo.
Cuando termina la guerra y se consuma la independencia, el congreso ordena compensarla por la donación de sus bienes, con una liquidación en metálico, tres casas y la Hda. pulquera de Ocotepec en los llanos de Apan, misma que casi pierde nuevamente pues la pone a disposición de las tropas liberales cuando la Guerra de los Pasteles. Es considerada desde entonces la mujer fuerte de la Independencia. Se dedica junto con su esposo a las actividades políticas y es desde sus columnas en su periódico El Federalista, una severa crítica de las malas acciones gubernamentales, por lo que tiene desacuerdos, enfrentamientos directos y fuertes críticas con el presidente Bustamante y con Lucas Alamán, al que le escribe una atronadora carta donde, de lo menos que lo tacha es de misógino y vaya que lo era este político e historiador.
A su muerte, en 1842 a los 53 años, fue declarada “Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria”. Lo que casi nadie sabe o recuerda.
Es a la única mujer en nuestro país a la que se le han hecho funerales de estado, y descansa, al fin, después de varios traslados, junto con su esposo, en la Columna de la Independencia. A pesar de sus méritos no logró que algún estado lleve su nombre, los gobiernos ¿machistas? prefirieron darle al territorio sur de la península de Yucatán el de su marido.

Adriana Balmori de Amieva
Seminario de Cultura Mexicana
Consejo de la Crónica