75 años de Hiroshima

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Héctor E. Ortega Castillo

Cumpliéronse, este 6 de agosto, setenta y cinco años de que fuera arrojada la primer bomba atómica, creada  por Estados Unidos a través del Proyecto “Manhattan”, sobre una población civil: la ciudad nipona de Hiroshima, que en aquellos tiempos de 1945, contaba con aproximadamente unos 255 mil habitantes, toda vez que había alcanzado la cifra de 381,000, sin embargo, las constantes y sistemáticas evacuaciones a causa de la guerra vieron mermada a su población.

La detonación de la Bomba Atómica (así, con mayúsculas) en esta ciudad, así como su gemela, tres días más tarde en la ciudad de Nagasaki, marcarían el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la llamada Era Atómica, que habría de prolongarse hasta que en abril de 1986 el accidente de Chernobyl, Ucrania (en la entonces Unión Soviética) terminaría con el sueño guajiro (con el que muchos crecimos) acerca de que el futuro de la humanidad residía precisamente en la energía nuclear: la energía del “futuro” solían mencionar los oficialismos ramplones de los años ochenta. Tanto, que hasta México se entusiasmaría con este tipo de energía y construiría su propia planta nuclear en Laguna Verde, Alto Lucero, Veracruz. Ni qué decir que tras el episodio de Chernobyl se desató toda una paranoia respecto a la creencia de que la central nuclear veracruzana iba a estallar.

Pero volvamos a 1945. Ya Estados Unidos estaba bastante preocupado de que no acabara su guerra contra Japón. Acostumbrados estamos de maridar este conflicto y meterlo al mismo costal de la Segunda Gran Guerra (1939-1945) cuando en realidad el Frente del Pacífico siguió una mecánica completamente diferente a lo que ocurría en Europa. No existió nunca el “Eje Berlín-Roma-Tokio” (y para muestra Hitler no respaldó al Emperador Hirohito, ni su Primer Ministro Hideki Tojo). En realidad, Japón tenía su propia política de expansión en el Pacífico, y Estados Unidos quería también su gajo de pastel. O el pastel completo más bien. La guerra entre Estados Unidos y Japón fue, por tanto, dentro de la cronología de la Segunda Guerra, pero en muchos aspectos, alejada de esta. Para 1945 Japón ya estaba casi en la lona y el final de la guerra era ya inminente. En mayo se rindió Alemania, pero Japón podía continuar con el conflicto unos meses más, aunque a la larga acabaría rindiéndose.

Mucho se ha dicho acerca de que el uso de las dos bombas obedeció más a cuestiones políticas que bélicas. Evidentemente Harry S. Truman (sucesor de Roosevelt como Presidente de Estados Unidos) pretendía terminar de una vez por todas con la guerra, pero además quería demostrarle al planeta que a partir de ese momento sólo los chicharrones estadounidenses retumbarían, convirtiéndose así en uno de los grandes genocidas de la historia moderna.

Así pues, un comité presidido por Robert Oppenheimer del Laboratorio Nacional Los Álamos (Nuevo México), decidió que los tres mejores lugares para probar la primer bomba eran Hiroshima, Kioto, Yokohama o Kokura (este último por un gran arsenal convencional que tenían). La suerte quiso que fuese Hiroshima, ya que esta ciudad estaba rodeada de montañas, lo que haría que el efecto destructivo de la bomba fuese mayor al lograr enfocar la energía en la mayor parte de la ciudad. También por cuestiones climáticas, se definió el 6 de agosto como la fecha del bombardeo, habilitándose para ello el avión Boeing B-29 Superfortress “Enola Gay” (llamado así por la madre de su piloto, el Coronel Paul Tibbets). La nave partió de la base North Field, en Tinian, una de las tres islas de la Mancomunidad de las Islas Marianas del Norte, partiendo hacia Iwo Jima, donde reunióse con bombarderos auxiliares, enfilando luego hacia Japón.

La bomba, llamada “Little Boy” y armada por el Capitán William Parsons, fue arrojada sobre la ciudad a las 8:15 am y en menos de un minuto alcanzó la altura determinada para su explosión (cabe mencionar que este tipo de bombas no tocan el suelo: detonó a 600 metros sobre la ciudad), creando una explosión equivalente a 16 kilotones de TNT, elevando la temperatura a más de un millón de grados centígrados y levantando un hongo a 6500 metros desde el suelo, sintiéndose sus efectos a 59 kilómetros de distancia. Murieron 166,000 personas, tanto de manera inmediata como a través de las secuelas que dejó la radiación. Para establecer una comparación actual, la reciente explosión en Beirut se dice, equivalió a la tercera parte de la bomba de Hiroshima

El “Enola Gay” se alejó a toda velocidad. Viendo hacia atrás, el copiloto capitán Robert Lewis exclamó una frase demoledora: -“¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?”

Y el mundo ya nunca fue igual.

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