La historia detrás del Himno Nacional

Adriana Balmori A.
Colaboración

El 12 de agosto se cumplieron 167 años de que se declararan triunfadores del concurso convocado en 1854, a los jóvenes compositores de nuestro hermoso himno nacional, que fueron el poeta potosino José González Bocanegra y el músico español Jaime Nunó, ambos de 30 años.
La historia detrás del himno está llena de anécdotas y romanticismo. Pero vayamos al principio: como es de suponer, durante la época virreinal, en la Nueva España no había un canto oficial, se usaban los himnos religiosos, destinados a alabar algún santo y a la Virgen María o los himnos civiles, que eran compuestos o interpretados con motivo de la llegada de los virreyes y personajes de mucha alcurnia. A partir de 1761, se oficializó el uso de la Marcha Real o Marcha de Granaderos para los actos oficiales, marcha que es hasta la fecha, el Himno Nacional de España, música bastante conocida por nosotros ya que durante la guerra cristera se convirtió en canto mariano, muy popular hasta nuestros días y es aquel que dice: La virgen María es nuestra protectora, nuestra defensora etc…
En el México independiente tampoco había un himno o composición que se interpretara en las ceremonias oficiales o trascendentales y era cosa común que cada presidente escogiera la música que serviría de marco a sus actos de protocolo, así por ejemplo Iturbide, pedía se le tocara “Veni Creator”, de Berlioz; el terrible Santa Ana, exigía la espectacular obertura de la ópera “Semíramis” de Rossini y nuestro sobrio veracruzano José Joaquín de Herrera entraba a los actos al compás de “Poeta y Campesino” de Franz Von Suppé.
Aunque en muchas ocasiones se pensó en mandar componer un himno nacional, y se hicieron convocatorias para ello, los ganadores fueron casi siempre extranjeros y los resultados no fueron del agrado de gobernantes ni gobernados; hasta que en l853 el presidente Santa Ana, en su octavo período presidencial –recordemos que fueron once- lanzó una convocatoria express para la creación de un himno nacional, en la que pedía se compusiera en treinta días una poesía, que después sería musicalizada.
Así fue como Guadalupe González del Pino ni tarda ni perezosa, sabiendo lo bueno que para estos menesteres era su prometido, el poeta José González Bocanegra, después de rogarle muchas veces para que concursara y ante su negativa, lo encerró en una habitación donde había un escritorio, papel y tinta suficientes, amenazándolo con abrirle sólo hasta que la composición estuviera terminada, ante esa situación, el novio se dio por vencido y tan sólo ¡cuatro horas después!, pasó por debajo de la puerta un manuscrito que constaba de diez estrofas y un coro.
Obviamente fue el ganador y de inmediato se lanzó el concurso para la musicalización, que ganó un compositor italiano, pero que a la hora de la interpretación no gustó, por lo que se hizo una nueva convocatoria y esta vez fue ganada por el encargado de las bandas militares, Jaime Nunó i Roc, un prometedor músico español nacido en Gerona que estando en Cuba fue llamado a trabajar en México, a su composición la tituló Dios y Libertad, nombre que jamás se usó.
La primera vez que se interpretaron públicamente, ya juntas música y letra y en calidad de Himno Nacional, fue la noche del 15 de septiembre de l854 para una reducida audiencia, sin embargo el estreno oficial fue al día siguiente en el Teatro de Santa Anna (que después fue demolido y en ese lugar se construyó el Palacio de Bellas Artes) en presencia del presidente, muy orondo porque una estrofa se refería a él. A partir de entonces se oficializó su uso.
Desde luego hubo voces en contra, porque era un himno de derechas, por aquello del arcángel y del dedo de Dios, o malo por las estrofas que aludían a Santa Anna y a Iturbide o peor, bélico por aquello de “al grito de guerra” cuando se trataba de pacificar al país, sin embargo durante su gestión el presidente Juárez, no dejó que fuera modificado, pero eso sí, él que era pro yanqui y totalmente anti francés, pedía que en sus presentaciones se le tocara ¡la Marsellesa! y no nuestro himno.
Con el tiempo sí que ha sufrido modificaciones en sus versos y extensión, sin embargo la música sigue intacta. Aunque ya Porfirio Díaz siempre lo hacía tocar, se reguló y se hizo oficial su uso hasta 1943 con el presidente Manuel Ávila Camacho.
La última reglamentación para su interpretación y protocolo fue hecha por el presidente Miguel de la Madrid, quedando oficialmente sólo cuatro estrofas, la I, V, VI, X y el coro.
Como mito urbano, comentado hasta en algunos periódicos, nos han espantado, diciendo que los derechos de autor de nuestro himno nacional son propiedad de alguna compañía musical estadounidense, lo cual es totalmente falso; ya está catalogado como de “dominio público”, puesto que tiene más de cien años que se tocó por primera vez, y tampoco es cierto que después de hacer un consenso internacional nuestro himno ocupa el segundo lugar como el más bello sólo después de La Marsellesa, ya que tal concurso nunca se ha hecho.
Tanto Francisco González Bocanegra, que murió a los 37 años de tuberculosis, como Jaime Nunó i Roc, quien murió en Nueva York a los 83 años, están enterrados en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Adriana Balmori de Amieva
Seminario de Cultura Mexicana
Consejo de la Crónica