El Rosal de la Emperatriz

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Héctor E. Ortega Castillo

A no dudarlo, la Emperatriz Carlota de México sentiría un nudo en la garganta cuando llegó, en Julio de 1866, por tercera y última vez a Orizaba. Las circunstancias eran diferentes en ésta postrera ocasión, pues su visita a la Ciudad de las Nieblas solo sería de paso, yendo rumbo a Veracruz para abordar el buque “Emperatriz Eugenia” que la llevaría a Europa.

La primera vez que pisó Orizaba fue los días 31 de mayo, 1 y 2 de junio de 1864, cuando arribaron Sus Majestades Imperiales a tierras orizabeñas. En aquella ocasión, Marie Charlotte Amélie Augustine Victoire Clémentine Léopoldine de Saxe-Coburg-Gotha et Orleáns, fue pomposamente recibida por las damas más distinguidas de la élite orizabeña, como Dolores Uruñuela de Seoane, Concepción Arellano de Ashby, Teresa Patiño de Vivanco, Ignacia Seoane de Eizaguirre y Josefa Bancel de Bernard, por citar solo a algunas. No olvidaba aquel anillo que las señoras del barrio de La Angostura hiciéronle y que siempre conservaría “como un dulce recuerdo de su tránsito por Orizaba”; o la recepción que los naturales de Naranjal le hicieron al Emperador; o los obsequios de estos, consistentes en ramilletes en forma de abanico tejido de palma y con flores siemprevivas blancas y púrpuras; o el regalo que dos mujeres originarias hiciéranle a la trágica monarca: una canastita con un pañuelo y una tórtola que Carlota Amalia acarició y ordenó inmediatamente a buscar una jaula para llevársela.

La segunda vez fue a principios de noviembre de 1865, de paso en esta ocasión, puesto que la princesa belga dirigíase rumbo a Yucatán, que en aquellos ayeres solo era accesible por vía marítima, por lo que debía abordar un barco en Veracruz. El obligado paso por Orizaba la haría detenerse un par de días, escoltada por el ex republicano General José López Uraga, quien para evitarle disgustos a la Emperatriz, ordenó clausurar el periódico “El Ferrocarril” que publicaba Joaquín Arróniz, en donde claramente atacaba al Imperio. En su corta visita, Carlota Amalia visitó los establecimientos de beneficencia y de instrucción pública de la ciudad, y aún tomóse el tiempo necesario para recibir a algunos orizabeños que se apersonaron con ella para mostrarle sus respetos.

La primera ocasión fue de júbilo. La segunda, de tránsito.

Esta tercera vez, Julio de 1866, María Carlota Amalia de Bélgica, Emperatriz de México, Archiduquesa y princesa imperial de Austria, princesa Real de Hungría, Bohemia, Croacia, Eslovenia, Dalmacia, Galitzia y Lodomeria, llegaría entristecida, falta de ánimo y con algunos signos de insania mental: en Puebla despertó a media noche y exigió ser llevada a la casona del antiguo Prefecto de la Ciudad, Don José Esteva, mismo que ya no vivía allí y el solar encontrábase vacío. Tras recorrer los pasillos y habitaciones, la Emperatriz comentó que una vez allí se le había ofrecido un suntuoso banquete en su honor.

Llegó a Orizaba y negóse a alojarse en la hacienda de Jalapilla, sino en el Hotel Diligencias. En Jalapilla, unos meses atrás (nos dice Carlos Aguilar Muñoz), en su anterior visita, sembraría un primoroso rosal y encargóle a su damisela de compañía, llamada Leonora, que vigilase y cuidase sus brotes. Ya pensaba el trágico destino que le esperaba a la pareja imperial. “Si este rosal da flores blancas, el Imperio se salvará; mas si son rojas, está destinado a morir y nada puedo hacer”. Ese día de julio de 1866 Carlota, ataviada de negro, se negó a pasar por la hacienda y mandó a decirle a Leonora que la viese en el Hotel Diligencias y allí le mostrase las rosas que habían nacido. La damisela le descubrió unas hermosas flores blancas “¡Blancas son ellas! ¡Oh, Emperador de México, el Imperio está salvado!” Y con la esperanza renovada, continuaría su viaje rumbo a Veracruz y de allí, a buscar el apoyo de las Cortes Europeas y hasta del Papa mismo.

Ignorante fue que Leonora había formado un ramillete bellísimo, pero no con las flores del rosal de la emperatriz, sino con las más blancas y puras de los jardines de Jalapilla. Las flores que nacieron del rosal de Carlota Amalia eran rojas, como la sangre que se derramaría en Querétaro un año después.

La Emperatriz de México, presa de la locura, ya jamás regresó. Sesenta años después, el 19 de enero de 1927, Su Majestad Imperial fallecía en el castillo de Bouchout, Bélgica. Ese día la bandera imperial mexicana ondearía por última vez desde las almenas del palacio a media asta.

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