El brindis del desierto

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Héctor E. Ortega Castillo

En estos menesteres investigativos, multitud de ocasiones nos podemos sorprender de aquello que la historia se ha empeñado en ocultarnos, o incluso aquello que el oficialismo ramplón y selectivo ha tergiversado a conveniencia del poderoso que encuéntrase instalado en la cúspide del poder político, sea éste una persona, un grupo, o hasta un partido en general. Y no es con el afán de comparación con la actualidad; simplemente me motiva la divulgación de hechos poco conocidos y el que el amable y perspicaz lector conozca un poco más de aquello que se nos ha escondido.
El suceso conocido como “el Brindis del Desierto” ocurre al final de la Guerra mexico-estadounidense. Nuestra nación encuéntrase ocupada por las invasoras fuerzas norteamericanas desde septiembre de 1847. Las batallas ya han cesado, mas el pabellón de las barras y las estrellas flamea en lo alto –y desafiantemente– en las almenas de Palacio Nacional, como una infamia. El Gobierno de Don Manuel José María de la Peña y Peña háse instalado en la ciudad de Santiago de Querétaro, y apura a los diplomáticos mexicanos (el orizabeño José Bernardo Couto y Pérez, el mexiquense Luis Gonzaga Cuevas Inclán y el capitalino Don Miguel Atristain) a solventar el Tratado de Paz con la potencia invasora, procurando el menor daño posible. A fuer de ser veraz, la pérdida de territorio mexicano pudo haber sido peor, muchísimo peor; pues los invasores pretendían establecer una línea divisoria que abarcase incluso los actuales estados de Baja California, Sonora, Chihuahua, Zacatecas, Durango, Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas. Afortunadamente, merced a los buenos oficios principalmente de Couto, y a la salvable decencia del estadounidense Nicholas Trist, esto no ocurrió.
Mas volvamos al brindis de la infamia. O más bien desayuno. Fue precisamente el 30 de enero del aciago y deprimente 1848 cuando el Ayuntamiento de la Ciudad de México ofreciese un ambigú al comandante de las fuerzas invasoras, General Winfield Scott, en el paraje conocido como “Desierto de los Leones”, al sur de la capital del país. Por supuesto que, de origen, el militar estadounidense desconfió, creyendo que trataban de tenderle una trampa; así que envió una avanzada de soldados que confirmaron que, en efecto, los mexicanos querían agasajar, curiosamente, al general que había derrotado al Ejército Nacional. Y conste que Antonio López de Santa Anna no estaba entre estos.
No. Más bien se trató de un despreciable grupúsculo de liberales, llamados “puros” y encabezados por don Miguel Lerdo de Tejada, reconocido más tarde por ser el autor, en 1856, de la Ley de Desamortización de las Fincas Rurales y Urbanas de las Corporaciones Civiles y Religiosas, mejor conocida como la “Ley Lerdo” y que desencadenara la celebérrima Guerra de Reforma (1858-1861). Más allá de considerarse un acto diplomático ante el general en jefe del ejército invasor, el brindis fue una infamia, una atrocidad de lo más vil, pues no solo le felicitaban por sus victorias sobre los mexicanos, sino además le ofrecieron nada más y nada menos que ¡la Presidencia de la República! Algo que Scott negóse tajantemente, no por simpatías con el pueblo de México (al que despreciaba), sino porque él tenía sus miras puestas en la presidencia de su país (fue candidato del Partido Whig en 1852 y perdió ante Franklin Pierce).
Pero ahí no concluye la infamia. Como no acepta, le solicitan que entonces haga los trámites necesarios ante el entonces presidente de Estados Unidos, James K. Polk, para que se sirva anexar México a la Unión Americana, algo que rechazarían las Cámaras de aquel país, argumentando que “los mexicanos tenían usos y costumbres diferentes a los suyos”. En realidad, Scott y Polk solo ansiaban la parte quasi deshabitada, es decir, la parte desértica, ya que veían inviable hacerse con el control de todo un país lleno de diferentes etnias nativas con las que “no sabrían qué hacer” (Scott dixit). Incluso, Polk se refirió a nuestras etnias como “ruedas cuadradas”.
Así, envilecidos por la ambición y humillados por la negativa, el Partido Liberal de los “puros” ha pasado a la historia de México como los grandes salvadores de la Patria. Simple y sencillamente porque ganaron lo que debían de ganar. El lector sacará sus propias conclusiones y lo conmino a que investigue más sobre este tema.

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