Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 8,23-27:

En aquel tiempo, Jesús subió a la barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos¡”.
Él les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”. Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?”.
Palabra del Señor.

En un mundo tan convulsionado como el nuestro, en donde día a día se nos presentan dificultades nuevas, en donde las dificultades con los hijos son nuevas, en donde la lucha por el sustento diario a veces nos hace desesperar, en donde tenemos tantas tormentas interiores con nuestros sentimientos, es importante clamar a Dios.
El hombre moderno ha perdido mucho la trascendencia de su vida, considera muchas veces la oración como parte de un pasado o etapa ignorante del hombre, cuando en realidad es algo mucho más serio y profundo. Cuando el hombre se pone en oración, se está abriendo en su alma y en su cuerpo a la acción de Jesús en su vida. La oración implica reconocer la divinidad de Jesús y su poder infinito. Y en contrapartida ponerse en oración es reconocer también mi realidad de creatura, no soy Dios, no lo puedo todo, no lo sé todo, necesito que el amor de Jesús me conduzca, me sane, me salve, me guíe y me llene de su santo espíritu.
Tal vez lo que usted necesita es clamar a Jesús, él está en la barca de Pedro que es la Iglesia, háblele, póngase de rodillas ante su presencia y en el silencio pídale que le salve, que le ayude y que le ilumine. Cuando hay un corazón que con sinceridad se pone en su presencia, Dios es amor, y lo escucha.