Caminito de la escuela

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Desde El Portal

 

Marcela Prado Revuelta

Recuerdo perfectamente que en el pequeño y hermoso pueblo de mi padre, los niños llegábamos a la escuelita con un cuaderno de rayas, uno de cuadros y uno de dibujo. Lápiz y una cajita de colores. Tener un sacapuntas era mágico.
Es claro que me corrieron del jardín de niños, como me gusta recordar, por preguntona y porque ya sabía leer y escribir y me pasaron a primer año, (de donde también me corrieron y me pasaron a segundo, jiji). Y ya en Primaria, los útiles iban en una mochila de cuero, durísimo y resistente “contra niños y pleitos del recreo”. Ya teníamos, además de los cuadernos, ¡libros!… La maravilla. Libros nuevos.
Las tareas se hacían por la tarde, antes de la cena y antes de jugar en el jardín o en el patio y los árboles de naranjo del recontrapatio. No había nada que hacer, excepto la tarea o te quedabas sin cenar.
Ya en Córdoba, Escuela Primaria “Carlos A. Carrillo”, dirigida por la maestra Josefina Méndez, era otro cantar. Disciplina, clases de canto y música, bordado y tejido, deportes, obras de teatro para las fiestas de la Madre y del Maestro, desfiles con traje de gala y otros etcéteras que no quiero recordar.
El tiempo pasa, ni modo. Ya mis hijos iban a la escuela de uniforme y la lista de “inútiles” era para llorar de la barbaridad de elementos que les pedían, de los cuáles nunca me enteré si servían o no, hasta que los hijos me avisaban que les habían birlado los lápices de colores o el libro de Geografía…
Y se inventaron las “telesecundarias” y las “escuelas rurales” para los pequeños que no tenían acceso hasta las poblaciones más grandes. Digo. Se inventaron, aunque por lo que sé las teles de las telesecundarias nunca funcionaron lo que se dice perfecto, aunque la idea siempre me pareció positiva.
El tiempo siguió pasando. Ni modo. Mis nietos están en escuelas privadas y comenzó la lucha mortal contra las tabletas y los celulares. Uniformes. Campamentos de verano. Etcétera. Etcétera…
Pero el maldito tiempo siguió pasando y estamos como estamos. Estamos en que millones de niños –los afortunados-, cumplieron su ciclo escolar en casa, en las computadoras, en línea que le dicen, con la sala de los hogares convertidos en aulas, centuplicando las tareas de los padres quienes, además, trabajaban en línea. Y centuplicando el trabajo de los maestros, quienes tuvieron que atender a sinnúmero de alumnos, también desde sus hogares.
Quizá muchos jóvenes maestros ya sabían de estas cuestiones cibernéticas. Pero hubo y habrá miles y miles de viejos maestros que no disponían de computadoras personales y que tuvieron que aprender, ¡ya!, a manejar tales equipos.
Mis respetos para ellos.
Y en este agosto, 24 de agosto, las clases se inician con la televisión, “fíjate que suave”…
La misma tele que idiotiza a millones de mexicanos, cuyos mayores éxitos son las series de narcos y asesinos y asesinatos. La misma tele de las telenovelas casi pornográficas, todas deleznables, la misma tele de los noticieros que enfatizan los que se llama “sucesos” o “nota roja”, (que se vea bien la sangre, afoca cámara, tantito para allá, hay dos muertos, haz zoom profundo)…
La misma tele, fíjate que suave…
Habrá millones de niños que no tuvieron la computadora personal, pero que tampoco nunca han tenido una tele. La señal de ambos aparatejos no llega a los lugares en que viven. Sus padres, ahora sin trabajo, no podrán comprar ni madres de tele. Esos niños que, “aunque usted no lo crea”, siguen caminando kilómetros para llegar a la escuela, en este Siglo XXI de mis angustias.
El “caminito de la Escuela, procurando ser puntual” del orizabeño Cri Cri, ya no podrán cantarlo varias generaciones de niños. De jardín o primaria, de Enseñanza Media. Y hasta de profesional.
El bicho que nos agobia ha dejado al desnudo las carencias de millones de mexicanos. Sin distinción de clases, por favor, que en este momento no importan: todos estamos padeciendo igual.
Todos.
Y extrañaré llevar a mis nietos a comprarles sus útiles escolares y ver sus caritas de felicidad con una libreta, una goma o una cajita de colores, pero nuevas…
Y la mochila, “caminito de la escuela”… Y me siento a llorar. ¡Carajo!