El avión, el avión

Hands writing on old typewriter over wooden table background

La semana pasada, mientras me desayunaba rápidamente, al tiempo que aperturaban los mercados bursátiles en América Latina, envueltos en ésta locura de liquidez que viene empujando el precio del oro hacia los 2,000 USD y manteniendo débil al dólar antes de que las elecciones norteamericanas lo catapulten al cielo; tuve oportunidad de reojo, en verdad de reojo (no las veo, por salud mental) la “mañanera” del hombre que fue elegido para representar el cargo de primer mandatario y tuve -lo reconozco- que detenerme a que mis ojos se conectaran con mi cerebro pues dicho coloquio se estaba llevando a cabo en un hangar, con un avión a las espaldas del septuagenario que controla el evento. Una “cosificación” tan abyecta y burda que fue imposible no alzar las cejas incrédulamente.
Después de intentar escuchar dos o tres frases, el efecto “adormecedor” se esfumo y continúe mi trabajo, sin embargo, aunque la semana presentó datos importantes tanto en lo financiero como en lo económico sobrevivió en mi mente el descaro, la desfachatez y la falta de respeto de un encargo público que se aborda los límites de lo circense, eso sí de innegable el éxito la fórmula del comediante en turno, para mantener abstraído al pueblo mexicano de la realidad. En ese punto fue cuando me dije a mi mismo: -Mi mismo…este hombre no es un político, no es un gobernante, no es un genio, es un “showman”, mejor que David Letterman, James Corden o Jimmy Fallon. ¡Caray! Qué nivel de “Hamelinesco” espectáculo. Sin duda, de altísimo rating, entretenimiento puro.
De hecho, mientras terminaba el día, analizaba el éxito del programa mañanero de este individuo reconociendo en él, una gran calidad histriónica, porque hay que tener aptitudes para lograr que el ciudadano se olvide de la caída del PIB o del número de muertes por COVID que aquejan al país, así que me dije sin dudar: -Este programa de televisión me recuerda mucho a uno que yo vi de niño, cuyo nombre abrevia explicación: “La Isla de la fantasía”. Claro que si usted tiene menos de 30 es imposible que lo ubique, pero si usted es población de riesgo COVID seguramente está entendiendo a que me refiero:
“La isla de la fantasía”, un programa nocturno de la televisión norteamericana que se transmitió entre 1977 y 1984; era una “chulada” de producción, llena de paisajes hawaianos, volcanes activos, cocteles exóticos, bellas mujeres y elegantes caballeros, casinos y excesos. Dicha producción era protagonizada por el actor mexicano avecindado en California, Ricardo Montalbán en el papel de Mr. Roarke quien se hacía acompañar por el inigualable “Tatoo” interpretado por el polémico actor de talla pequeña Hervé Villechaize. La serie era un portento para aquella época, una ventana para los sueños de los adultos pues cada capítulo constituía la posibilidad de alcanzar una fantasía por parte de quienes visitaban la isla tras pagar 50,000 USD para gozar de la magia de Mr. Roarke quien gracias a sus poderes lograba que los huéspedes alcanzarán su más preciado sueño, sin embargo en todos los capítulos al alcanzar estos deseos, los invitados a la isla se daban cuenta que esas pretensiones sólo desestabilizaban su vida y que los caprichos sólo conseguirían desgracias e infortunios; el mensaje final del programa se fundaba en la idea de que desear lo prohibido sólo acarrea maldiciones y nos lleva a una trampa mortal. De hecho, debo decirle que las primeras veces que vi la serie, me cautivo la posibilidad de que por más absurdo que parecieran las fantasías de los visitantes, Mr. Roarke siempre advertía de los riesgos de la necedad. Al final de la carrera obsesiva de los invitados siempre terminaban pidiendo que la fantasía desapareciera, porque no hay nada más terrorífico que darle poder a un hombre y eliminar los límites de la cordura. La serie pues, era un éxito en los 80´s y todo adulto (y algunos niños, como yo) veía disciplinadamente los capítulos en canal 5 haciendo inevitable repetir la famosa frase que el pequeño “Tatoo” gritaba al ver acuatizar el hidroavión -al inicio de cada capítulo- que traía nuevos invitados, nuevos soñadores a la isla… ¡El avión, el avión, jefe! Decía al tiempo que miraba a Mr. Roarke. Pues bien, aunque han pasado 40 años de aquellos episodios parece que el tiempo se ha detenido para todos los mexicanos, parece también que la nostalgia por el pasado no sólo me invade a mí, sino que hay un “espejismo político”, alguna especie de magia entre los ciudadanos que lastimados por sus derrotas pasadas, adoloridos por lesiones ajenas, victimizados por historias que no les competen llevaron a la presidencia a un “mago”, a un “Mr. Roarke” que les prometió cumplir sus más increíbles fantasías: Un precio bajo de gasolina, mínima inflación, bienestar, justicia, cero corrupción y abrazos no balazos.
Supongo que cuando alguien está bajo el influjo de alguna sedación, sea química o física, espiritual o intelectual, propia o inducida, el efecto hace parecer que todo va fantástico, que los sueños se están cumpliendo. Quizá por eso últimamente se dice que pronto habrá indicadores de la felicidad porque es pertinente medir de otra forma la economía para que usted deje de ver lo que le hace mal y empiece a ver sólo lo que le hace bien. Creo que al igual que en la famosa serie de televisión usted sabe como acabará esto sin necesidad de que nadie descubra el “hilo negro” así que pronto recordaremos que “estábamos mejor cuando estábamos peor”.
Si usted quiere seguir viendo ese programa matutino que en mucho se parece a la “Isla de la fantasía” esta bien, es su derecho pero el dato trimestral del PIB acaba de arrojar una caída de -18.9 motivado por el COVID y por la desarticulación del aparato productivo en 2018, hemos sobrepasado los 50,000 muertos y los 500,000 infectados por la pandemia bajo condiciones de políticas públicas aberrantes en materia de salud acompañados de una omisión, de subejercicio financiero dirigido por políticos siniestros (sinister) de lento y errático andar mientras usted se concentra en el avión. Si ¡El avión, el avión, jefe!
*El autor es director de análisis y docencia económica en SAVER ThinkLab. Es académico y conferencista. Twitter: @SAVERThinkLab