La “mala” ortografía

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Estoy de acuerdo en que la ortografía, eso que se entiende como el escribir correctamente o el bien escribir, que no es lo mismo que escribir bien (esto les corresponde a los buenos escritores), no lo es todo en la vida. Vamos, ni siquiera es lo más importante, habiendo tantas cosas, eventos y personas que bien merecen más reconocimiento que ella. También es muy cierto que, igual que el habla, una persona puede tener muy buena ortografía cuando escribe documentos, artículos, tesis, etc., materiales que merecen toda la seriedad y el respeto posibles, y que cuando se trata de asuntos de menor relevancia, coloquiales, se pueden pasar por alto muchas reglas y normas.

Si fuéramos capaces de grabar y transcribir una conversación, por ejemplo, durante una fiesta, veríamos que cometemos (si no todos, una buena mayoría) muchos errores e incorrecciones. Y esto sucede especialmente, en nuestros días, con las redes sociales, en donde nos sentimos con licencia para escribir como sea, porque, argumentan los entendidos, lo más importante es que nos comuniquemos aunque lo hagamos con lenguajes cifrados o auténticamente endiablados, como esto: Ola ke jaiz! LLo hestói ok y kómo espagelit i Oi boy a kopear ezto p/q tenjo klaze de hortogràfia¡¡¡¡¡ y qomo, vez, no ce nada.

Seguramente se entiende el mensaje, notoriamente tan importante, que se está comunicando, pero…

Y el “pero”, grandote, casi con mayúsculas, es que esta licencia que nos tomamos o que permitimos, se va haciendo costumbre o, lo que es peor, se pueda convertir en olímpico desprecio por la corrección  y termine por llevarnos a un caos. En este caso, la descomposición del idioma nos va a enfrentar, tarde o temprano, con una gran dificultad para comunicarnos tal como era nuestro propósito. Porque hay que saber y entender que el escribir (y decir) correctamente las palabras es precisamente manejar un código que facilite la comunicación. Así se entiende la ortografía, como un conjunto de reglas que permiten que todos los que hablamos un mismo idioma podamos entendernos de forma correcta y fácil.

Ya comentaba en artículo anterior que hay quienes se sienten agredidos porque se les hace ver algún o algunos errores en su escritura. Y que argumentan que ellos no tienen la culpa de no haber podido aprenderla correctamente. Esto puede ser una explicación o aclaración pero no una justificación. Como tampoco el ser consciente de cometer muchos errores en la escritura debe ser motivo para quedarse callado (o ágrafo).

Más allá de esta discusión está el hecho de que la incorrecta escritura se ha convertido en otra pandemia más. Ya no se trata de las redes sociales, ni de recaditos entre enamorados, sino de profesionistas, escritores, locutores y ya ni se diga de políticos salidos del corral. Con desparpajo o desvergüenza dejan ir sus aberraciones léxicas en sus comunicados, peroratas, documentos, tesis, informes, etc., con la esperanza o confianza en que sus escuchas o lectores ni por aquí las van a descubrir.

Escribir y hablar correctamente lo debemos pretender todos. Pero muy especialmente es importante que lo entiendan maestros y alumnos. Porque hay, en uno y otro gremio, quienes se justifican diciendo que, por ejemplo, la física, la química, las matemáticas, etc., no tienen nada qué ver con los acentos, con la s,c,z, con la b o la v, que da lo mismo gravedad que grabedad, tubo que tuvo, voy que boy, gravado que grabado, revelar que rebelar, etc., y que da lo mismo escribir “ahí está” que “hay naranjas” y que “¡ay!, ¡qué suerte!”.

Es verdad que hay errores de escritura que se cometen sin querer, sin saber o sin poder evitarlo. Por ejemplo, se encuentra uno con palabras que  muy rara vez se escriben, aunque se usen oralmente con frecuencia. Así tenemos, por ejemplo, “menjurje” por “mejunje”, “monstro” por “monstruo” o “teralaña” por “telaraña”. Y también con ciertos verbos, como “veniste” y “venistes” por “viniste”, o “venimos ayer” en lugar de “vinimos ayer”, o “disviariar” por “desvariar”. Hay otros que los latinos llamaban “lapsus calami”, errores de dedo o de tecla.  Y están otros errores que, gracias al doctor Freud, sabemos que se producen porque el subconsciente o inconsciente nos traiciona y que suelen llamarse “lapsus linguae”, generalmente errores al hablar. De estos no pongo ejemplos…

Y también están los que simplemente se cuelan por debajo de la alfombra porque se atraviesa sin avisar algún diablillo o duende o chaneque que nos hace quedar mal. Pero de estos, que son una variedad digna de contar, escribiremos en la próxima.

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