Septiembre, el mes de la Patria

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Desde El Portal

Marcela Prado Revuelta

Desde mediados de agosto se duplicaban los ensayos para el Desfile del 16 de Septiembre. No había manera de evitarlo. Todos los niños debíamos estar listos, bañados y peinaditos, con uniforme de gala bien planchado, para el glorioso día. A veces, si éramos bien portados, los papás nos llevaban al “grito” en la noche del 15, como gran fiesta.

(Antes, había que aprender de memoria los nombres de los Niños Héroes de Chapultepec y ensayar, también la respuesta al “Grito de Dolores”).

Ya no me tocó escuchar, en la noche del Grito, que vocearan a Fernando VII, Rey de España, pecado mortal hubiera sido. Y tampoco a la Virgen de Guadalupe, primer pendón que empuñó Hidalgo. Ya el “grito” era otro, en que se mencionaban a nuestros Héroes y que todos sabíamos de memoria.

Fanática de la Historia, he pasado gran parte de mi vida indagando las historias atrás de la Historia. Ya en quinto de primaria, le pregunté a Dorita Murillo Vidal cuál había sido, “de verdad” el grito de Independencia. La profe Dorita sonrió un poco y me prestó un ejemplar, viejísimo, de una reedición de la obra de Lucas Alamán, que nunca he vuelto a ver. Según Alamán, el grito fue:

¡Viva la religión!, ¡viva nuestra madre Santísima de Guadalupe!, ¡viva Fernando VII!, ¡Vida la América y muera el mal gobierno”,  A lo que el pueblo respondió: ¡Viva la Virgen de Guadalupe y muera los gachupines!.

No lo sé. Juro que no estuve ahí.

Según Diego de Bringas (1810) y Servando Teresa de Mier, (1813), Hidalgo menciona a Fernando VII en el grito de Dolores, porque en realidad aquella guerra fue de “peninsulares contra criollos” y esa es otra historia.

Pero me fui enterando y, en realidad no existe documento fehaciente o testigos directos de aquella noche, que los mexicanos celebramos como el inicio de la Guerra de Independencia.

Aún falta, en el mes de Septiembre, anotar el día 27: la entrada del Ejército Trigarante en la ciudad de México, donde iban don Agustín de Iturbide y don Juan de O’Donojú.

(Es claro que lo que más falta es agregar a las Fiestas Patrias, el 24 de agosto de 1821, la firma del Tratado de Córdoba, que deberían comenzar en esa fecha, porque en esa fecha se confirmó la independencia de México. He dicho).

Ya “en uso de razón”, como se dice, fui feliz cuando encontré “La Revolución de Independencia”, de Luis Villoro, (El Colegio de México, Historia General de México, Tomo I, Pág. 591, 1976, cuya edición conservo), porque por fin pude entender, más o menos, todo el proceso previo al Grito y todas las implicaciones sociales, políticas y económicas, de tal manera que lo que Allende soñó como un movimiento “decorosamente controlado”, se convirtió en una “revolución popular”, imparable, que dio como resultado que los mexicanos festejemos el Grito de Dolores por  todo lo alto y como México no hay dos.

Pero la niña que fui está muy triste. Me imagino que usted también. ¿Cómo carajo vamos a festejar el Grito y desfilar el 16 de Septiembre, mientras casi 70 mil hogares mexicanos están de luto?… ¿Cómo puedo tener ánimo de festejar a mis Héroes que nos dieron Patria, si la Patria se nos está cayendo en pedacitos de madera, en cada ataúd?… ¿Cómo puedo llevar a mis nietos a la noche del Grito, si ni siquiera he podido verlos desde Navidad?… ¿Cómo seríamos capaces de irnos a los portales o al parque o a casa de los amigos a festejar, si en la esquina hay un velorio sin ataúd y los amigos que se nos han ido muriendo y nos atenaza el miedo al contagio y a la debacle?…

He puesto, como siempre, mi pequeña Bandera en la cochera. Y ya colgué mi pequeña réplica de la Campana de Dolores, que tocaré, a solas, la noche del 15 de septiembre.

Pero también he preparado un crespón de luto en mi puerta, por todos los que se han ido y no podrán festejar nuestra Independencia.

Y se me cierra un nudo en la garganta.