Una librería en Berlín

Hands writing on old typewriter over wooden table background

Una librería en Berlín

Gino Raúl De Gasperín Gasperín

Un extraño libro, además, el único escrito por una mujer polaca, de origen judío, que tuvo la osadía y el valor de fundar una librería con venta exclusiva de textos en francés, en una ciudad que pronto, muy pronto, iba a ser bastión de los alemanes nazis: Berlín.
“Una librería en París” fue escrito por Francoise Frenkel entre 1942 y 1943, apenas llegada a Suiza, a donde logró refugiarse tras una larga y dolorosa travesía huyendo de la barbarie nazi.
A los 32 años, por su gran amor a la Francia que la acogió desde pequeña y en cuya universidad, la Sorbona, estudió letras, decide fundar la única librería gala en el país alemán, en donde ya se vislumbraba un panorama aterrador para los judíos. Ya para 1939, ante el inminente arribo de las persecuciones, decide vender su negocio y regresar a Francia, con la esperanza de encontrar un lugar seguro para vivir. Sin embargo, las cosas empeoran: Alemania invade Francia y establece su sistema de campos de concentración-exterminio, para recluir ahí y desaparecer a quienes tengan sangre judía. Precisamente, su esposo va a ser una víctima más y en 1942 muere en uno de ellos: Auschwitz.
En Francia, por la ocupación nazi, Fracoise tiene que huir permanentemente, siempre viviendo a salto de mata: Aviñón, Vichy, Niza, Grenoble, Annecy, Saint-Julien serán los lugares en donde busca refugio. A veces lo encuentra, a veces es delatada, a veces tiene que alimentarse con mendrugos, a veces tiene que soportar las inclemencias del tiempo, pero siempre la sostiene la esperanza de cruzar la frontera e internarse en Suiza. Lejos de su familia, de la que no sabemos más, luchará incansablemente por realizar su anhelo. Una y otra vez se enfrentará a los fantasmas nazis-fascistas, sean alemanes, sean franceses, sean italianos (estos últimos, finalmente, benevolentes con ella) y, aun con las ropas y la piel desgarradas, cruza las alambradas que la separaban de la libertad, de la vida.
Al llegar a Suiza, tras reponerse de su desgarrador travesía, decide escribir un relato de su peregrinar. Y así surge “Rien où poser sa tète” (‘Sin ningún lugar donde reposar su cabeza‘), título original de “Una librería en París”, que es editada en 1945, en Ginebra.
De ahí, poco y nada se sabe de esta mujer de enorme valentía y entereza, amén de excelente narradora y escritora. En el prólogo, el premio Nobel Patrick Modiano anota que no se necesita saber más, pues “la gran singularidad de ‘Una librería en Berlín’ procede justamente de que no podemos identificar a su autora de una manera precisa. Ese testimonio de la vida de una mujer acorralada entre en sur de Francia y la Alta Saboya durante el periodo de la Ocupación es más impresionante cuanto más anónimo nos parece… Prefiero no conocer el rostro de Francoise Frenkel, ni las peripecias de su vida tras la guerra, ni la fecha de su muerte. De ese modo, su libro… ha sido como la voz de una persona cuya cara no se distingue en la penumbra y que te cuenta un periodo de su existencia”.
Además, es ahí, en este ocultamiento individual, en donde encontramos el testimonio que supo y pudo escribir una de tantas víctimas de la ignominia, de la arbitrariedad, de la rapacidad de un líder paranoico, de la ceguera (voluntaria o fingidamente inconsciente) de un pueblo que ha gozado de fama de inteligente, severo, recto, prudente, y de la debilidad o pereza mental o desidia de otro que, sintiéndose divinamente protegido, dejó que masacraran a millones de sus ciudadanos.
El libro permaneció poco menos que olvidado hasta que, por azar, fue descubierto un único ejemplar en un botadero de libros usados en Niza. De ahí fue rescatado para darnos otra vez una lección que, al parecer, seguimos siendo reacios en aprender.
“Lo que la Historia nos ha enseñado es que los hombres no hemos aprendido nada de la Historia”, dice con certera puntería el epígrafe de la película “El cuartelazo”, de Alberto Issac (1976-77), en que se narran los acontecimientos de la Decena trágica. Y es muy cierto. Ahí vamos, como humanidad, como pueblo, transigiendo con los tiranos, soportando como quien no quiere ver ni saber las masacres, las atrocidades, las arbitrariedades, las persecuciones a los emigrantes, las instigaciones a la confrontación, al menosprecio del otro, a la pretendida superioridad de una clase política dominante, a la mantenida sumisión e ignorancia de las mayorías.
“Es deber de los supervivientes rendir testimonio con el fin de que los muertos no sean olvidados ni los oscuros sacrificios sean desconocidos. Ojalá estas páginas puedan inspirar un pensamiento piadoso para aquellos que fueron silenciados para siempre, exhaustos por el camino o asesinados”, dice en su prólogo la autora de este doloroso libro.
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