Un regalo antes del adiós

Carmen Lara

El Mundo de Orizaba

Cuando alguien muere en el pueblo, las casas se llenan de rosas blancas, margaritas, nube y arreglos florales, veladoras de vasos de cristal y cirios, en la calle se colocan sillas y el olor a copale se respira incluso desde unas cuadras antes de llegar a la casa donde se esta velando al difunto.

Las personas comienzan a llegar con veladoras, pan, galletas, azúcar, y vasos desechables, como parte de las costumbres y tradiciones que se tienen arraigadas en Zongolica. Después de cada rosario se les ofrece algo de beber a los asistentes.

El ambiente que se respira en estas casas es frío mezclado con el dolor del duelo y las lágrimas que brotan cada vez que se recibe el pésame en un abrazo, donde se recuerda al buen amigo, compañero, vecino, tío, abuelo, padre, madre, hermana o sobrina que partió a un espacio mejor.

El primer día siempre es el más difícil, pues no solo se lidia con el dolor de la partida, sino también con la responsabilidad de preparar la casa para recibir a todas las personas que vendrán, porque en este pueblo placido perdido entre montañas, no importa si nos une un lazo familiar con la persona que partió, todos sentimos este dolor y nos unimos para hacer más ligero el dolor de la familia.

Conforme pasan los días, las risas se vuelven a escuchar en las casas y aunque el duelo persiste en los corazones de todos, ahora se comienza a recordar con alegría a la persona que partió, sus enseñanzas, sus actos de caridad, el legado que deja, lo que lo caracterizaba, lo que le gustaba comer y cómo era en vida.

Justo en el tercer día, la partida se ve envuelta en un ambiente de fiesta, se hace la misa de cuerpo presente, en el camino a la iglesia algunos funerales llevan música de viento, mariachis o simplemente caminan al compás de todos, con los brazos llenos de flores, las brazas ardientes en el sahumerio con ese olor tan característico que tiene el copale.

En el camino la gente, aunque no conozca a los dolientes, se solidariza, y aunque no dicen algo, su mirada lo hace por ellos, seguido del acto de resignarse y bajar la mirada para que pase el difunto con toda su familia camino a la iglesia.

Después se celebrar la eucaristía, se parte al que será su nuevo hogar, en el camino se escuchan las campanas de la iglesia sonar muy fuerte, la gente canta, algunos más rezan y otros preguntan si es la nieta o la sobrina de quien falleció, recordándole que se parece mucho a la persona que se fue y que ellos le conocieron de pequeños aunque el doliente nos los recuerde.

Arriba en el panteón, una de las partes más altas del pueblo donde puedes ver casi todo Zongolica, se oyen a las señoras rezar y pedir por el descanso eterno del difunto, después cada uno pasa a darle el último adiós, lanzando flores a la fosa antes de que sea cubierta por la tierra y la mezcla que los albañiles tienen preparado a un costado.

El ambiente se vuelve triste y entre lágrimas, la familia comienza a repartir refresco y una copa de alcohol para brindar por quien se fue, para después pedir que los acompañen a su hogar a comer, como forma de agradecimiento por acompañarlos en su dolor durante estos tres días donde no se durmió, pero se trató de curar el corazón con una taza de café y pan a las tres de la mañana hablando de tu familiar.

En este pueblo perdido entre montañas, así es como se despide uno de quien ama, y aunque pudiera parecer raro y desgastante, este es el mejor regalo que se le puede dar a la persona que ya no está aquí, celebrar en su honor y porque ahora está en un lugar mejor, lejos de nosotros, pero cerca de Dios y con la plena certeza de que algún día todos nos volveremos a encontrar ahí, no hoy, ni mañana, algún día y ese será el mejor de nuestra vida pues volveremos a abrazar a quien más amamos en el mundo.