El amigo que me salvó la vida

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Una voz en el desierto

Octavio Rodríguez Pasquel Bravo

Atendiendo la solicitud de Gustavo Reyes Ramos hijo del amigo al que me referí reproduzco lo que escribí sobre él.

Gustavo Reyes Ladrón de Guevara

(In Memoriam)

No me he referido a fallecimientos de seres queridos, familiares y amigos porque hubiera convertido este espacio en obituario, han sido tantos, pero este año se da una increíble coincidencia la muerte del amigo que seguro me salvó la vida y la salida del manicomio del que muy probablemente nos hubiera asesinado.

Historia

La Asociación Deportiva Orizabeña (A.D.O.) además de sostener un equipo profesional de futbol fomentaba las fuerzas básicas que alimentaban al primer equipo.

La primera especial y los juveniles eran a los que se nos obsequiaban con más prestaciones, zapatos, uniformes, instructores, el campo para practicarlo, entradas gratuitas a los juegos de Primera División, en viajes los pasajes y cuando el primer equipo era local jugábamos el preliminar en el campo Moctezuma a las 10:00 de la mañana, a las 12:00 lo hacía el equipo profesional.

En la capital el único preliminar que recuerdo, sin precisar la fecha entre 1948 y 1950, era un combinado de la primera especial y juveniles contra las reservas del club que se enfrentó al equipo profesional.

Se ganó jugando muy bien y finalizamos el preliminar con las tribunas del estadio de la Ciudad de los Deportes, hoy Estadio Azul, ya casi llenas; uno de nuestros jugadores mayores Luis Pozos hizo un gran gol desde el extremo izquierdo poniendo el balón en el ángulo de la portería contraria, se le ovacionó como lo merecía y al siguiente día los diarios de la capital, en especial el Diario Esto y el Excelsior reclamaban espacios para los jugadores jóvenes, algo parecido con los tiempos actuales. El gol le valió a Pozos el ascenso al primer equipo y después de dos o tres partidos lo dejaron de alinear, sólo que esto es marginal a lo que quiero contar.

Viajamos al entonces Distrito Federal en diferente autobús el equipo de primera, nosotros lo hicimos en un camión de la Estrella Roja que da servicio a Córdoba, su terminal todavía existe en Oriente 2 a media cuadra del Parque López.

En el hospedaje si fuimos emparejados con los de la Primera División en el hotel Coliseo que está situado en Bolívar 34 en la Ciudad de México, los argentinos y peruanos que militaban en el primer equipo nos aconsejaban que en el restaurant comiéramos bien, porque jugador que no come no rinde; la extracción de los jugadores de gran diversidad socioeconómica.

El amigo que me salvó la vida

En el restaurant ya referido con Gustavo Reyes Ladrón de Guevara “El Chévere”, mote que heredó de su padre Don Severiano, él de espaldas a la barra y yo de frente, noté que un individuo con cara burlona se reía retadoramente de lo que yo platicaba, llegando un momento en que se me hizo muy molesto, teniendo yo una edad de 18 años fácilmente me estaba yo enganchando y hubiéramos sido asesinados.

Iba a actuar con una inmadurez que se quita con los años, excepto a los de nervios débiles, que los ve uno actuar como valentones cuando en realidad son todo lo contrario, cometen exabruptos alegando que ese es “su carácter”, no les crean.

Mi amigo “El Chévere” con gran sensatez me dijo que nos cambiáramos de mesa, para nuestra fortuna acepté la sugerencia, se portó cómo lo hacía en la cancha, siempre fue entre todos los compañeros, sin tener gran talla física el mejor, el más inteligente y por algo nuestro Capitán.

No sé si pasaron días ó meses, pero al que consideré un bobalicón fue uno de los personajes más notorios de México por ser un asesino serial, mataba por locura, sin motivo alguno asesinó a más de seis personas, se le permitió a Higinio Sobera de la Flor, ese era su nombre, porque su familia acaudalada lo recluyó para evitar su detención en un hotel del que salía para seguir matando, hasta que fue apresado por las autoridades y recluido en un manicomio hace ya más de 65 años.

En días anteriores leí que ya fue liberado, imagino que estará custodiado y ya sin posibilidades de dañar.

Calor Monsiváis y

mil y un velorios

El que fue escritor, periodista y cronista de la Ciudad de México, tuvo una obrita que considero encantará a los amantes de la nota roja llamada: Mil y Un Velorios en que relata los acontecimientos sangrientos de mediados del siglo pasado, además de los asesinatos de Higinio Sobera de la Flor, encontrarán los de Goyo Cárdenas Hernández, Ingeniero Químico que mató a varias mujeres, entre ellas a su novia y las enterraba en el jardín de su casa, de gran inteligencia estudió ya recluido en el penal Leyes y no puedo precisar si alguna otra profesión.

A este individuo unos de nuestros diputados, ya sabemos de las iniciativas que por insólitas y ridículas causan risa, invitó a este siniestro personaje al Congreso en donde todos los integrantes de pie lo ovacionaron largamente, es uno de los episodios más vergonzosos de los que se tenga memoria.

En el relato de Monsiváis se pueden encontrar otros como: Las Poquianchis, El Claustro de Santo Domingo en Puebla, donde Valente Quintana el famoso detective descubrió los horrores que ahí ocurrían, no sé si sigan los recorridos turísticos pero vale la pena visitarlo.

Las descripciones de Monsiváis ahora palidecen ante la realidad que vivimos, parecen cuentos de hadas.

En todo nuestro país los asesinatos son a gran escala, ya los detectives parecen obsoletos, somos un gran Cementerio.

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Publicado 30 octubre 2016 en “El Mundo de Orizaba”