Nuestro idioma a media noche

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Hablando de gramática, redacción y ortografía, ciertamente las cosas andan igual que las acciones de algunos gobiernos  latinoamericanos  (para no hablar de los otros) en torno al virus: abajo de pésimas, y esto es optimismo…

Y existen, al menos, dos razones: la principal: en los planes y programas de estudio, tanto la gramática como la redacción y la ortografía son un verdadero desastre. La otra: la desidia personal.

Un usuario de las redes sociales se quejaba de los señalamientos de que son víctimas los que escriben con los pies: no tenemos la culpa, se defendía, de que no hayamos tenido la suerte de quienes fueron a la escuela.

La queja es infundada, porque el que quiere, aprende. Pero tampoco es muy válida, por cuanto los que sí van a la escuela están casi-igual, igual o peor que los ayunos de escolaridad.

Con fundamento se puede decir que los hispanoparlantes hablan (hablamos) español pero no lo sabemos. Porque saber un idioma es conocerlo, aprenderlo y usarlo correctamente. Y de esto estamos en ascuas.

Un somero análisis de los contenidos de los programas nos revela la increíble ignorancia o, por lo menos, desprecio de quienes elaboran los programas oficiales, es decir, de las secretarías o ministerios de educación y cultura. Contenidos desordenados, caóticos, escleróticos, paupérrimos, escuálidos, anoréxicos…

En un hermoso escrito del indomable, entusiasta y luchador Ricardo Soca, en su portal elcastellano.org hace referencia a la “magia de las palabras”. Nos dice que “El lenguaje humano tiene algo de mágico. Permite que los conceptos que están activados en este momento en mi cerebro se expresen en un código formado por sonidos, que mis interlocutores reciben por el oído y que, luego, el cerebro de cada uno de ellos decodifica dándoles a conocer mi pensamiento. Como se trata de algo cotidiano, nos parece trivial, pero esa magia constituye de uno de los fenómenos más complejos del universo”.

Y haciendo un esfuerzo de síntesis, pensando en que el lenguaje humano se inició hace unos 170 000 años, cuando un antropoide logró articular sonidos que le resultaron suficientes para comunicar algo, “evocar objetos que no estuvieran presentes”, homologa ese tiempo a un día de 24 horas y pone las cero horas como ese momento mágico que vivió el “abuelo” homínido. Según esta condensación del tiempo, pasando 85 000 años, digamos, las seis de la tarde, no se sabe nada del lenguaje. Faltando 14 minutos para las 23 horas, aparece la escritura, de la que tampoco se sabe nada. Faltando 22 minutos para la medianoche se dejan de hablar las lenguas indoeuropeas originales. Dos minutos después Platón y Aristóteles escribieron sus obras. Faltando diez minutos para las doce de la noche, cae el imperio romano y empiezan a surgir las lenguas romances, derivadas del latín. Dos minutos después, (8 para las 12), se asoma al mundo una de esas lenguas romances: el castellano. Cuando faltan seis minutos y medio el rey Alfonso X decreta que ese romance español sea idioma para redactar todos los documentos oficiales. Y un poquito después, cuando apenas faltan cuatro minutos para llegar a las 24 horas de ese día imaginario, o sea, nuestro tiempo actual, Antonio de Nebrija presenta a la reina Isabel la Católica la primera gramática de esa nueva lengua: el romance español. Exactamente un minutos antes de que Colón descubra América.

La reina, como muchos reyes actuales (y muchísimos de sus súbditos), no valoró suficientemente el trabajo de este genial hombre.

A las doce menos veinte, Platón escribió toda su obra, y Aristóteles lo siguió pocos segundos más tarde. A las 23:50 h, caía el imperio romano, con lo que el latín vulgar empezó a desarrollarse de maneras diferentes en las distintas provincias, dando lugar a centenares, quizá miles de variedades desde la Dacia (actual Rumania) hasta la Península Ibérica. Esas variedades darían lugar a las lenguas romances de hoy: español, portugués, catalán, francés, occitano, italiano, rumano, entre muchas otras.

Cuando faltaban ocho minutos para la medianoche, en el norte de la península ibérica, a las orillas del mar Cantábrico, en lo que más tarde sería el condado de Castilla, nacía una de esas variedades. Un minuto y medio después, ese dialecto, el castellano, alcanzaba el estatus de lengua, cuando el rey Alfonso X lo eligió como idioma oficial de los documentos del reino.

Cuando faltaban cuatro minutos para la medianoche, Antonio de Nebrija le presenta a Isabel la Católica la primera gramática castellana, un décimo de segundo antes de que Colón descubriera América.

Tuvo que meterse un clérigo, el  obispo de Ávila, a contestar ese gesto de ignorancia real y predijo algo que Nebrija le escribió después a la reina: “Después de que Su Alteza haya sometido a bárbaros pueblos y naciones de diversas lenguas, con la conquista vendrá la necesidad de aceptar las leyes que el conquistador impone a los conquistados, y entre ellos nuestro idioma; con esta obra mía, serán capaces de aprenderlo, tal como nosotros aprendemos latín a través de la gramática latina.

Pues sí, lengua impuesta, pero después enriquecida con las lenguas autóctonas y otras muchas más, que han dado por resultado este hermoso idioma al que, ahora, olímpicamente despreciamos.

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