Orgullosamente pluviositano

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Héctor E. Ortega Castillo

Siempre me ha encantado el gentilicio “pluviositano”. Lo creó el profesor Don Melitón Guzmán y Romero (1877-1962) desde principios del siglo XX, como sinónimo de “orizabeño” (y no hay mucha sinonimia al respecto), a partir de “Pluviosilla”, apelativo de la ciudad de Orizaba, que instituyera el escritor Rafael Delgado y Sáinz (1853-1914) en su celebérrima e inmortal novela “La Calandria”, allá entre 1890 y 1891. No deja de ser irónico que Don Melitón era oriundo de Acultzingo y Delgado era cordobés; es decir: ninguno de ellos nació en Orizaba; sin embargo, la amaban con esa pasión chovinista de los grandes personajes que ha dado esta región de las Altas Montañas.

Pluviosilla llamó poéticamente Delgado a Orizaba y desde entonces y hasta la fecha, es parte de la cultura de la ciudad –aunque hay personas que ignoran de donde proviene el nombre–. La Pluviosilla Señorial y Legendaria diríamos, que hoy por hoy nos hincha de orgullo a más de un “pluviositano” que deambula por sus ya no tan empedradas calles, callejuelas y rúas, pero que sí se moja con la lluvia lenguaraz y cristalina en este añejo relicario de la Patria Mejicana.

Ciudad que se honra en poseer más de una forma de llamarse. La vetusta Ahauializapan (que no era propiamente la ciudad, sino todo el valle), como le llamasen los nativos de estas tierras, y que precisamente nos han dicho que significa “Alegría en el agua”, o “En el agua de la alegría”, por tantísimos nacimientos del vital líquido: ríos, riachuelos, manantiales que la circundan. Nombre que dio pie al decimonónico, y aún vigente alias de “La Ciudad de las Aguas Alegres”, que así se le conoce a Orizaba en todo el país, tal como a Cuernavaca llámanle “la ciudad de la eterna primavera”, o a Pachuca “la bella airosa”. Más tarde, ya con la llegada de la industria textil, recibe el mote de “la Mánchester de México”, ya que en aquella urbe británica también abundaban las fábricas de hilados y tejidos. Por lo mismo, Orizaba no deja de ser a su vez hilandera y tejedora.

Don José Soler, destacado orizabeño del siglo XX, en los años de 1930’s solía comparar a Orizaba con París, por su abundancia de puentes. De ahí, aquello de “Nuestra Señora de los Puentes”. Apelativo que fue retomado por Don Aurelio Ortega Castañeda y utilizado como título de uno de sus libros en 1943. Por ello también el vate xalapeño Jorge Ramón Juárez nos dice al respecto de visitar Orizaba: “(…) calla cuando estemos allá; quizás escuches morir orquídeas y nacer montañas, mientras el río trémulo revienta su ágil columna vertebral de plata”…

Y es que más de un pluviositano ha cantado su amor por Orizaba. Don Leoncio Espinosa diría “(…) nupcial por tus neblinas, gentil por tu merced hospitalaria, musical por tus fuentes cantarinas…”; Luis Ángel Rodríguez la llama “blanca ciudad de leyenda”; Carlos Menéndez: “nívea paloma que tiende al aire sus ligeras alas”, o hasta Guillermo Sánchez de Anda como “la galana, la de la blanca mantilla”. Y así la lista sigue; mas no se espera uno encontrar una cita de Carlos Fuentes, que llama a Orizaba “la brumosa ciudad donde el trópico se colgaba los velos de una cuaresma eterna”.

Tal vez por ello, por todo lo que representa en nuestra mente y nuestros corazones, henchidos de amor por estas tierras, es que sentimos un verdadero Orgullo Pluviositano.

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