Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 18,21-22:

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?. ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contestó: “No solo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.
Palabra del Señor.

Todo tiene un límite, excepto el amor. Sin este amor que tiene su origen en Dios y es distinto del amor humano, no se pueden entender las palabras de Jesús. Jesús mismo las ha vivido en su relación con sus apóstoles y en la misma relación con nosotros. Jesús ha sido la encarnación del perdón constante, sin condicionar el número de veces que puede perdonarnos cualquier ofensa que le realicemos en nuestro prójimo.
Los cristianos tienen un modo de vida diferente, unos valores divinos que superan con mucho la bondad y la justicia humana. No quiero con esto decir que necesariamente el amor humano sea malo, sino que es limitado, pobre y muy condicionado por las circunstancias.
Los cristianos tenemos una capacidad de amar tan grande que tiene su origen en Dios, es decir, hemos experimentado la profundidad del amor de Dios en nuestra propia existencia, su perdón constante y la paz y gozo que con ello experimentamos.
Solo el que se siente amado puede amar, solo aquel que se sabe perdonado puede perdonar. Es a partir de nuestra experiencia que podemos decir que estamos llamados a perdonar siempre, pues el perdón no tiene límites.
Cualquier limitación que se ponga al perdón no tiene su origen en Dios, pues el amor y su expresión que es el perdón no conoce número, gravedad, rencor, venganza ni límites. El criterio del perdón está en cómo Dios te ha amado y perdonado en Jesús. Si tu corazón no puede perdonar recurre a Jesús que te de esta capacidad sin la cual no puedes tener paz en tu corazón.